A Sala Llena

Santa Evita

LA CHATURA

En uno de los pasajes de la novela Santa Evita de Tomás Eloy Martínez puede leerse esto:

Si la historia es –como parece– otro de los géneros literarios, ¿por qué privarla de la imaginación, el desatino, la indelicadeza, la exageración y la derrota que son la materia prima sin la cual no se concibe la literatura? 

Este párrafo es uno de los tantos momentos de la novela donde el escritor exhibe su propia imposibilidad de poder describir a la verdadera Evita. Una de las razones es que el propio Eloy Martínez parece desconfiar de cualquier tipo de versión que se haya escrito sobre ella. De ahí también que la novela Santa Evita es, entre otras cosas, la confesión de un escritor desorientado frente a una figura que lo excede en lo que fue capaz de generar tanto en vida como -sobre todo- después de muerta. Santa Evita no es, por ende, una obra peronista o antiperonista, sino una novela donde el foco es la propia mirada del narrador, frente a un movimiento histórico al que mira con una mezcla de fascinación y desconfianza.

La serie de Santa Evita ya es claramente otro tema. Narrada en siete capítulos, el programa divide todo su relato en tres tiempos distintos: el de la Eva Perón viva, que asciende desde la pobreza a convertirse en la mujer más poderosa del país; los años posteriores a su muerte, cuando su cadáver embalsamado era trasladado de un lado al otro; y otro en la década del 70, previo a la llegada de Perón a la Argentina, donde un periodista intenta averiguar sobre el paradero de dicho cadáver mientras intenta confirmar si es cierto que este se le va a devolver a mismísimo Perón.

Al extremadamente conflictivo y discutido presidente lo interpreta Darío Grandinetti, en una interpretación fallida, risible por momentos, en parte por el desconcertante desgano que caracteriza -uno supone involuntariamente- la actuación del intérprete, y en parte también por un trabajo de maquillaje bastante desatinado.

Así y todo, puede que esa actuación esconda una ambición secreta y bienvenida. Tomar a una figura histórica conocida hasta por sus detractores por su carisma y estilo comprador para volverlo un personaje adusto y contenido no deja de ser una forma de querer encontrarle una vuelta distinta al Perón que se vio tantas otras veces. Desde este lugar, la interpretación de Oreiro, aunque más natural, es mucho menos interesante. Su Evita es la Evita que hemos visto demasiada cantidad de veces: la sensible con carácter fuerte pero justo, que ama el peronismo y sobre todo a lo que ella denomina como “sus grasitas”. Esa Evita no semeja tanto a las que interpretaron actrices de miradas fuertes y rasgos duros como Madonna, Esther Goris o Faye Dunaway; más bien parece obedecer a una Evita de estampita, la del hada buena que la serie quiere reafirmar en casi todas las escenas en las que ella aparece. También, de paso, la Evita que para la serie ha atravesado décadas y sigue interpelándonos constantemente no solo por lo que representa, sino por la supuesta naturaleza siniestra de quienes la atacan. En el último capítulo incluso se produce el siguiente diálogo entre el ya mencionado periodista y el peinador de Eva Perón.

-Qué raro que es esto de estar con tanta urgencia por alguien que murió hace 19 años

-Pero después de todo lo que escuchó, ¿no se da cuenta lo viva que está? Mire, para muchos de nosotros, incluso los que no creemos en Dios, ella es una santa. Fue una mujer de carácter, de convicciones. Y también de profundas contradicciones. Pero yo creo que ella se convirtió en una santa porque su muerte fue muy injusta.

-Para algunos.

-Es verdad. Para otros, se hizo justicia. Y les eliminó un problema.

El momento en que se escucha eso es bastante insólito. Primero que nada porque parece insertado dentro de la trama para poder elaborar un discurso definitorio sobre el personaje (lo que queda ya de por sí bastante infantil e irritante), pero en segundo lugar porque si bien nos queda claro a lo largo de la serie por qué Evita (o por lo menos esta Evita) tiene carácter y profundas convicciones, es prácticamente imposible ver alguna de esas profundas contradicciones que comenta su peluquero. Apenas hay un capítulo -de los más interesantes de la serie- donde esta Evita puede tener alguna actitud desagradable en la fundación Eva Perón que la vuelve tiránica, y donde su forma excesivamente personal -diríase clientelista en realidad, pero no creo que la serie haya querido expresar eso- de hacer política puede esconder una secreta y calculada puesta en escena.

