A Sala Llena

Supositorio de Espadol

¡Hola, hola, hola! ¡Si señora, sí señor, aquí está la columna que todos esperaban! ¡Para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero! Para leer en el bondi, en el subte o en el sulky. Usted elige. Cubrimos todas las opciones y sabemos que está esperando este texto, con la crema para manos a la derecha y las toallas de papel tisú a la izquierda. Pero, pero, pero, todavía no arranque con la faena, que hay mucha tela para cortar acerca de lo que fue el estreno de 50 Sombras de Grey.

Ya a esta altura de la soirée, todos saben que la crítica la mató. La destrozó, mejor dicho, y, debo decir, con bastante justicia. Pero como en el caso de estos materiales la opinión que verdaderamente cuenta es la del fanático, la del acólito, la del devoto, pensé que tal vez la crítica podía estar señalando algo obvio y esperable. No fue el caso. Creo que esta vez, crítica y fanáticos, estarán más que de acuerdo.

Pero no nos adelantemos demasiado. Y no se me desilusione, usted, lector ávido de cascarse con la columna. Porque podrá hacerlo, este espacio le dará elementos para que logre su cometido y tenga un día brillante y relajado, junto con una piel tersa y joven. ¡Ah, lo de los pelos en las manos eran inventos de las abuelas, no se me vaya a acobardar!

Ayer jueves, después del mediodía, decidí escaparme al Village Recoleta a meterme a ver 50 sombras… Salté en un taxi y a eso de las tres menos veinte, ya estaba comprando la entrada para la función de las cuatro y diez. Tenía tiempo de sobra para comer algo, así que me mandé al Starbucks de Cúspide y ordené mi café de siempre y una medialuna con jamón y queso. De uno de los anaqueles cercanos manoteé Tejiendo Sueños, de Patti Smith, y me lo puse a leer, al tiempo que chateaba con amigas (que de verdad laburan) y les mandaba la fotito de la entrada. A diferencia de mí, la mayoría de ellas había leído los libros. Yo, en cambio, iba a que la película me iluminara. Sabía por supuesto que no sería demasiado fiel, ya que el libro es de corte netamente pornográfico, muy explícito, algo imposible de llevar a la pantalla cuando se quiere salir al ruedo como “prohibida para menores de 16 años”.

Leí la mitad del libro de Patti en la hora y algo que tenía de espera, así que lo menos que podía hacer era comprarlo. Ya lo había manoseado un poco y, además, era maravilloso. Me eché al coleto lo que quedaba de café ya medio frío, y me fui a la caja. Pagué tranquila, compré una cajita chica de pochoclos y me acomodé en la butaca. Me puse a observar la concurrencia: muchas señoras paquetas. Algunas en manada y al grito de “Debbie, ¿vos querés en la punta?” y yo pensaba cosas malvadas como “Si a Debbie le interesa esta película, no quiere la punta, la quiere entera”. En fin, una es un poco guacha con las viejas que le recuerdan a su madre. Había varias parejas de chicos gays, una sola mina en los treinta y pico aparte de mí y muchas, muchas comparsas de adolescentes. Chicas lindas, vibrantes, en shorts cortísimos, con piernas largas y bronceadas, con sus enormes gaseosas de bombillitas que estimulaban mi imaginación. Iban de su boca al aire, del aire a la lengua, de la lengua al trago. Un juego previo sutil, interesante. Y yo había llevado un pantalón de bolsillos grandes, así que el cielo era el límite. Cuando apareció el vídeo que te pide que apagues el celular, me di cuenta de que me había dejado el mío en la librería. Lívida, eché un pique de sesenta metros con escalera mecánica y todo, pensando que lo había perdido para siempre. Pero, una vez más, me topé con gente copada y me lo devolvieron intacto, con buena disposición y una sonrisa. Para cuando me senté otra vez en la butaca, los títulos ya habían arrancado.

