A Sala Llena

Sicario, según Martín Chiavarino

Los túneles de los espectros.

El flujo inmigratorio hacia los Estados Unidos, la política de contención de parte del gobierno de ese país y la industria ilegal que vive alrededor de la droga y el tráfico de personas conforman uno de los cuadros más rapaces y miserables de nuestra cultura del espectáculo y la muerte, que evade la verdad y cualquier noción de moralidad para dejarnos frente a frente con nuestro mezquino reflejo. Sicario (2015), el último film del director canadiense Denis Villeneuve (La Sospecha, 2013; El Hombre Duplicado, 2013), indaga -a través de este espejo de nuestra cultura- sobre la ética, las leyes y las certezas en un mundo donde el estado de excepción se impone a través de operaciones encubiertas.

En medio de una serie de asesinatos realizados por los carteles mexicanos de Ciudad Juárez, en lugares cercanos a la zona fronteriza del lado estadounidense, la agente del FBI Kate Macer (Emily Blunt) es convencida por un grupo de cooperación entre agencias gubernamentales, liderado por Matt Graver (Josh Brolin), para colaborar con él y un enigmático y taciturno personaje, Alejandro (Benicio Del Toro), con el fin de combatir el arraigamiento del narcotráfico en Estados Unidos. Una extraña relación de incomodidad se incuba entre los tres y Kate comienza a sospechar de los orígenes de Alejandro y los motivos de Matt.

La cooperación deviene rápidamente en un esquema parasitario para encubrir peligrosas operaciones de la Agencia Central de Inteligencia en ambos lados de la frontera entre México y Estados Unidos, y Kate se ve envuelta en situaciones que no comprende pero que no aprueba ética, moral y legalmente. Sin preocuparse demasiado por los pruritos y la seguridad de Kate, Matt y Alejandro siguen con su tenaz operativo para desbaratar las redes de los líderes del narcotráfico, desentrañando así una telaraña de grandes dimensiones.

Con un estilo cansino pero agazapado, Villeneuve rescata retazos de la estética de Sin Lugar para los Débiles (2007), de los hermanos Coen, y retoma lateralmente la moral de Traffic (2000), de Steven Soderbergh, para adentrarse en los resquicios más sórdidos de la guerra contra las drogas. El guión de Taylor Sheridan se fusiona perfectamente con las ideas de Villeneuve para cuestionar el lugar de la frontera como “no lugar” y su régimen de excepción. La dirección de arte de Paul D. Kelly y Bjarne Sletteland, y la fotografía de Roger Deakins, trabajan conjuntamente en una atmósfera desértica, indefinida y desolada que se une a una imagen siempre perturbadora que refiere y conduce hacia la muerte como constante de la condición del territorio fronterizo.

Con Sicario, Villeneuve vuelve a subir la apuesta en pos de un cine arriesgado que conjuga una estética de gran valor visual y conceptual con un guión extraordinario que pone en juego una historia en la que el bien y el mal se disuelven en un magma informe. Ya desde el comienzo el opus roza el terror pero no como género sino como consternación sobre la crueldad y la dureza humana. Solo los lobos pueden sobrevivir en la frontera, en medio de los restos.

calificacion_5

Por Martín Chiavarino

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