A Sala Llena

Tan Fuerte y Tan Cerca, según Cecilia Martínez

La Llave del Cofre de la Infelicidad

Hace un tiempo escribí la crítica sobre Biutiful de Alejandro González Iñárritu, en la que citaba un texto de Pauline Kael sobre el efectismo, los golpes bajos y la manipulación del espectador en el cine, cuando una serie de decisiones se toman con el único propósito de llevar al espectador a que tenga tal o cual reacción.

¿Por qué alguien se conmueve con cierta película? Por lo que la película despierta en ese alguien, por aquello que toca de la fibra íntima de ese alguien. Ahora bien, cuando un director toma la decisión deliberada de hacer una yuxtaposición de escenas con el solo efecto de generar esa emoción porque, a su criterio, la historia así lo amerita, estamos frente a una bazofia digna del peor cine sensiblero y cursi, estilo canal Hallmark, película de sábado a la noche con la que se emociona mi madre y acto seguido le pide a mi padre que la abrace. El efectismo por el efectismo puro; la exuberancia del golpe bajo; la sucesión infinita de eventos trágicos; el regodeo en el sufrimiento, pero un sufrimiento condescendiente que nos hace saber que el personaje va a tener algún tipo de rescate o esperanza final.

Todo en este film está al servicio del efecto lacrimógeno, absolutamente todo, empezando por la estructura narrativa, claro. Un chico que pierde a su padre en el accidente de las Torres Gemelas, pero no a cualquier padre, a un Tom Hanks versión “mejor padre del mundo” (copado, divertido, inteligente, buena onda, que me hace leer The History of the World a las 5 años y con quien hago competencias de oxímoros todo el tiempo, pura enseñanza de vida, con lemas como “aprende a superar tus miedos por ti mismo así harás que papá se sienta orgulloso de ti”, tipo cariñoso, laburador, romántico con mamá, emprendedor y no sé cuantos otros adjetivos copados que le puedan caber a una misma persona). Un chico que, a raíz de semejante pérdida, toma distancia de su madre –una Sandra Bullock bastante rígida, un tanto gracias a las cirugías, un tanto gracias a sí misma-, que atraviesa durante toda la película un estado depresivo. Un chico con problemas de socialización y fobias varias que parece no tener casi amigos ni gente con la que se relaciona. Un chico que se encuentra con su abuelo paterno a quien no conocía y con quien emprende su aventura disparatada, lo que resulta una decisión de guión forzada y, otra vez, sensiblera. Un chico que conservó durante un año el contestador automático de su casa, con seis mensajes de su padre justo antes de morir, los cuales escuchamos a lo largo de la película unas ocho, nueve veces aproximadamente. Un chico que encuentra una llave y piensa que esta abre algo que le dejó su padre y que servirá como despedida final de él, ¡pero no! ¿Qué onda Daldry? Tengo una frase que se me viene a la cabeza, citando al obispo Paulo Roberto, “¡¡¡pare de sufrir!!!”.

Hablaba antes de que todos los elementos de la película están al servicio del golpe bajo. La puesta en escena, la iluminación, los encuadres y, por supuesto, la música. La música. Amo la música y amo la música en las películas cuando es de mi agrado y cuando tiene mesura y tacto. En este caso, cada escena, cada fotograma, están inundados por la música en tonalidades menores de Alexandre Desplat que, como diría mi colega Rodolfo, es grandilocuente pero, más que eso, yo diría que es exasperante, compulsiva, obsesiva, asfixiante, puesta ahí con el único propósito, una vez más, de despertar la emoción fácil. No estamos frente una elección cuidada de la música y del momento de intrusión de la música; estamos frente a una desmesura absoluta, frente a un exceso y una rimbombancia pocas veces vistos. Todo en esta película es absolutamente hiperbólico.

Pero para ponerle a todo esto un toque de onda, Daldry opta por agregar a la puesta algunos efectos tales como primerísimos primeros planos de algunos objetos, para dar cuenta de las sensaciones fóbicas del personaje, flashbacks en los que se funde pasado con presente, y planos con una estética también fundida que darían cuenta de un efecto como de ensoñación o imaginación. Claro, una vez más, todo hasta el hartazgo, todo hasta el cansancio. Me da la sensación de que Daldry dijo,” te hago un melodrama de aquellos pero lo hago colorido, muy musical y con algunos efectos visuales que descompriman un poco la pesadez del relato y la rompo”.

Y como si esta pesadez basal de la película no fuera suficiente, encontramos a un personaje misterioso que luego termina siendo un gran compañero y abuelo del niño protagonista. Uno de los mayores atributos de Max von Sydow es su voz, esa voz inquietantemente grave, sensual, simplemente maravillosa. Pero Daldry elige hacer de él un personaje mudo. Y ahí tenemos la actuación de von Sydow, derechito al Oscar, con economía de recursos, y todo puesto en la mirada y la gestualidad. No está mal pero sirve nuevamente como otro elemento más que refuerza este melodrama.

¿Y qué decir de este chico protagonista? Que me exasperó y que quise matarlo durante aproximadamente cuatro quintos de la película. No sé si esto que sentí es un indicio de que el personaje está bien logrado o no, no me llego a dar cuenta. Lo único que sé es que en un momento, en la escena en la que conoce a von Sydow, pensé que estaba frente a un Eminem recargado que repetía sin cesar las letras iracundas con las que suele llenar sus canciones coléricas. Una vez más, y haciendo uso de la misma iteración que usa el director, vuelvo a decir, todo está llevado al máximo, todo es grandilocuente, pomposo, afectado y exagerado (clarísimo ejemplo de esto, escena en la que el chico se desploma al ver que las Torres Gemelas se desploman, TREMENDO). Ni hablar de Viola Davis y su actuación desbordante de cinco minutos. Como diría mi colega Rodolfo (nuevamente), “la reina del llano contemporáneo” y, sacando una idea de otro colega con quien vi la película, la reina del moco contemporáneo. Alguien enséñele a llorar a esta mujer, por favor.

Pero bueno, quizá la exagerada soy yo y la película no es tan mala. Por lo menos no lo es para los integrantes de la Academia que decidieron nominarla a Mejor Película. Parece que acá el oxímoron funciona a la perfección: dame una baratija sensiblera y te doy un Oscar.

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