A Sala Llena

Una pochoclera…

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Aquí estoy, volviendo de mi pueblo otra vez, en la ruta. Como siempre, vamos escuchando la radio. Noticias, paisaje, gente, un café, algunos dulces, la compu, camiones, el campo,  pueblos que van haciéndose y deshaciéndose en cuestión de segundos. Toda una aventura siempre, vaya uno a saber por qué… Para mí, viajar a mi pueblo siempre es una especie de odisea.  Doy un millón de vueltas a la hora de decidir venir: que la casa, que los gatos, que el laburo, que el clima, que los nervios, que la ruta, que qué pena perderse el fin de semana en Buenos Aires… Cuando al fin me decido, porque los afectos tiran,  pongo en funcionamiento un dispositivo ultra engorroso de viaje que va, desde dejar la casa completamente en orden, hasta preparar todo el equipaje, los víveres y el entretenimiento para el viaje.

Tareas que, quien me conoce personalmente, adivina a contramano con mi personalidad, aún cuando las realizo de manera cuasi impecable en el mayor número de las veces. El hecho de que en esta ocasión me haya olvidado de empacar mis propios calzones, no es un indicativo a tener demasiado en cuenta a la hora de evaluar mi desempeño. Tal vez  hable si, un poco, mi personalidad… (Señoritas circunspectas y célibes abstenerse de hacer comentarios ahora por favor).  Pero, debo decir en mi defensa, que este incidente relacionado con mi ropa interior tiene un amplio justificativo que, por supuesto, tiene que ver con el cine, y de eso quiero hablarles hoy. Porque el viernes pasado me fui a ver Los Vengadores y la cosa arrancó más o menos ahí.

Estaba emperrada con ir a verla el jueves, día en que se estrenó. El asunto fue que no conseguí las entradas que quería, por lo que tuve que quedarme con las ganas. Pero el viernes, aún con el viaje inminente del sábado, decidí que la vería a como diera lugar. Así que a la tarde, saqué las entradas en la función de las 22 del Village Recoleta y me sentí realizada. Aunque llamé temprano ya quedaban pocas localidades.  A pesar de que me ofrecieron la fila tres, no dudé en hacerme con los dos boletitos, aunque me costaran las cervicales y la vista.

A las nueve de la noche, ya estábamos mi chuchi y yo allí, bañaditos, cambiaditos y con las partes entalcadas, retirando nuestras entradas. Después, unos sanguchitos, la fila en el kiosco, el tarro grande de pochoclos y la gaseosa de naranja. Ya estábamos pertrechados. En un abrir y cerrar de ojos, nos ubicamos en las butacas a esperar que la magia comenzara como nos lo habían prometido. Y la magia empezó…

Todo salió a pedir de boca, arrancando por el hecho de que pasaron un millón de tráilers (y eso a mí me fascina), y siguiendo por el sabor y la temperatura de los pochoclos que eran, en una palabra, celestiales. Cuando entró, por fin, en la pantalla el logo de MARVEL, la  excitación me ganó y me sentí una niña otra vez. Solo que ahora, el brazo que agarraba fuertemente, era el de mi hombre y no el de mi padre.

Tal vez lo mejor que tenga le género de superhéroes, sea su capacidad para sacar a la luz las grandes aflicciones y conflictos existenciales de los seres humanos de manera envacelinada y altamente tolerable. No hay niño que haya sufrido la niñez que no se identifique con alguno de los personajes legendarios del comic y, lo que nos ayuda a tolerar la infancia, jamás abandona nuestra alma.

Dentro de nosotros, el código va perdurando y asumiendo nuevas formas. Consumimos versiones más maduras, adultas, oscuras del formato, con la misma avidez con que a corta edad devorábamos las ediciones en papel que llegaban a nuestras manos y se abrían ante nuestros ojos como un tesoro de posibilidades. Nada se vuelve más liberador y poderoso en la vida del adulto que lidia todos los días con mayores o menores grados de impotencia frente a ciertos acontecimientos, que la historia de alguien que lo puede casi todo y que se enfrenta a la incertidumbre y el dilema de la existencia, con capacidades asombrosas que hacen que tenga más chances de pelearla de igual a igual.

