A Sala Llena

Reflexión sobre el Teatro Argentino Actual – Balance 2012 Segunda Parte

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La primera parte de este dossier culminó hablando de lo que ocurre con “los textos” en el teatro argentino. Vamos a continuar por eso en este análisis con Hernanito, de Alejandro Acobino. Esta obra tenía una buena historia, un excelente yeite sobre un ventrílocuo y su muñeco. Una relación enfermiza del personaje con la marioneta; una traba emocional por una conflictuada relación con su padre abandónico que le hablaba tras el muñeco. Es así como el personaje de pequeño lo toma como su “hermanito”, ya que su padre le proporcionaba mucha más atención que a él, su propio hijo. Esto finaliza en un trauma psicológico no resuelto que lo atormenta a través del recuerdo permanente de una situación humillante. La sinopsis era buena y contaba con el siempre interesante trabajo en escena con muñecos. Además el actor era o tenía capacidades ventrílocuas reales, lo que generaba una gran impresión en el espectador. Sin embargo la falta de trabajo artístico en los dialogos, en el guión -es decir “la forma” en la que se cuenta un buen contenido o una gran idea- le hizo perder por completo la fuerza a una obra que no merecía haberla perdido.

En el caso de La historia del señor Sommers, del mismo autor de la conocida novela “El Perfume”, Patrick Süskind, no había una buena idea. La historia narra cómo el pueblito algo conservador de algún lugar en Alemania en el que vivía el señor Sommers, se preocupaba un poco porque a este no le importara mojarse con la lluvia; que el señor Sommers era algo extraño en general; porque después entendemos que era un señor que no tenía muchas ganas de vivir y simplemente quería morirse. Hay que confesar que el protagonista de este unipersonal, Carlos Portaluppi logró salvar bastante ante el público mayoritario (a mí no me gustó la obra) la carencia de una narrativa interesante, con una gran actuación. Pero bajo la dirección de Guillermo Ghio, no había otra cosa que un actor narrando un texto con tanta energía como pudiera y que por ejemplo, para graficar el momento en el que el personaje de niño va a tomar su clase de piano, saca un pequeño piano de un baúl. Y también saca del mismo baúl un avioncito, para contar alguna escena que refería a un viaje. La conjunción de una alta escalera de pintor con pinturas colgadas y un plástico que se despliega al final de la obra (sólo para cubrir el espacio escénico) hubiera podido producir algo muy interesante (por ejemplo utilizando la pintura, que podía ser roja, sobre el plástico) – y me atrevo a decir que hubiera cambiado por completo la obra, a favor -. Pero nada ocurrió. Y si bien esta vez no estaba el sofá, quizá por tratarse de un unipersonal, había en la esquina un viejo “sillón”, en el que el actor se sentaba para decir algunos textos, y después pararse de nuevo y así decir otros parado, etc. Y sí, el sillón se me rió más que el sofá, por haber pensado yo al no ver al primero que podía estar frente a otra cosa.

Le toca el turno a Tolcachir – que siempre va a seguir defraudándome no importa qué haga – esta vez con El Viento en un Violín. En el caso de este director al menos creo que puede decirse que los textos reciben más atención. La temática de la adopción de niños por familias gay no era sencilla de tocar y en ese sentido debe aplaudirse la especie de dulzura que logra la obra sin ningún golpe bajo a pesar de contar su sinopsis con no poca oscuridad. Profundamente naturalista, sin dudas su éxito radica en que dentro de este código, cuida un poco más qué se dice y cómo se cuenta.  100% antropocéntrico o “actorcéntrico”, sus obras se sostienen por el despliegue casi feroz de un gran trabajo actoral y una historia que que contar, siempre realista y humanista. La escenografía y las luces sólo acompañan dicha historia llamando la menor atención posible y no suele haber jamás música incidental. Su trabajo es la cuspide (aunque para bien) definitoria de lo que vengo diciendo que en una mayoría demasiado grande de obras y proyectos, ocurre en la actualidad con la escena porteña.

