A Sala Llena

Sombras Tenebrosas, según Elena Marina D’Aquila

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Fiel a su estilo dark y extremadamente expresionista de siempre, Burton nos regala otro inadaptado más de su galería de freaks. Lo hace con sus colaboradores de siempre (Danny Elfman en la música, Helena Bonham Carter y Johnny Depp en el elenco) y contándonos la historia de un ser solitario, marginado e incomprendido –Barnabás, un hombre convertido en vampiro a causa de la maldición de una bruja despechada-.

Un monstruo más, como es usual en el cine burtoniano, repleto de personajes como Edward Scissorhands, Jack Skellington, Willy Wonka, Ed Bloom (padre) y el pingüino de Batman vuelve. En el caso de Sombras Tenebrosas, se trata de una película en la que las referencias al expresionismo invaden todo el film: el castillo Collinwood, sus habitaciones y ventanas, y un Barnabás cuya chaqueta, orejas y uñas se asemejan mucho a las de Nosferatu de Murnau. Como es usual en este director, el film también está repleto de perspectivas distorsionadas, sombras muy marcadas, fantasmas y estructuras con formas curvas como los árboles y el monte del que salta Josette -el amor de Barnabás-. Además, no falta el autohomenaje: el niño de la película -David- viste un pijama a rayas azules, idéntico al de Beetlejuice y, por supuesto, el cameo de Christopher Lee, una personalidad recurrente en las películas del director.

También aparece la paleta de colores burtoniana, del negro al azul (el color de la muerte en Burton), y los colores pasteles muy vivos. El director utiliza su peculiar fotografía onírica, de luz difusa y neblinosa, en el comienzo del film. En los créditos iniciales, seguimos el viaje en tren de Victoria (un nombre burtoniano) hasta que finalmente llega a Collinwood; en La Leyenda del Jinete sin Cabeza, también seguimos a Ichabod Crane en su viaje a Sleepy Hollow. La iluminación onírica y el vestuario que utiliza para filmar a Josette al comienzo nos recuerda a Katrina Van Tassel y, casualmente, esa película también comparte la temática de una familia poderosa en un pueblo con una maldición.

El personaje pálido y flaco, de piernas largas, en este caso es una mujer que se hace llamar Victoria Winters (nunca sabemos por qué), mientras que el personaje cadavérico y de pelo negro lo ocupa Mr. Depp, en el rol del mencionado Barnabás. En medio de todo esto, hay otros personajes grotescos (se podría decir circenses, después de todo no hay que olvidar que Fellini se encuentra entre las influencias principales de Burton), como el encarnado por la esposa del realizador- Bonham Carter, una psiquiatra borracha de cabello naranja-. Al igual que en Sweeney Todd, Depp interpreta a un personaje que es apartado de su familia y logra volver a su lugar de origen, en este caso, luego de dos siglos, para encontrarse con que todo lo que conoce ha cambiado. Y creo que eso mismo nos pasa a nosotros, los espectadores, con esta película de Burton: algunas cosas han cambiado. Si bien el director tiene un estilo muy arraigado, esta vez intenta modernizar su cuento de hadas a través de Barnabás, que intenta restaurar la gloria del negocio familiar y se encuentra con unos parientes un poco freaks y pintorescos: David, el niño que ve el fantasma de su madre, Elizabeth Collins y su hija, que también fue maldecida cuando un hombre lobo la mordió en la cuna.

Esta adolescente “moderna” le presenta a Barnabás una serie de hippies que fuman marihuana y que luego serán devorados por él. Eso es la modernidad para Burton: algo en lo que sus personajes no encajan ni encajarán nunca, algo grotesco y corrupto, el Mal. Estos personajes circenses, por otro lado, son utilizados para que Burton retrate sus temáticas preferidas: las relaciones de padres e hijos, la búsqueda del amor, el bien y el mal, los vivos y los muertos.

El director trata de actualizar su cuento de hadas y ahí es donde falla, porque ha dejado mucho de sí mismo en el camino. Si bien la película funciona como parodia del cine de vampiros y tiene humor, son muy evidentes las escenas que carecen de riqueza de contenido. Por eso, el film se encuentra en un estado de transición; si bien sigue teniendo la esencia burtoniana, el desenlace está plagado de clichés. A pesar de eso, los personajes siempre continúan en busca del amor. Barnabás le dice a Angelique: “No puedes amar, esa es tu maldición”, y eso es lo que la convierte en la villana de la película. Por supuesto, los inadaptados Barnabás y Victoria se quedan juntos para siempre (como en los cuentos de hadas) y cuando finalmente el negocio familiar es destruido y la familia queda en la ruina, Elizabeth, ante la pregunta de su hija “¿Qué haremos ahora?”, responde: “Lo que siempre hacemos, resistir”. Y eso mismo tiene que hacer Tim Burton, resistir en la industria cinematográfica, fiel a sus temáticas, a su estilo y a esos planos tan ricos desde la puesta en escena y el contenido que tanto nos cautivan.

calificacion_3

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