A Sala Llena

Siempre Alice (Still Alice)

(Estados Unidos, 2014)

Dirección y Guión: Richard Glatzer y Wash Westmoreland. Elenco: Julianne Moore, Alec Baldwin, Kristen Stewart, Kate Bosworth, Hunter Parrish, Seth Gilliam, Stephen Kunken, Erin Darke. Producción: Pamela Koffler, Lex Lutzus y James Brown. Distribuidora: Diamond Films. Duración: 101 minutos.

En reversa.

¡Qué fascinación que tiene la industria cinematográfica norteamericana con los pacientes terminales, los enfermos crónicos, los discapacitados o cualquier doliente que reditúe al momento de construir una determinada estructura melodramática! Más allá del estereotipo de la crítica simplona orientado a levantar el dedo acusador y volver a repetir que todos los años invariablemente contamos con uno o varios “exponentes estrella” del subgénero durante la temporada de premios del mercado anglosajón, sin dudas habría que establecer un criterio cualitativo más lúcido con vistas a distinguir cada caso en particular para de a poco separar la paja del trigo y evitar generalizaciones tan facilistas como la precedente.

A decir verdad uno tiende a recordar los ejemplos más burdos y muchas veces olvida la existencia de propuestas eficaces como Philadelphia (1993) oDespertares (Awakenings, 1990), las cuales hasta cierto punto compensan los clichés derruidos de mamarrachos como Preciosa (Precious, 2009), Mi Nombre es Sam (I Am Sam, 2001) o Una Mente Brillante (A Beautiful Mind, 2001). La obra que hoy nos ocupa, la correcta Siempre Alice (Still Alice, 2014), se ubica en la misma línea del fatalismo práctico de raigambre mainstream de las primeras, sin pretender acercarse a la denuncia de barricada símil El Club de los Desahuciados (Dallas Buyers Club, 2013) o las búsquedas psicológicas a la Spider (2002).

Ya la media hora inicial deja bien en claro la premisa detrás de la trama: Alice Howland (Julianne Moore), una especialista en el campo de la lingüística y madre de tres jóvenes, comienza a sufrir síntomas de un tipo muy raro de Alzheimer hereditario, lo que desemboca en una crisis en su entorno familiar. Por supuesto que la película es por demás deprimente y se necesita de una complexión férrea para recorrer este camino de deterioro progresivo, pero la experiencia tampoco constituye el súmmum de los relatos lacrimógenos y hasta resulta revitalizante porque se juega por el dolor más austero, sobre todo si la comparamos con esa celebración de la estupidez propia del ámbito cinematográfico de nuestros días.

De hecho, el mayor mérito de los directores Richard Glatzer y Wash Westmoreland no pasa tanto por la estrategia de encauzar hacia la sutileza la interpretación de Moore (una actriz maravillosa, dueña de una destreza incandescente), sino más bien por la elección de un tono seco en cuanto al devenir narrativo (deudor de los films independientes de las décadas de los 80 y 90). Asimismo, las actuaciones de Alec Baldwin y Kristen Stewart, como el marido y la hija problemática de la protagonista, ayudan a apuntalar un retrato -tan sereno como crudo- del Alzheimer y la fortaleza anímica para sobrellevarlo, un mal que implica un retroceso cognitivo que destruye lentamente la vida íntima y social de quien lo padece…

calificacion_3

Por Emiliano Fernández

 

El cine incurable.

La etiqueta “telefilm” suele utilizarse peyorativamente para calificar a un largometraje destinado a la pantalla grande, es decir, una película que retóricamente ofrece una estrategia austera en sus modos de fotografiar, encuadrar y exponer una puesta en escena, lo mismo para otros aspectos como la música, la cual suele utilizarse para reforzar estados de ánimo de acuerdo a los momentos de la historia. Generalmente, en la dimensión temática, los “telefilms” fortalecen su razón de ser, es así que las luchas del hombre común ante una situación adversa cobran una superficie magnánima, específicamente las relacionadas con enfermedades terminales o muertes inesperadas de familiares. El objetivo es meramente la exhibición en TV. Todos los casilleros mencionados del formato los tacha Siempre Alice, a excepción del soporte en el que se piensa su proyección, aquí hablamos de cine, a priori.

Sin reparo y sin indulgencias, la historia se amolda al formato telefilm, y así se da rienda suelta a la cabalgata de situaciones esperables en una historia sobre el Alzheimer, una enfermedad que duele más que ninguna en ciertos círculos. La historia se centra en Alice Howland (Julianne Moore), una importante lingüista de la Universidad de Columbia, además madre de tres hijos (todos adultos) y esposa de un importante científico; toda esta presentación se hace en la primera escena, en la que notamos el primer alerta: un pequeño olvido durante un discurso importante. Gradualmente estos descuidos y problemas de memoria se hacen cada vez más frecuentes, hasta diagnosticarse efectivamente la aparición de una etapa temprana del Alzheimer. Instancia en la que nace la negación y, por sobre todo, la idea primaria acerca de perder la identidad, es por eso que Alice dice: “preferiría tener cáncer, al menos no me olvidaría de mis recuerdos”. Alice finalmente encuentra en su hija más rebelde (la única que no decidió estudiar una carrera formal con salida laboral asegurada), el vínculo para sobrellevar su último año antes de “transformarse” en otra persona. Nada, ni por un instante, hace pensar que los dos directores (sí dos, para colmo) tengan en mente salirse de la ruta de los estereotipos ni pasar algún semáforo en rojo de lo políticamente correcto

Solo la sobriedad de Alec Baldwin, en el papel del marido, sopesa la desesperante sobreactuación de Moore, calzada en el traje de “busca Oscar” sin atenuantes ni matices más que el de retratar fidedignamente los sentimientos de una paciente de enfermedad incurable. Para dar cuenta de cómo la mirada de este dúo piensa el cine, por ejemplo, el foco se utiliza solo dramáticamente para mostrar, en modo de subjetiva, cómo Alice pierde su capacidad de recordar: ese es el límite creativo, no hay chances de presenciar un uso de la imagen para simbolizar o construir un sentido más que el de una línea recta, sin segundos planos ni mucho menos sutilezas. Siempre Alice es un ejemplo más de cómo el cine es el medio para reproducir desde una ficción artera “la realidad”, sin importar la posibilidad de utilizar los aspectos de un lenguaje para hacer un objeto artístico, simplemente lo que parece valer es cómo se crea conciencia y cómo los seres humanos, a pesar de las vicisitudes inexplicables de la vida, prevalecemos.

calificacion_2

Por José Tripodero

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