Hecho por hijos y nietos de inmigrantes italianos, el teatro argentino no parece poder despegarse de un realismo que en general aborda siempre los mismos temas y siempre con la misma falta de riesgo escénico en la puesta en escena. Hay cierta frescura, sin embargo, en todo su quehacer, pero la repetición de una formula que parece conquistar al público masivo, seduce a los directores como Bernardo Cappa y hasta Veronese, en pos de cierto facilismo comercial. Es llamativa la falta de trabajo con dispositivos escénicos originales que puedan poner en jaque el espacio de un teatro. Todas las puestas argentinas suelen manejar un espacio escénico cuya concepción no deja de ser “a la romana” así se trabaje dentro de un gran galpón. Asimismo dentro de ese fanatismo por el realismo, la temática parece ser única: las familias disfuncionales. Por último caracteriza al quehacer teatral argentino una fascinación antropoactoral, por la cual el centro de la obra es el actor y su destreza, no importando mucho qué dice ni cómo lo dice, en tanto su exposición sea tan abierta como sea posible.

Sin embargo las excepciones confirman la regla.

Salvaje, hombre de ojos tristes, de Handl Klaus, dirigida por Ernesto Martinez Correa, fue sin dudas una de las mejores obras del 2012 que al menos yo, haya visto. Sobre el gran texto del autor austríaco, una interesante historia sobre un pueblo que queda semidesierto sólo con una familia que no entendemos como subsiste sin agua ni comida. Con un perfume a Esperando a Godot y una pizca de El Extranjero, la obra está manipulada con gran maestría por el director, en una puesta en escena que nos demuestra que no se ­­­necesita demasiada producción para impresionar, para hacer florecer los brazos inacabados y geniales del arte. Con excelentes actuaciones que no son ni pretenden ser el centro de la atención, sino que cual engranaje de la gran maquinaria teatral, explotan en cada momento para apagarse y dejar explotar el siguiente foco, que puede ser una luz sobre el horizonte o ­­­­­­­el movimiento sutil de un dispositivo escénico.

Aplaudo también el unipersonal La Otra Vida, de Fabio Golpe, con Marienne Perseo, en donde todos los elementos artísticos que suelen caracterizar a una obra de teatro eran buenos. Texto, inclusive la humilde escenografía, la iluminación y la actuación. El director siguió una definida ruta de abordaje en donde tanto la puesta en escena como la actuación se encontraban al mismo nivel, relacionándose y potenciándose entre sí. El resultado, una explosión de aplausos de los diferentes públicos, más teatristas o menos. Y una obra que con traerla a mi memoria en este momento, me hace sonreir por haberme dedicado a este metier.

Podemos concluir que la creatividad argentina tan valorada en muchos e importantes lugares del mundo, probablemente provenga de la dificultad para conseguir la producción necesaria para hacer un espectáculo atractivo. Y quizá también de cierta falta de verguenza a la hora de relacionarse con el arte. Esto último es sano y positivo en lugar de negativo en tanto no se quede en un mero conformismo del disfrute. Porque cuando un material puede dar mucho más, se le está impidiendo crecer de la misma forma que se le impide crecer a un bonsai: mediante la falta de nutrición. La falta de riesgo e investigación escénica así como la falta de originalidad de las temáticas a nivel dramatúrgico, parecen describir que los argentinos le temen o no saben relacionarse con otra realidad que la que viven todos los dias, lo que obviamente impide en mucho el vuelo artístico a esa creatividad. Todos sabemos que con una producción grande se pueden lograr mejores cosas que sin ella, pero esto no es imprescindible cuando se es realmente creativo y los argentinos lo son, se trata quizá de animarse a mirar que puede haber más allá de lo conocido.

Un ejemplo de que esta falta de investigación escénica se debe a la fascinación de los argentinos por el realismo, es una excelente obra que tuvo la suerte de contar con una gran producción. La misma fue incluso invitada al Santiago a Mil del año pasado, su nombre es Estado de Ira. La obra es brillante en código totalmente realista.

No se trata de que no haya obras de este tipo, sino de que no sea lo únco que haya en una cartelera que les pasa el trapo a gran parte de las ciudades cosmopolitas más importantes del mundo, como Roma, Paris y Londres.

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