A Sala Llena

Veladas paquetas…

Miércoles a la noche. Son las 23hs y 20 minutos.  Mi casa está en penumbras y los gatos saltan de las mesas al piso sin emitir un solo sonido. Los almohadones mullidos, con motivos acogedores se desparraman por los sillones y, nosotros, regresamos de ver Medianoche en Paris.  Todavía me acompaña esa emoción melancólica y dulce que envuelve a la película… No prendo demasiadas luces y me siento en la máquina. Tipeo esto sabiendo que será un solo párrafo y, después, me iré a dormir tratando de retener este sentimiento vivo que flota por mi espíritu, burbujeante y dorado. Hasta mañana, cuando despierte y les cuente, lo maravillosa que me resultó esta película. ¡Bonne nuit les enfants!.

Jueves por la mañana. El mate cocido humeante, me entra por la nariz y me entibia el cuerpo. La noche de anoche, me revolotea en la mente, mientras compruebo que mi querido chuchi se terminó las Don Satur  y a penas me dejó las migas. Una mandarina, lectura de mails… Todo eso y la película y toda la velada sigue quedándoseme en el paladar, como un intenso y dulce sabor de boca.

Anoche, cuando mi media naranja regresó de laburar, decidimos emperifollarnos y hacer excursión al cine. Elegimos una función temprana, para que el muchacho pudiera ver (aunque solo fuera) el final del partido de Argentina. Nos abrigamos bien y encaramos para el Patio Bullrich, que ofrecía una proyección a las 20 hs clavadas. Nos venía de perillas y, para rematarla, nos ponía de un humor como quien dice, “paquete”. Nos envolvimos en sendas bufandas y salimos con el tiempo justo, lidiando con el tráfico endemoniado de libertador, que parecía haberse enroscado a propósito y que nos puso verdaderamente nerviosos. Con ayuda de la suerte, llegamos a tiempo y nos ubicamos cómodamente, en una de las filas de atrás, al lado de dos señoras muy charlatanas, que dejaron sus abrigos de piel colgando de las butacas. Ya con el primer cuadro de la película, nos tomamos de las manos y nos revolvimos en nuestros asientos regodeándonos en esa sensación intoxicante de expectativa, que genera la promesa de una buena película.

La película no es una de esas obras “bisagra” de la cinematografía mundial ni pretende serlo. De alguna manera, el cine de Woody, aún con su neurosis hiperdesarrolada y su medio grado de pomposidad, jamás apuntó para ese lado y es por eso, que lo amamos tanto.

Yo tengo una debilidad marcada por el cine de Allen, por lo que muchos pueden acusarme no sin razón, de no ser demasiado objetiva cuando se trata de él. Pero me aventuro a decir casi sin miedo, que este no es el caso. La película es maravillosa.

Es verdad que en los últimos tiempos (y desde que emigró de su ciudad fetiche), la obra de este director neoyorkino, parecía haber perdido cierto ápice de magia, cierto “filo dorado”, algo que se traducía en una especie de incomodidad, de contenido volátil desprovisto de identidad. La propia Match Point, aún siendo un film excelente como fue, no parecía del todo del riñón de Allen. Daba la impresión que el tipo estaba atravesando una especie de “edad del pavo” como director. Aun en Vicky Cristina Barcelona, no lograba eso que le es tan inherente, tan propio, como el hecho de volver a la ciudad un personaje casi de carne. Lo intentaba, lo recontra intentaba, retrató Londres y Barcelona de manera bellísima, pero parecía que no podía lograr que las postales cobraran vida y se tornaran personajes, como podía fácilmente hacerlo, con la ya curtida New York.

Qué puedo decir muchachos, todo aquello quedó atrás… París se volvió materia móvil, se volvió un personaje soberbio, vivo, real, consiente, lleno de infinidad de facetas y aristas, y provisto de un carácter ilusionado, profundo e increíblemente hechizado. La fotografía de Darius khondji, muy dorada, sepiada, casi de “hora mágica” permanente, contribuye a darle a todo un matiz onírico, como le gusta a Woody, y casi arrastra el recuerdo de Dulce y Melancólico o de Días de Radio.  El vestuario, la música, el ritmo y el clima dramático, sumergen al espectador en una nube dorada, llena de posibilidades, bien emparentada con los cuentos de hadas y que vuelve a abrevar en la idea narrativa que gobernaba Alice y La Rosa Púrpura del Cairo, films que se definen totalmente “Allenianos” y que gozan de un lenguaje absolutamente puro y sin filtraciones. La película es una experiencia multisensorial. La música se te va metiendo por los oídos de manera natural, un poco burbujeante y alegre; la luz sensual va despertando apetitos dormidos, flota en el aire un olor a vino tinto, a comida deliciosa, a tabaco, a noche llena de misterios y de derroche de fluidos y de besos. Es voluptuosa, cariñosa, opulenta pero sin estridencias, sensible, carismática, neurótica, joven pero no adolescente… Algo así como una treintañera que está a punto caramelo. 

