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Festivales - SITGES

SITGES2026 | Crítica de “Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma” (Teenage Sex and Death at Camp Miasma), film dirigido por Jane Schoenbrun

La liturgia de la carne: Morir de deseo en Campamento Miasma

Históricamente, el slasher ha operado bajo un contrato moral inquebrantable donde la mirada funciona como un ejercicio de control. El espectador asume la posición del voyeur sádico, escondido tras la cámara, mientras el asesino actúa como el brazo ejecutor de una culpa impuesta: el sexo concebido como pecado fundacional y la muerte como su castigo inmediato.

En los años noventa, Wes Craven intentó dinamitar este camino. A través de la metaficción, desmontó las fórmulas rígidas de la década anterior, pero dejó al género atrapado en una encrucijada estática y binaria: o se regresaba a la pureza artesanal de la old school desprovista de lecturas sociales, o se caía en la ironía autoconsciente de romper la cuarta pared para burlarse de sí mismo. Ambas posturas terminaron siendo absorbidas por el mainstream, fagocitadas por la misma industria que pretendían criticar.

¿Cuál es, entonces, la verdadera transgresión posible para este subgénero? La respuesta no se hallaba en la parodia, sino en una operación mucho más profunda: Schoenbrun no mata al padre, sino que lo ritualiza. Toma el engranaje autorreferencial y lo despoja de su distancia cínica para transformarlo en una liturgia sagrada, íntima y puramente queer.

En esta entrega cinematográfica, la realizadora fractura el dispositivo clásico desde sus cimientos. La trama nos introduce en las cajas chinas de la cinefilia obsesiva: Kris (Hannah Einbinder), una joven directora, es contratada para resucitar una desgastada franquicia de terror ochentera. Al buscar a Billy Presley (Gillian Anderson), la recluida final girl del largometraje original, la realidad y la ficción comienzan a disolverse en las aguas estancadas del set abandonado.

Es en este abismo donde la figura del asesino -bautizado simbólicamente como Pequeña Muerte (Jack Haven)- deja de operar bajo una lógica puritana. El guión abraza la acepción literal del concepto francés (la petite mort, el instante del éxtasis orgásmico) para subvertir por completo el sentido del peligro. Esta entidad espectral no persigue a los personajes para castigar su deseo; por el contrario, deviene en el catalizador de su liberación definitiva. El filo del cuchillo ya no desgarra la carne desde el sadismo, sino que consuma la comunión psicosexual de las protagonistas, disolviendo el temor original. Al desplazar el punto de vista del cazador hacia la psique de la víctima, el horror pasa a ser un rito de autodescubrimiento, donde perecer a manos del mito es el único sendero para reclamar la soberanía del propio cuerpo.

Precisamente en esta reconfiguración teórica es donde la experiencia en la sala se intensifica: la película provoca miedo. Tras todos los devaneos intelectuales que puedan adjudicarse al film, el espectador asiste a la pantalla experimentando un genuino desasosiego que no nace del susto fácil, sino de un abismo psicológico perturbador. Al academizar el horror y transformar al asesino en una metáfora mística, Schoenbrun no anula el espanto, sino que lo eleva; lo que aterra no es la amenaza física del monstruo, sino la inquietante revelación de que las propias víctimas anhelan esa entrega mística. La obra equilibra un estimulante alegato político con una atmósfera asfixiante, atrapando al espectador en la frialdad de su propio laboratorio existencial.

Por último, apoyada en una atmósfera alucinatoria orquestada por las texturas visuales de Eric Yue y la envolvente partitura de Alex G, el film exhibe un desenlace sangriento despojado de la crueldad habitual. Cuando los cuerpos caen, lo hacen guiados por el trance, desafiando la mirada mercantilizada de Hollywood. Es aquí donde se consolida el verdadero giro de Schoenbrun: al arrebatarle el poder al verdugo, la película transfigura la pantalla en un espacio de comunión. Una obra audaz que nos invita a contemplar el horror ya no como la aniquilación de la existencia, sino como la entrega definitiva hacia un territorio donde el cuerpo, al fin, se reconoce dueño de su propio destino.

(Estados Unidos, 2026)

Guión y dirección: Jane Schoenbrun. Elenco: Hannah Einbinder, Gillian Anderson, Jack Haven, Patrick Fischler. Fotografía: Eric Yue. Música: Alex G. Producción: Dede Gardner, Jeremy Kleiner. Duración: 112 minutos.

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