A Sala Llena

Poner el Cuerpo

Por estos días, anduve viendo un poco de teatro. Mejor dicho, me topé con una obra.

Suele atenazarme la atención, con la inmediatez y el vivo del teatro, el asalto de una idea recurrente: el costo que conlleva la tremenda exposición del actor. Me pasa sobre todo, con los pequeños espacios teatrales, que le dan lugar a obras de gran desafío, con elencos de valentía sobresaliente. En esos lugares, la cercanía del espectador con el espacio escénico, se percibe verdaderamente desafiante. Y el actor, se vuelve así más que nunca, una presa clara, expuesta y desnuda, a la cacería despiadada de la mirada del público.

Mario Bravo 437, Korinthio Teatro. Los sábados a las 19 hs, tiene lugar allí, la primera puesta de una llamativa, interesante y provocativa comedia, que evita los lugares comunes y toma fuertes riesgos tanto escénicos, como dramáticos, Siguiente, por favor. Escrita por Ana Maugeri (quien también dirige) y Belén Wedeltoft, la pieza de flagrante modernidad, atraviesa a un hombre y a una mujer que, en la cola para hacer un trámite, descubren que se atraen casi inconteniblemente. Y compelidos por esto, se buscan y se encuentran. Protagonizada por Romina Pinto e Ivan Steinhardt, la puesta construye con pocos, pero efectivos elementos, la realidad de ambos enamorados, con contundente carnalidad. Los personajes transitarán así un ágil ritual de seducción, hasta que descubran la sombra imponente que se yergue sobre ellos: ella es hija de militantes de izquierda desaparecidos, y él, de un represor. El fantasma aun doliente del pasado, se interpondrá entre ellos de manera feroz.

La pregunta que subyace durante todo el resto de la obra es: ¿se puede amar al mismísimo espejo que refleja la raíz de nuestro dolor y nuestra vergüenza? Y ese interrogante flota en el aire, surfeando momentos de comedia brillante, pero permitiéndose también, la oscuridad sórdida e inefable.

La sala es pequeña y ese fenómeno de cercanía con los actores, de verdad se pone en juego. Uno puede ver de cerca absolutamente todo lo que está sucediendo. Se hace así imperativo para el intérprete, perseguir la verdad permanentemente, con el espíritu y con la red del oficio.

Ustedes saben que, para esta columnista, la única actuación posible y real es la cinematográfica y nos hemos trenzado seguido por eso. Saben también que disfruto del teatro profundamente y que jamás reniego de él, aunque vengan degollando. Pero es en ese ámbito, en donde la paleta de convenciones se saca a relucir y uno hace un sinfín de pactos consigo mismo. Es verdad que debemos pactar también frente a la pantalla grande, pero el proceso es mucho más simple, menos intrincado, más emparentado con un estado infantil de inocencia. El enemigo de la actuación por excelencia, es la cámara. Ese detector de mentiras que te deja desnudo y en la lluvia, frente a tus propias inadecuaciones. A los hombres y mujeres que encuentran “el secreto” en el cine: chapó.

¿Pero qué sucede en teatro cuándo la mirada del espectador está más cerca? Cuando la aproximación al espacio escénico es tal, que somos nosotros la lente y el foco… Estamos ahí, erigidos en jueces de la búsqueda de la verdad ajena, implacables y terroríficos. Exigiendo la invisibilidad del artificio. Demandando naturalismo, en tierras en las que no existe, en las que fue erradicado, y con justicia por cierto.

El sábado veía a estos dos actores, poner el cuerpo de manera sorprendente. Pude percibir la búsqueda de una verdad, de una valía conjunta, mucho más allá de los objetivos planteados para cada personaje.

Tal vez sea porque son una pareja que se conoce y ha trabajado, tal vez sea porque la dirección tuvo momentos de brillante lucidez, o tal vez porque el texto se la banca con una actualidad sobresaliente; lo cierto es que, lo que estos dos actores despliegan en escena, es un acto de coraje que no se enreda en la dificultad y que sale adelante con veracidad, alegría y profunda humanidad.

Vayan a verla.

Cuando salimos con el Chuchi de la función, veníamos contentos. Yo siempre me siento un poco culpable de arrastrarlo a los lugares a los que se me antoja ir los fines de semana, sobre todo en días del Mundial. Pero él salió tan chocho como yo, y sinceramente conmovido además. De hecho me sorprendió la alegría y afabilidad con la que saludó a los actores a la salida.

Para rematarla, nos fuimos al cumpleaños de mi amiga Luján y nos pusimos hasta las tuercas. Después, a casa a involucrarnos en contorsionadas faenas amatorias. Porque, aun con un buen hechizo como el del teatro de por medio, todos vamos a morir, viste…

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