A Sala Llena

Ser el Otro

En esta columna hablamos bastante seguido de la muerte, lo que no es raro porque yo pienso casi constantemente en ella. La siento allí, pisándome los talones, mojándome la oreja y, cuando la mina se pone las pilas con todo, soplándome la nuca. Me obsesionan el cáncer, la pérdida de tiempo, la eternidad, los vampiros, la reencarnación, el tétanos, el sentido de la existencia, el talento desperdiciado, las ilusiones desmedidas, la fiaca, la depresión, la urgencia por el apareamiento, el amor como única verdad posible, la ilusión del legado, el incendio de los sentidos, la maternidad, el hedonismo vs la espiritualidad, en fin… La paso bomba.

Y cuando veo que un tipo como Philip Seymour Hoffman se muere en el baño con una jeringa metida en la vena, me asaltan urgencias absurdas. Primero me da bronca y me parece loco, traído de los pelos, extranjero, ridículo. Y después, empiezo a pensar en todas las cosas que aún no he terminado de hacer. Entonces, me desespero irremediablemente y voy como alma que lleva el diablo por la casa, tratando de gestionar en horas, lo que va llevando años de proceso. Ustedes me dirán (y con absoluta razón) que el muerto es el otro, que qué carajo tengo yo que convertir la desaparición de este artista exquisito en algo que tenga que ver conmigo. Mis familiares más cercanos, que siempre encontraron oportuno señalarme el narcisismo, dirán que es otro de mis brotes egocéntrico insoportables, y también tendrán razón. Pero, ¡qué carajo! El sufrimiento es mío mierda, así que, a freír churros.

Es cierto, el muerto es el otro. Pero, finalmente, el muerto SIEMPRE es el otro. Es decir, el día que el muerto sea uno, entonces nada más importará. Y como no habrá tiempo posible, no hay forma de decir: “el muerto es uno”, porque uno ya no sería y punto. Así que, probablemente no hay ocasión más perfecta para reventar de egocentrismo, que la muerte de otro.

Hace poco me estaba quejando de que mi película ROSA FUERTE, no tiene todavía fecha de estreno. Estaba en la cena de cumpleaños de una amiga muy querida y una de las invitadas me espetó: _ Sabés qué tendrías que hacer vos: morirte. Así se estrenaría enseguida.

No puedo expresar claramente la transformación que sufrió mi cara en ese momento. La pobre chica (a la que no voy a llamar pelotuda porque, de hecho, me cae bien) me vio ir del verde al violeta, y del violeta al colorado granada en menos de dos segundos. Había tocado un nervio, inocente de ella, y me había encendido como dinamita. Mi respuesta no se hizo esperar: _ La verdad que, si me preguntás, yo prefiero que te mueras vos.

Tal vez reaccioné desmedidamente, el contexto no daba para trenzarnos y comernos el hígado, así que la cosa fluyó, por lo menos en el exterior. Pero, la verdad, es que el tema siempre está allí, pululando en mi cabeza.

Y entonces, como cereza de la torta, el domingo encuentran a Philip. Y basta recorrer, aunque sea superficialmente su magnífico legado filmográfico, para saber que el pibe gozó y dio a gozar locamente. Compartió su don y lo desparramó generosa y lujuriosamente por todas las frentes humanas del mundo, como besos angelicales y piadosos. Se prendió fuego de belleza y nos la regaló a manos llenas.

Tal vez sea por el portento del que son capases algunos seres, que los mediocres nos sentimos de alguna manera empoderados. Y ahí vamos, creyendo que tenemos algo que compartir con el mundo. Sufrimos, nos desgarramos, teñimos nuestra vida de dramatismo colorido y musicalizamos todos nuestros momentos fatales. Somos aves de plumaje abundante, vistoso, colorido, pero rara vez, exótico o divino. La parte buena de esa condición es que jamás, pero jamás nos aburrimos, y la vida junto a nosotros es, como mínimo, una montaña rusa.

La pregunta que cabe hacerse cuando a uno le tocó en suerte este sino, es la siguiente: Si dejo de hacer lo que hago, si dejo de ilusionarme con lo que soy, si desisto de compartir lo que tengo para decir, ¿qué hago? Y ahí sí, la respuesta que sobreviene es casi irrefutable: lo que te queda por hacer, es morir.

Claro que ROSA FUERTE no tiene nada que hacer frente a Magnolia, Boogie Nights, El Talentoso Señor Ripley, Capote, Mi Novia Polly, Perfume de Mujer, La Familia Savage, Money Ball, Casi Famosos, The Master, Los Piratas del Rock, Antes que el Diablo sepa que estás Muerto o El Gran Lebowsky… Todos títulos que el muchacho engrandeció, entre muchos otros, con sus virtuosas actuaciones. Que eran siempre únicas, diferentes al resto, peculiares hasta la maravilla. Pero, aun así, mi pequeña peliculita tiene algo que decir y está allí, esperando que algún alma caritativa del Incaa, decida estrenar sus dos solitarias copias. Y tal vez, a fin de cuentas, todo se trate de perdonar nuestra pequeñez y de absolvernos de culpa, por nuestros inflamados delirios de grandeza.

Se fue Philip y medio que nos cagó. Dejó un estándar tan alto, que casi te saca las ganas de levantarte de la cama para mover el trasero. Pero su legado es vasto y prolífico. Y aunque nada signifique nada en este mundo, el goce de haberlo visto actuar, probablemente justifique una vida completa.

Total, para ser el otro, el muerto, siempre parece haber tiempo a patadas.

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