A Sala Llena

Sensatez y Sentimientos

En los días muy fríos del invierno como este, suelo detenerme bastante seguido en las ventanas de la casa a mirar para afuera. Vivo en un piso 21, por lo que tengo una vista interesante,  aun cuando mi departamento se parece bastante a una pajarera debido a las redes de contención para los gatos.  Me quedo largo rato mirando, pensando en un millón de cosas y deshojando una a una las ideas que van apareciendo. A veces tomo alguna fotografía, pero es raro, otras preparo té o como caramelos y, en muchas ocasiones, me siento en alguna de las banquetas altas, me acomodo tranquilamente y me dedico a ver. Pasan miles de bondis, miles de autos grises, motocicletas, gente diminuta engrosada por capas y capas de ropa… En algunos edificios cercanos quedan luces prendidas de la noche que jamás se apagan. Y así estoy, a veces una media hora o unos buenos veinte minutos.  Me gusta mirar para afuera. El ritmo de la ciudad en contrapunto con mi ritmo y el ritmo de mi casa.  Hoy estaba mirando y era muy temprano, cuando apareció esta película en mi cabeza. No sé por qué la relacioné con ese momento del día, pero fue una relación fuerte, como de plano y contra plano.

A esta columnista, le gusta usar este espacio para desempolvar películas y traerlas al presente.  No porque sean films olvidados, si no porque a veces no recordamos que los recordamos y, cuando aparecen, se nos vuelven otra vez jugosos y dulces. Hay películas que el corazón acuna en silencio, un poco apartado de la mente y es bueno que, cada tanto, alguien vuelva a traerlas a la conciencia, solo para disfrutarlas de nuevo.

Si le preguntamos a cualquier muchachete de qué la va la película de la que quiero que charlemos hoy, seguramente dirá que “es una de amor”,  y estará bien rumbeado, pero no acertará cien por ciento. Es que, verán, la película de hoy puede parecer de amor pero es, en realidad, sobre el enamoramiento  y, aunque es muy común confundir esas dos cosas, son verdaderamente diferentes.  

No es casualidad que Sensatez y Sentimientos,  se trate del enamoramiento y no del amor, porque probablemente sea el enamoramiento la parte más superficial y pedestre del amor y eso hace que, en este film, sea tan pertinente como articulable con los temas  que se tocan y se critican refinada  y contundentemente.  Temas de naturaleza  abrumadora y dolorosamente mundana.

Elinor y Marianne Dashwood  junto a su madre y su pequeña hermana, quedan desamparadas económicamente luego de que su padre  (debido a las leyes de la época que impedían que las mujeres heredaran si había herederos varones)  muere, favoreciendo a su hijo mayor que se queda con toda su fortuna. Así, las cuatro deberán vivir ajustadamente y en el campo, merced a la caridad de su hermano que acepta acomodarlas con una mensualidad poco generosa. Esta situación desafortunada, sumada al hecho de que Elinor ya es algo mayor, conspira contra sus posibilidades de arreglar buenos matrimonios. Es así, como los amores y desamores de estas dos mujeres, van tejiéndose de manera  tormentosa, intensificando, complicando y coloreando sus vidas.  Elinor (Emma Thompson) se enamora de Edward Ferrars (Hugh Grant) quien está comprometido de manea estúpida e infantil con otra mujer y Marianne (Kate Winslet) posa sus ojos en un buenmocísimo vecino que termina abandonándola para casarse con una mujer rica que lo salva de la pobreza.  En el interin, el elegante Coronel Brandon (Alan Rickman)  se enamora de ella y, con galantería algo oscura y poco rimbombante, va realizando un trabajo de hormiga maravilloso que termina por conquistar el corazón de la joven. Todo esto en medio de la hipocresía,  el puritanismo, el machismo, el clasismo y la idiotez proverbial de la época.  