La película es todo lo que dijo la crítica y más: es fría, estéril, distante, machista, perpetuadora de estereotipos arcaicos, patriarcales y misóginos (pero esto último dejémoslo para otra columna así no perdemos la levedad de hoy). Dakota la rema con todo lo que tiene, fragilidad, belleza, audacia, sensualidad, reviente, sex appeal, pero: el muchacho es un teletubi. Él no tiene carisma, es demasiado duro, demasiado aséptico, al igual que todo su universo. Un hombre que le advierte a una mujer que “no se acerque, que él es malo para ella” y blá blá blá, a esta altura del partido merece tragarse una dinamita. Y esas cosas, están lejos del erotismo y muy cerca del ridículo.

No hay jugos en la película, no hay gemidos carnales, no hay ansia, no hay deseo real. No hay metidas de dedo en ninguna parte y no hay chupadas de ningún tipo. Cada vez que alguna de las secuencias comienza a ponerse buena, en el momento exacto en el que se debe tomar riesgo y ahondar en lo que está sucediendo, mandarse a fondo, la directora elige cortar la escena. Eso redunda en una especie de coito interruptus permanente, que deja al espectador frustrado y sin ganas de involucrarse verdaderamente en la narrativa. Nada lo insta a quedarse, nada lo convence. La historia está totalmente sobrevolada y se queda siempre en la periferia, en la maqueta, en el “cómo sí”. Eso, sumado a la cantidad apabullante de clisés, convierte a la cinta no solo en fallida como muestra del género, si no en algo mucho peor, imperdonable en un proyecto como este: la hace aburrida. De hecho, lo que más disfruté del film, fue su secuencia final.

En un momento me asaltó un pensamiento verdaderamente inquietante: ¿habrá mujeres que piensan que así es como se coge? ¿Habrá chicas por ahí en el mundo que creen que morderse el labio inferior es el gesto que asume tu rostro cuando te están montando como se debe y estás gozando como un animal? Chicas, no… Si lo único que un hombre hace por ustedes es que se muerdan el labio, algo no está bien ahí. No está desarrollándose en su plenitud. Esa no es la cara del goce. Ese no es el gesto del placer abrumador, caliente, sometido (por qué no), terrible, esclavizante y liberador. Cuando alguien te coge como se coge a una mujer, tu cara asume otro rictus, otra forma. Tu voz se descompone en millones de aristas, tu lenguaje se modifica, se altera, se ensucia, se llena de pedidos, de órdenes guturales. No hay nada aséptico, nada estéril en el goce. No hay nada prolijo, nada ordenado, nada inmaculado. El goce es la exaltación de la mácula, del jugo, del ardor. ¿Creen que cuando un hombre te coge como estás construida para ser cogida, te importan su Adonis Belt o su tabla de abdominales? Si es así, mamaza, mejor que el tipo tenga un flor de helicóptero, porque el agujero que estás destinada a llenar, sea existencial o no, se va a quedar vacío.

¿Recuerdan esa sensación de estar con un amante nuevo?, o mejor, ¿recuerdan la primera vez de sus vidas? La curiosidad, la fragilidad de la desnudes, la voracidad, la humedad. Esa idea de necesitar ir más allá, el anhelo permanente que, por supuesto, no quedará saciado. De mi primera vez ya casi no tengo recolección. Pero sí recuerdo bien, muy bien, los olores y cómo me excitaban. La saliva, la erección de cada fragmento del ambiente. Los besos, los mordiscos suaves, las lamidas. Todo mi cuerpo despierto, alerta y a la vez vulnerable. Nada de eso sucede en la secuencia de la pérdida de virginidad de Anastasia. Nada de nada. Todo parece una especie de quirófano. Demasiada coreografía, demasiado alcohol en gel, demasiado calzón blanco, demasiada mudes musicalizada y depilación definitiva. La película no tiene un ápice de humanidad y eso es verdaderamente decepcionante.

Los fanáticos de los libros querrán verla. Una vez completado el trámite, hagan tronar el escarmiento y exijan en las redes sociales que la próxima entrega de la saga tenga algo de carnalidad y, por lo menos, un mísero plano pito. Porque, amigos, si no lo hacen, están condenados a este supositorio de Espadol, y a no acabar una sola vez, ni que vengan degollando.

Salute, y hasta la próxima visita conyugal.

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