A Sala Llena

Una para soñadores…

Aquí estoy, me vine pa´l pueblo. Ayer, que el clima estuvo maravilloso desde Buenos Aires hasta acá, me lo pasé en la ruta. Y hoy, que tengo todo el tiempo para piletear y tomar solcito, acá hay una tormenta de Padre y Señor Nuestro. ¡Qué lo parió!

Y sí, me tengo que confinar y recluir en la casa de los viejos, a mirar la tele y atiborrarme de comida. Otra no me queda, porque si no entro a desesperar y me quiero volver. Cosa que es de verdad molesta, porque se me ofende todo el mundo. Para rematarla ando medio ñac, con la presión por los talones y la sensibilidad a flor de piel. El pueblo me pone así, medio melanco, medio chiflada, medio aterrada, medio infantil: ¡cachirulísima! Y todo me cuesta un Potosí. Encima empaqué muy mal, como para pasarla en el trópico, y acá está haciendo un fresquete, pero un fresquete… Ojotas, traje de baño, protector solar, sandalias, shorts, remeritas muy despechugadas; de pedo no empaqué el snorkel. Así que ando con ropa medio engendro, que pude recabar: pantalones de botamanga ancha (que me traje para usar con sandalias de plataforma) pero con alpargatas viejas, remerón y sweater de hilo prestado, despeinada, mal dormida, celulítica. ¡Este look no es para pelar traje de baño! Tengo que agarrar algo de color para no parecer una especie de albino mal disfrazado. Pero, acá está encapotado y ya caen las primeras gotitas… Y bué, quevachaché. Habrá que rebuscárselas con la imaginación. Después de todo, uno viene a tomar un poco la teta. Así que, algo habrá para hacer, o para comer, o para leer, o para dormir. Alguien habrá para visitar y caer como peludo de regalo. En algún lado habrá más víveres para saquear.

¡Pero basta de lamentos! Pasemos al tema que nos convoca en esta jornada.

Todo viene a cuento de ayer y mi viaje por ruta. En el auto veníamos tres: mi Chuchi, un amigo que trajo al pueblo y yo. El amigo que vino con nosotros, compañero de colegio internado de mi esposo, ha pasado de tiro al aire, a pastor evangelista, así que la conversación durante el trayecto fue muy, pero muy bizarra. Fuimos de anécdotas tremendas que incluían cuatrerismo, serenatas a señoritas, bromas pesadas a los amigos que terminaban en desmayos e internaciones, autos volcados, choques múltiples y carreras de tractor, a pasajes de la Biblia que venían a cuento de, al parecer, todo. Muy colorido, ¡muy, pero muy colorido! Pero lo mejor fue que a lo largo del viaje, nos encontramos con varias hordas de motociclistas. Se ve que había algún tipo de encuentro, porque realmente vimos muchísimos grupos con motos espectaculares. La mayoría Harley, de todos los tipos y factores. Unas bellezas despampanantes que se te meten por las pupilas y te las tatúan de sol y libertad. Les sacamos unas cuantas fotitos y filmamos un par de videítos para compartir con los tuerca de la familia. De más está decir, que esto también fue un disparador de relatos de lo más variados.

Me crie andando en moto, para bien o para mal. Una de las grandes ventajas de crecer en un pueblo seguro y lejano a las convenciones del mundo. Mi viejo nos compraba motos desde que yo tenía unos doce años. Ya se los he contado mil veces. Así que toda la adolescencia la pasamos en dos ruedas. Y por más que una no sea Valentino Rossi al volante, ese vicio libertario, te queda en la sangre. Nunca se apaga el deseo de volver a tener una motocicleta y salir a la ruta.

Tal vez sea por eso que me enganché tan rápido con Sons of Anarchy y me devoré tres temporadas completitas en cuestión de días.