Por fin Woody encontró un alter ego a su altura. Owen Wilson, en la piel de este guionista romántico y obsesionado con los años veinte, es sin lugar a dudas la  mejor de las elecciones del director, desde que decidió desdoblarse. Me atrevo a decir, que podría convertirse cómodamente en actor fetiche. Wilson es profundamente sensible, dulce, inteligente, inseguro, gracioso y tierno. De una complejidad accesible y cercana, hace que el espectador lo comprenda, se identifique y, finalmente, lo ame. Además, es un hombre espectacularmente seductor, lo que le agrega un plus inesperado a la fórmula.

El casting completo es un acierto. Gracias a Marion Cotillard y hasta a Michael Sheen, pasando por Rachel Mc.Adams y la monumental Kathy Bates, la coralidad de la historia toma una robustez significativa, que lo tiñe todo de calidad, placer y arte. No hay escena que no sea, simplemente, perfecta.  Cabe destacar las actuaciones de Alison Pill como Zelda Fitzgerald y del virtuosito Adrian Brody como Dalí. 

Con la música del legendario Cole Porter flotando en el ambiente, fuimos testigos de los devaneos de Hemingway, de Picasso, de Scott Fitzgerald, de Buñuel  y de Man Ray, mientras pululábamos por la Paris efervescente de los veinte,  cuya sangre era bombeada al ritmo del pulso más creativo y vanguardista del siglo pasado. Todos, igual que el personaje de Wilson, nos hubiéramos dejado tentar por la idea de quedarnos a vivir allí, aunque solo fuera por un instante fugaz. Es que el poder arrollador que parece manar de la presencia inequívoca del talento, nos hace sentir que, tal vez, algo de todo eso se nos pegue y podamos hacer algo descollante, llamativo, vivo, nuevo y lleno de futuro. Olvidamos nuestra condición de simples mortales y creemos que podemos encarnar lo mejor y lo más depurado y divino del espíritu humano. Debo confesar, que si hay algo que sentí de manera real con respecto de las peripecias que atraviesa Gil (Wilson), fue envidia. La idea de poder escribir rodeada de semejantes tipos y de semejante atmósfera… Sería increíble. Haber estado allí de hecho, debe haberse sentido alucinante.

Quienes hemos estado alguna vez en Paris, para nuestra buena estrella, sabemos lo que esa ciudad le hace al alma. Sobre todo, cuando tenemos delirios artísticos. Te la estira, te la hincha, te la lleva al límite de la sensibilidad, de la maravilla y del miedo y la ciudad se te vuelve alma de manera tan veloz, que parece que por alguna razón, siempre le perteneciste y jamás te fuiste. Es casi como volver a casa, pero a una casa esquiva y llena de recovecos desconocidos. Todo es familiar y a la vez extraño y estimulante, todo es bello y a la vez necrológico y perturbador. La seducción permanente, el olor de los bistró, el pan, el queso, los museos, el Sena, las catedrales, las librerías, las mujeres hermosas, las catacumbas, las escalinatas, las casas de moda, el metro, los cabarets, las flores… todo se te vuelve carne de manera vertiginosa y, desde que das el primer paso fuera de la ciudad, sentís la nostalgia mas grande, más rara y más antigua; querés regresar. Allen logra retratar esto sin lugares comunes y siempre fiel al mejor lado de su estilo.

Mi esposo y yo amamos Paris. Así que, cuando terminó la película, los dos estábamos medio sonriendo y medio con los ojos húmedos, tomados de la mano y reconociendo nuevamente toda esa sarta de sentimientos que se te quedan para siempre en la esencia, en la mente, en la piel. Es que Paris es, sin duda alguna, la coprotagonista real de la historia. Yo hasta llorisqueé un poco de añoranza y de placer.  Entonces, tomaditos de la mano, salimos del cine, enfilamos para el barrio y nos bajamos en la Imprenta. Subimos a la Stampa, pedimos dos platos de fideos con pomodoro e basilico y nos sentamos uno al lado del otro,  a mirar el partido con esa tibieza propia de las noches futboleras, que parecen espantar a la muerte. Había poca gente y el restaurante estaba a media luz. Todavía no nos recuperábamos del todo del espíritu de la película, así que brindamos chocando las copas y a los besos.

Cuando salimos a la calle, el puesto de flores de la Imprenta parecía más vivo y colorido que nunca. El gordo se quedó parado un rato, respirando el aroma de la ciudad.

_ Buenos Aires también es increíble_ dijo el Bebi, mirando la calle interminable_ Si_ le dije_. El viejo tendría que venirse a filmar acá…

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