Las hermanas se enamoran.  Elinor de manera sensible y profunda y Marianne alocada, tonta y apasionadamente. Observamos los dos procesos y vemos  las transformaciones  de ambos personajes de jóvenes romanticonas y medio pelotudas,  a mujeres auténticas, robustas y un poco mas sabias. Por supuesto Elinor se queda con su Edward y Marianne elige a su Coronel Brandon después de que ambas  sufren como perros.  Humilladas, subestimadas, injuriadas, juzgadas, bastardeadas y despreciadas, estas mujeres van abriéndose un caminito más o menos digno, en medio de una sociedad autoritaria e injusta, que las trata con desigualdad. Todo esto y solamente se enamoran. No aman y, por supuesto, no cogen, solo se enamoran. Solo sienten las cosquillitas en la panza y el tintineo de las campanas en sus cabecitas llenas de bucles. No saben ni siquiera de qué se trata el amor verdadero, no tienen una sola pista de que,  lo que les está pasando, no tiene absolutamente nada que ver con lo que el amor representa y significa.  La película es maravillosa y romántica por supuesto, pero es inteligente más que nada por el hecho de que, la tragedia que oculta tiene que ver con que la temporada de descubrimientos de estas dos mujeres, empieza cuando la película termina. Todo lo que vemos antes, es el cuento de hadas con sus monstruos, dragones, brujas, príncipes y princesas.

La guionista (Emma Thompson), quien se llevó un premio de la academia, eligió adaptar esta novela básicamente porque quería hablar de las mujeres y de las opresiones e injusticias  que sufrimos (y seguimos sufriendo, no nos engañemos) y que se vuelven parte fundamental de nuestra vida, nuestro desarrollo y nuestra identidad. La manera en que lidiamos con ellas, nos forja el carácter definitivamente y se traslada a nuestras decisiones, acciones y omisiones de forma ineludible.  En esta película, me gusta ver a las mujeres como árboles bonsái que han sido podados vigorosa y repetidamente y que, por ello, han adoptado una forma poco natural y condicionada, pero profundamente bella y sensible. Como mina, veo esta película más que como retrato de época, como  retrato de género y como testimonio de evolución y crecimiento, pero también de deuda pendiente que deberá, obligada e indispensablemente, saldarse.

Si, esta cinta pivotea en el enamoramiento y  en las mezquindades que este apareja. La devoción esclavizante y boba, la falta de profundidad de los hechos que desencadena y, sobre todo, el mar de juicios y condenas que se yergue sobre las mujeres que lo viven de manera intensa.   No nos engañemos, hoy nosotras podemos enamorarnos estúpidamente una vez por semana si queremos, pero el hecho de que hagamos de forma natural lo que nos venga en gana y de que actuemos de manera desinhibida sobre ese sentimiento tan liviano como intoxicante, sigue convirtiéndonos en el blanco de la maledicencia, el cotilleo y la condena general.  Es por eso, que el guión de la Thompson sigue teniendo vigencia absoluta.

La dirección del gigantesco Ang Lee (que acostumbra a meterse con estos temas) es, como siempre, exquisita. La campiña inglesa es fotografiada como una especie de paraíso controlado, lleno de colores y texturas pintorescamente civilizadas y contenidas.  Las actuaciones, entre las que destaco fundamentalmente a Alan Rickman y a Emma Thompson, son de una belleza y una elegancia tan sustancial, que conviene verla una y mil veces para seguir degustando cada detalle de sus composiciones, banqueteando pecaminosamente.

Lo bueno de poder volver siempre a películas como esta, es que termina uno por encariñarse de manera tal con ellas, que comienzan a ser parte de nuestra imaginería cotidiana, y es por eso que, mirando por la ventana en esta casi madrugada de agosto, con mi tacita de te entre las manos, recordé lo parecida que soy a esas mujeres. Tal vez no esté contemplando la campiña, ni bordando en bastidor, pero si estoy al borde del enamoramiento todos los días y camino por ese risco filoso y estimulante como una equilibrista borracha que echa mano a toda su sensatez, para dominar ese sentimiento que es pedestre y crecer sabiamente sobre él, convirtiéndolo en amor verdadero y profundo.

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