Para los que todavía no han tenido el gusto, les cuento que este show creado por Kurt Sutter, que sacó al aire FX en el año 2009, la va de un club de motoqueros. Los muchachos, que residen en un pequeño pueblo de Estados Unidos, tienen sendos talleres mecánicos para enmascarar la realidad de sus negocios: el tráfico de armas. Mientras tanto, tácita pero claramente, también ejercen una especie de poder parapolicial, que le garantiza al pueblo la seguridad y el control del delito. Charming, la localidad de ficción al norte del estado de California en el que reinan los muchachos, es un limbo libre de delitos como tráfico de drogas, prostitución, robos y hurtos, gracias a que el Club lo mantiene limpio en connivencia (no tan secreta) con la propia policía. Y es allí, donde este drama que bien ha descripto Cristian Bernard como “El Hamlet sobre ruedas”, va cobrando cuerpo, sofisticación, complejidad, acción y sangre.

Jax Teller (interpretado nada menos que por Charlie Hunnam) es el joven vicepresidente del Club. De linaje puro (hijo de uno de los fundadores e hijastro de otro) ocupa su silla en el consejo por derecho de nacimiento. Pero es justamente contra su padrastro, Clay Morrow (Rom Perlman), quien se casó con su madre después del extraño accidente en el que murió su padre, contra quien se terminará revelando el joven “rider”. Guiado por los viejos diarios de su viejo, Jax comenzará un periplo que, tarde o temprano lo conducirá al poder total, o a la muerte. Y su corazón irá endureciéndose paulatinamente, a medida que vaya descubriendo los secretos enquistados en el matrimonio de su madre, el corazón de su padrastro y la muerte de su padre. Todo esto sazonado, como corresponde, con magníficas travesías en moto, salvajes, indomables y, a menudo, violentas.

Todos los miembros del club tienen su Harley y cada Harley es como una extensión de sus cuerpos. Bien filmada, bien escrita y bien actuada SOA tiene, más que nada, un componente constitutivo trágico, que la vuelve imperdible. Estamos señores, frente a una de las notas más clásicas y magníficas de la escala tonal de nuestro tiempo.

El espectador se encontrará, a medida que se comprometa con las temporadas, un crescendo en la complejidad dramática, la estructura narrativa y el componente de violencia, que irá atenazando su atención e indefectiblemente atizando su apasionamiento.

Es la serie de los soñadores. Los que buscamos incansablemente la libertad, su sentido y su expresión en la belleza.

La serie ahonda en las ideas de convivencia alternativas al sistema imperante, en otras formas de relación con el mundo. Jax Teller es, a la vez, un forajido y un filósofo. Un hombre que sigue buscando la manera de relacionarse con su propia humanidad y su naturaleza, despertando a un estado nuevo de conciencia, que lo lleva a desatar el cambio necesario, mediante los medios que hagan falta.

Pleno de magnetismo sexual y de capacidad reflexiva, este príncipe de acero y asfalto, convulsionará todas las estructuras que lo circundan, con una mirada zagas y potente, y un espíritu indómito solo encausado por su profunda, viva y fogosa inteligencia. Un personaje apasionante, lleno de aristas y matices que hacen promesas que van cumpliéndose con generosa entrega capítulo, tras capítulo.

Los tuercas y los aventureros de mundo, NO PUEDEN PERDÉRSELA.

Aquí cerquita, en el garaje de mis viejos, descansan una Virago 250 y una Café Racer 125 restaurada bellísima, lista para ser montada como Dios manda. Voy a ver si tomo coraje y evito los controles policiales que ahora sí se han vuelto estrictos en el pueblo.

Y, si no puedo, me tiraré de bomba a la pileta como Dios me trajo al mundo, aunque caigan bigornias de punta. Porque, por lo menos algo un poco más drástico que comer alfajores de maicena, tengo que hacer por estos días de bonanza.

Un abrazo para todos los muchachos y especialmente para el enorme Cristian Bernard, GENIO Y FIGURA, que inspiró esta columna con sus reflexiones.

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