A Sala Llena

Un hechizo que resulte y que salve

El primer libro entero que leí en mi vida, a eso de los ocho o nueve años, fue Annie. Lo recuerdo perfectamente. Teníamos en la casa dos ejemplares (vaya a saber por qué) de la versión que sacó Biblioteca Billiken. Leí el que estaba ajado y con la tapa hecha medio mierda. El que se hallaba en buenas condiciones, tenía un olor asqueroso a pata, así que quedó en la biblioteca de la casa. Recuerdo que me costó un Perú leerlo. Mi cerebrito no estaba entrenado todavía y llevaba demasiadas tardes tomando la leche con Carozo y Narizota.

Como ya había visto la película de Huston, la novelización me pareció un toque bodrio. Pero me la fumé igual, pasando de largo algunas páginas y empezando a estirar el cerebro hacia nuevas aventuras literarias. Aun así, para ser el primer material de lectura que elegí por las mías, medio que se quedó un toque corto. Es que, la película me había parecido tan hermosa, que no podía dejar de pensar que al libro le faltaban muchos, pero mucho adornos. Mucha emoción. Mi imaginación no se daba maña para escapar de lo que ya había visto y consideraba maravilloso.

La cinta de Huston era un viaje. Y si eras chiquito, más viajabas todavía, más lejos ibas. La música te remontaba alto y los escenarios te deslumbraban hasta que se te torcían las ideas. Era un musical hecho y derecho, con rimbombancia, con audacia, con humor, con grandes despliegues coreográficos e intérpretes virtuosos, que la gastaban verdaderamente. Annie se constituía así en un sueño brillante, bello y esperanzado.

Con ganas de encontrarme con algo parecido, me mandé a ver la remake. Tenía ganas de sentirme ilusionada, de sentir que las cosas iban a estar bien y que la estúpida sustitución de mi mente, era una alucinación diabólica a la que tenía que domar, pero nada más. Qué había otra mente atrás, sana, sabia y buena. Que todo estaría bien, que la infancia había hecho brillantes promesas, y que yo las cumpliría. Tal vez es demasiado para pedirle a una película pero, qué vachaché… Era lo que tenía ganas de sentir.

El casting me resultaba interesante y decidí confiar, aun cuando ya el tráiler me había parecido una porquería. Qué puedo decir, a veces la primera impresión es la correcta. El film, si bien no llega a la indignidad total, se queda tan en la periferia de las cosas, que da pena.

¿Dónde está el musical que requería de intérpretes que estuvieran a su altura?

Will Gluck la pifió fiero esta vuelta. Tomó todo lo maravilloso que tenía la obra y lo banalizó hasta volverlo verdaderamente estúpido. Si me preguntan, la intentona de modernizar el contexto, asesinó la película. En el proceso se perdió la emoción real, el contenido sentimental y melodramático que tenía la pieza. Ahora todo parece más berreta, menos amoroso y enfrascado en la desprolijidad como estética imperante. Entiendo que haya que aggiornar el asunto, pero aun así, quiero escuchar voces dignas del musical y ver bailarines haciendo lo suyo, con esa calidad maravillosa de los setenta y los ochenta. Disfruté muchísimo Todos dicen Te Quiero, de Woody Allen, y me alucinó Mamma Mía, pero esto es muy diferente amigos. No podés meterte con un musical como Annie sin que los bailarines levanten la pata como Dios manda y las voces suenen prístinas elevándose por sobre la mediocridad de la vida habitual.

La secuencia en la que las nenas limpian la casa, está tan atrás de aquella maravilla que había hecho Huston con los trapeadores, la escalera y los lampazos en el orfanato, que parece una especie de puesta en escena escolar. Faltan canciones maravillosas como “Tenemos a Annie”, el desarrollo de los personajes secundarios es poco menos que pobre y la subtrama policial y dramática de la cinta, quedó reducida a añicos. El director pretende centrar todo en la relación entre Annie y Stacks (cierto, también cambiaron algunos nombres de personajes), pero falla miserablemente. El vínculo que debe crearse entre ellos, no tiene demasiado tiempo de fructificación y el tipo cae en un sinfín de escenas remanidas y estereotipadas, que no llegan a tender un puente verdadero entre el argumento y la emoción que necesita. La cinta resulta desprovista de ternura, lejana, sobrevolada, casi anecdótica.

Vale sí, destacar las actuaciones de Foxx (Stacks) y Díaz (como Miss Hannigan) que pelan el oficio ganado a pulso de rutilantes estrellas de cine y le inyectan glamour y algunos trucos de magia, a esta melange malograda. Lo demás es olvidable.

Me pregunto qué está pasando que Hollywood está meta y meta sacar refritos de películas. Remakes por aquí, remakes por allá… Algunos piensan que la cosa pasa por el lado del agotamiento de las ideas, pero creo que no va por ahí. Todo el mundo tiene ideas, buenas y malas, todo el tiempo. Yo creo que estos muchachos de la máquina de hacer sueños, con su famoso costado marketinero y hacedor de billetes, nos han tomado el pulso de la desilusión. Quiero decir, cualquier persona que no sea un redomado imbécil, o que no haya ganado la lotería, después de los treinta y pico, anda por la vida con una dosis extra de cinismo en las venas. Un estado, no permanente, pero sí bastante familiar de insatisfacción. Algunos sueños cumplidos, otros no. Algunos amores, algunas decepciones, algunas muertes… Y así vamos por la vida. Algunos seguimos sangrando, otros van revestidos de amianto, adormecidos. Otros la siguen peleando con el último aliento que les queda.

Oh, sí. Creo que esos viejos sabuesos de los conglomerados mega billonarios, huelen a kilómetros nuestra desilusión, nuestro miedo, nuestra mortalidad. Y ahí están, rescatando del olvido esas películas que nos habían hecho creer que el mundo era maravilloso y que nos estaba esperando. Y como saben que somos lo dueños de la guita para pagar entradas, no meten un supositorio de espejismo por el culo. Y allí vamos nosotros, desesperados por esa cosa que nos haga sentir vivos otra vez, esperanzados otra vez, inocentes otra vez, optimistas. Listos para dar pelea de nuevo y volver a la conquista de los sueños.

Algunos se acercan mucho, debo decir. Pero no es el caso de esta remake, que te deja con más ganas de cortarte las venas, que otra cosa. Aun así, no reniego de la tendencia completamente, y siempre que compro una entrada al cine, secretamente ruego que esta vez, esta vez sola, el hechizo resulte y me salve.

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