Por alguna razón, de chica, me gustaba el Hombre Araña. Recuerdo que, por un breve lapso de tiempo, pusieron a la vuelta de mi casa un local de intercambio y alquiler de revistas. Uno podía llevar su revista vieja y canjearla por una nueva o, mejor, dejar a penas unas monedas y llevarse en alquiler cualquiera de las revistas en stock, con la condición de devolverla al día siguiente y en buen estado. De más está decir que me la pasaba yendo y viniendo del lugar. Andaba con los bolsillos llenos de monedas y recorría la cuadra de vuelta hasta mi casa, con la nariz embutida en la revistita, cruzándome con vecinos que se quedaban si su saludo y después, le daban las quejas a mi padre. Creo que la afición por el muchacho en mallas rojas viene un poco de allí. Era el personaje del que había más historias en el lugar, entonces nunca escaseaban y, generalmente, podías encontrarlo aún cuando por la mañana (momento en que me encontraba en la escuela), los adolescentes del pueblo arrasaran con el lugar, dejando cuatro o cinco números perdidos en las estanterías para los imberbes que pasábamos a la tarde. Era maravilloso. Primero leía y después jugaba recreando en mi cabeza cada palmo de la historieta. El número ridículo de veces que intenté tirar tela de araña desde las muñecas, pensando siempre que, esa vez se me iba a dar, debe superar ampliamente el millar. Y con todos esos recuerdos a cuestas, mas muchos pero muchos más con los que los aburriría redondamente, es imposible no sentirse extrañamente conmovido y excitado, cuando uno de estos films arranca y nos roba la cabeza durante un par de horas, haciéndonos sentir, otra vez, con la vida entera por delante.

Los Vengadores no defrauda. Es una gran película de acción y una buena historia de súper héroes que hace gran hincapié en el humor y que resuelve con la simpleza de los episodios de entrega en papel, otra batalla entre el bien y el mal. Con efectos especiales ultra fabulosos y un guión sencillo pero perfectamente ajustado, Joss Whedon cuenta una historia apoyada en sus protagonistas en los que deposita absolutamente toda la confianza. Este acierto se roba la película. Las interpretaciones de Robert Downey Jr. como Iron Man, Mark Ruffalo como Hulk y Tom Hiddleston como el villano Loki, se desarrollan de manera memorable. Y Gwyneth Paltrow en su maravillosa performance de Pepper Potts merecería una columna aparte. El aporte de ternura, sensualidad, candidez y humor que nos regala, es inolvidable. El elenco femenino, completado por Scarlett Johansson y Cobie Smulders (La bellísima Robin de How I Met your Mother), brilla con intensidad inusitada y le da a la cinta una frescura extremadamente sexy y con muy bajos grados de pose o acartonamiento que, en rigor de verdad, son solo traídos al film por la Johansson, que no sería ella si no los aportara.  De esa manera, nadie te deja con las ganas y salís con todo lo que te habían prometido y mucho más.

El uso de efectos especiales es desbordante, pero no atosiga, la acción es intensa pero da el respiro necesario y el apetito de justicia que suele saciar el género, aunque sea por breves instantes,  queda saciado sin estridencias ni grandes originalidades, pero de manera efectiva. Ni siquiera se extraña demasiado a Natalie Portman, que parece que no arregló y se quedó afuera del elenco.

Qué puedo decir. La cinta encarna por completo ese costado del cine que nos gusta tanto.  Este film, más que nada, entretiene y se levanta portentoso, como uno de esos que hacen que la gente se vaya a dormir con una dosis de adrenalina extra en la sangre y con el buen sabor de boca de sentirse un poco más poderoso. A mí me encantan y si alguien me pregunta, solo le diré lo que no se me caía de la boca esa noche, junto con los pochoclos: “Esto es cine pibe, esto es cine…”

Y los calzones que los empaque Magoya.

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