Por lo demás, la serie hasta omite algunos de los costados más oscuros de la figura histórica (reconocidos, creo yo, hasta por la mayoría de los peronistas) y hasta tergiversa de forma grosera hechos históricos para darle a esta Evita el lugar de una representante del feminismo temprano.

Tanto amor por la Evita impoluta no podía dejar de estar acompañado por la mostración de los hechos por todos conocidos: sus orígenes muy humildes, su vocación actoral, su encuentro con Perón durante  el acto por el terremoto de San Juan, su renuncia a la vicepresidencia, su cáncer y agonía posterior. Todas escenas que contribuyen a la insistencia de una Evita acartonada, hecha de hitos fijos que hemos escuchado hasta en los más elementales informes televisivos sobre ella.

No solo eso: como en esta serie todo debe estar remarcado una y mil veces, el periodista de la tercera línea cronológica del relato se encarga en algunas conversaciones de acomodar los hechos, explicarnos qué pasó y cómo se fueron desarrollando las cosas, incluso aclarándonos qué es tomado por leyenda y qué por hecho, en una serie que hasta se encarga de dejarnos siempre claro lo que es alucinación o punto de vista tergiversado y lo que deberíamos tomar por verdadero.

La curiosidad es que esto esté basado en una novela que mezcla abiertamente ficción con realidad, y que nos pide una y otra vez que desconfiemos de la veracidad de lo que estamos leyendo.

A esa ambivalencia, a ese relato atravesado por una subjetividad confundida, Santa Evita -la serie- la transforma en una ficción política muy segura de sí misma. Constructora no sólo de una Evita impoluta sino -y esto es inevitable después de todo- de enemigos que casi no tienen matices. Seres perversos que odian a Evita por sus espíritus militaristas descorazonados, personas frustradas que en más de un caso sienten una inconfesable atracción por aquella Evita que odian por no poder poseer.

La intención de que su odio se concentre en ellos y solo en ellos se evidencia en el hecho de que incluso quienes los atacan mediante atentados o incluso llamadas telefónicas intimidantes quedan fuera del campo visual. Una forma que tiene esta serie de no darles a los que ejercen violencia contra ellos un rostro que a uno podría despertarle antipatía, sentimiento que la serie solo parece querer reservar a los enemigos de Perón y Evita.

Tanta necesidad de caricatura termina mostrando un defecto clave de Santa Evita: la imposibilidad de la serie de hacer una ficción genuinamente política.

Y acá está el corazón de los problemas ya no solo de Santa Evita sino de casi cualquier ficción argentina que quiera incursionar en ese terreno. En vez de hacer ficciones políticas, terminan haciendo ficciones partidarias, que necesitan sí o sí modificar la realidad histórica ya no para hacer un relato interesante (lo que es inevitable), sino para dejar bien en claro el lado en el que quieren estar. Son productos increíblemente precarios en cuanto a sus conceptos, a los cuales los terrenos ambivalentes de la política les son completamente esquivos y cuyo espíritu militante funciona, básicamente, como lo hace la militancia pura y dura: gritando consignas sencillas de manera hueca, sin preguntarse demasiado por las complejidades del caso e impregnando todo de ideología que, como alguna vez dijo Joan Didion, es enemiga de todo arte.

(Argentina, 2022)

Dirección: Rodrigo García, Alejandro Maci. Elenco: Natalia Oreiro, Darío Grandinetti, Diego Velázquez, Diego Cremonesi, Ernesto Alterio.

2 comentarios en “Santa Evita”

  1. Muy interesante crítica. Evita sigue siendo una persona inasible, alrededor de ella hay demasiadas luces y sombras, amores y odios.
    Lástima que que Schell no hay aludido a la “Eva Perón”, de Nacha Guevara.

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