A Sala Llena

Titanic (3D) (Reestreno)

Titanic (3D) (Estados Unidos, 2012)

Dirección: James Cameron. Guión: James Cameron. Producción: James Cameron, Jon Landau, Pamela Easley, Al Giddings, Grant Hill, Sharon Mann, Rae Sanchini. Elenco: Leonardo DiCaprio, Kate Winslet, Billy Zane, Gloria Stuart, Bill Paxton, Kathy Bates, Frances Fisher, Victor Garber, Bernard Hill, Danny Nucci, Ioan Gruffudd. Distribuidora: Fox. Duración: 193 minutos

“Un iceberg en 3 dimensiones”

Existen en la vida y por consiguiente en las artes (detalle que representa la verdad ya que todo hecho artístico es verdadero, pero no toda verdad es un hecho artístico), momentos claves que se corresponden con un cambio de paradigma y una modificación radical al momento del visionado e interpretación de una realidad cotidiana. Como siempre, surgen voces arquetípicas para estos respectos y James Cameron se enalza como una de las más fuertes en materia de celuloide. El porqué se traduce en una capacidad innata (más allá de una documentación exhaustiva e investigación metódica del realizador y de un equipo por demás dedicado a la causa que se presente) para el efectismo y el impacto sensorial al momento de trazar líneas narrativas de acontecimientos que se corresponden a las nociones de “big show” e hiperproducción.

Es así como en el año 1997, Cameron estrena Titanic e instaura la conceptualización del director de epopeya, es decir, funde los fundamentos básicos de la cinematografía para crear una nueva bestia que destruye con lo antecedido y crea un cine de lo imposible, un cine que, bajo la excusa del drama e historia llana o lineal, propone (aunque ya lo había realizado con filmes anteriores) una innovación técnica y fotográfica revolucionaria desde todo punto de vista y enmascara el cuento como un McGuffin en nociones hitchcokianas.

Hoy, 15 años después de su estreno oficial, la épica histórica vuelve (y en forma de fichas) hacia la captación de nuevos adeptos con el condimento actual (e imposición obligada de Cameron y su Fusion Camera System) del traspaso al 3D. No al cine pensado en tres dimensiones, sino a la conversión de formato hacia el de las profundidades mágicas.

Hay dentro de esta técnica, y específicamente dentro ésta película convertida, una sensación de falsedad, una percepción de los espacios que se miente e intenta reivindicarse con un plano más espectacular que el anterior muchas veces sin justificación alguna por más que el progreso sea correcto y respetable. Otro punto de análisis resulta ser que las tres dimensiones, en su afán de otorgarle veracidad mágica y onírica a las imágenes en el cuadro, producen un efecto en la mayor parte de la narración que puede traducirse como un alejamiento de los caracteres, es decir, la generación atroz y forzada de planos situacionales y niveles de lectura de la imagen, generan una distancia que trunca lo empático de la cuestión, aislando las caracterizaciones, centrales, secundarias o en niveles más lejanos a la atención primordial. Curioso y paradójico resulta que este distanciamiento, aparentemente no premeditado, juega a favor de la obra, ya que, como muchas veces lo hemos enunciado, el alejamiento de un agente, entidad o circunstancia hacia otra de su misma naturaleza o no, precisamente conlleva a un conocimiento superior, más profundo y agudo de los elementos dejados de lado por aquello que tuvo prioridad en lo inicial, en este caso, la tercera dimensión.

Es así que redescubrimos el talento de Cameron a la hora de encarar cualquier proyecto, desde el lanzamiento de una nueva obra de arte, hasta el relanzamiento de un éxito de hace una década y media atrás. Y es que lo hace desde una perspectiva que encuentra su lógica en la utilización de un medio como fin sin que este llegue a notarse o a imponerse. Bien es sabido que cuando el artificio no es notorio, la imagen cobra vida y el ojo (por consiguiente la mente) construye una realidad alternativa, interpretativa y una cosmovisión del todo en representación en pantalla.

Titanic fue considerada una obra maestra allá por su estreno. Desde mi humilde lugar puedo decir que visioné la película dos años luego de su paso por la pantalla en un VHS de un videoclub de barrio. Luego, 4 años más tarde (a mis trece), me di una oportunidad de incluirla en mi escaso mundo del cine. Ninguno de los dos casos fue alentador en lo más mínimo. La vuelta a las salas me obligó a ser espectador nuevamente y, eliminando todo prejuicio de la niñez y preadolescencia, me enfrenté a lo que me resultó un torbellino de sensaciones, un mundo estético de belleza plena y de justificaciones directivas de una exquisitez que asusta. Es que hoy el capital efectivo fue in crescendo como así las posibilidades de descubrir y redescubrir el séptimo arte. Una vez más puedo decir orgulloso que el arte pleno y puro no tiene precedentes en el prejuicio/perjuicio de una mala pasada y, más específicamente en el ámbito cinematográfico, cada obra es una ventana a un mundo conocido pero interpretado, aprehendido y vivido desde ópticas realmente particulares donde simplemente se debe entregar a aquello que se ve todo lo que uno es, pretende y cree ser así como el cine se inclina hacia nosotros brindándonos todo su potencial para observar, quince años después, que tuve una obra maestra a mi lado y nunca supe verla hasta el día de hoy.

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