A Sala Llena

Viggo y Ana tienen un buen plan…

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Es la una de la mañana. El miércoles recién comienza y yo estoy arrancando la escritura de esta columna, tarde. Es que, verán, quería ver Todos Tenemos un Plan y compartir mis impresiones con ustedes, pero el lunes estuve filmando hasta pasada la medianoche y el martes, que acaba de terminar, lo dormí prácticamente entero, en un intento por recuperarme física y emocionalmente. A eso de las diez de la noche, cuando por fin decidí salir de la joggineta que arrastraba desde la cama, mi hombre y yo nos mandamos al Multiplex de Belgrano y, emponchados exageradamente, entramos a la función. No había nadie en la sala todavía, así que nos ubicamos bien. A medida que fue llegando la gente, nos fuimos acovachando más y más en la butaca, disfrutando de los aromas del ritual, mientras comíamos maní con chocolate y bocaditos Holanda. Todos se fueron sentando sin hacer ruido y, una vez comenzada la película, no voló una sola mosca hasta que volvieron a encenderse las luces. Qué puedo decirles, la cinta es una joya… Pero por ahora no adelanto más nada, el sueño me está venciendo nuevamente, así que, trataré de seguir por la mañana. Eso sí, estoy profundamente conmovida y quiero transmitir a mansalva, mi emoción.

La película es pequeña, oscura, grave, y me gusta la forma en que desde el comienzo, engancha al espectador y lo agarra del estómago. El misterio no es grande, pero es verdadero y, sobre todo, humano. Es silenciosa, perturbadora, concentrada, profundamente enraizada en los personajes, que llevan a cabo sus gestiones casi murmurando y embutidos en el paisaje, convirtiéndola en lo que parece ser una suerte de “retrato de especie”. Bien fotografiada, bien encuadrada y bien montada, este thriller encaja en su género de manera perfecta y sin pretensiones rimbombantes. Para los bichos como yo, obsesionados con la actuación cinematográfica, la cinta tiene tela para cortar y mucha. De movida, Viggo haciendo su doble faena, alcanza para una columna completa y, si tenemos en cuenta el fanatismo que le profeso desde American Yakuza, nos será fácil concluir que puedo peroratear largo y tendido, a cerca de quien otrora fuera nada menos que el Rey de Gondor.

Viggo está en la categoría de actores que, debo decir, me resulta más conmovedora y es la de los tipos que, sin ser un derroche de recursos, se construyen a sí mismos de manera consciente pero, a la vez, profundamente intuitiva. Este comportamiento, de una inteligencia resonante y honda, redunda en actuaciones absolutamente encarnadas y vivas. Existe una relación estrecha entre la cámara y él. El tipo conoce los secretos de ese puente misterioso que se tiende entre la performance del actor, y el ojo poderoso de la lente. Eso, queridos amigos, es algo que se parece mucho a un tesoro.  Con el tiempo, se ha consolidado de manera permanente, dentro del firmamento de estrellas cinematográficas, aportando un estilo sutil, limpio, claro y sincero, que ha logrado conmover de manera benévola al espectador, dándole respiro, pero a la vez atenazando su atención en forma irreversible. Viggo es GRANDE. Ha ido conformándose desde abajo, con paso fuerte y seguro, y sin echar mano de chicanas molestas y espectáculos innecesarios. Su nivel de compromiso es verdadero y se renueva a cada instante. Y eso, es tan imprescindible como invaluable, en esa hora rara y exótica, que se les presenta a muy pocos: la peculiar transformación de un actor, en artista.

Quien ha estado en presencia a una cámara de cine alguna vez, sabe que actuar frente a ella es un trabajo que, sobre todo, se apoya en las minucias. Así, lo que al ser humano a simple vista le resulta natural, cotidiano y casi insignificante, rebotando en la cámara puede terminar enorme, exagerado, obsceno y hasta ridículo. Viggo tiene el pulso de este fenómeno bien medido y eso lo ayuda a construir personajes provistos de un buen grado de misterio y complejidad. Tal vez en este caso, sea su Pedro, quien esté mejor apoyado en este talento suyo, aún cuando Agustín es quien se carga la acción al hombro. Pero por esas cosas de la magia que tienen los “tocados” como él, Agustín conmueve y va abriéndose camino a través de muchas cosas, entre ellas, la salvaje y potente presencia de su hermano en el relato.

Todos sabemos que la película la va del asunto de la sustitución de identidades, así que no le cago la vida a nadie cuando digo que, un hermano, Agustín, se mete en la piel de otro, Pedro, y esto le trae una serie de consecuencias definitivas a su vida. Todo conjugado con las gestiones de un personaje bien malandra, encarnado por Daniel Fanego (en una gran interpretación), una Rosa nueva, joven y pura, digna del amor y del rescate (Sofía Gala Castiglione) y una esposa bellísima y dulce (Villamil) que, a simple vista jamás pudriría a nadie pero que, a Agustín, le tiene las bolas bien rotas, junto con toda su vida. Esta gente se trenza en una historia trágica, que vuelve a recortarlos y a trasladarlos del fondo en el que han estado pegados. Todos se encuentran en la bisagra de sus vidas, algunos cerca de la muerte, otros cerca del renacimiento. Pero lo bueno de esta historia de pocos personajes, es que no quedan cabos sueltos. Los protagonistas tienen una operativa pequeña pero deslumbrante, y quedan resueltos de manera remarcablemente justa y cristalina.

Hay un gran cuidado del detalle y la simbología dentro de la película, ningún tango suena a al azar, ningún libro que se lee es casual y el sonido, en un todo minimalista, contribuye de manera eficaz a la construcción acabada de este universo que parece estar atrapado en una especie de burbuja, que casi neutraliza el afuera. La directora logra moldear redonda y exitosamente, la moral de la película, casi sin errores. Tal vez, hilando fino, solo la escena final se haya excedido un poco. Es en el único momento en que el texto se percibe sobrante y algo desmedido. La misma escena, en silencio total, hubiera sido perfecta. Pero, quién quiere lo perfecto, cuando lo bueno es tan bueno. Y esta película, mis queridísimos amigos, es muy buena. Viggo en la foto grande y Fanego en la chica, la llevan adelante elegante y sutilmente, entregándonos un destello brillante y genuino, que pone al cine argentino en una categoría diferente. Es MARAVILLOSA y puedo decir sin una chispa de culpa que, en el final me sentí tan envidiosa de la directora, como emocionada y presa de la película.

Ana querida, me gustaría tomar mate con vos, tranzarte el pelo y ser tu amiga.

Cuando encendieron las luces, una tilinga que se había sentado atrás pidió que alguien le explicara qué había pasado. Algunos se rieron, otros se levantaron y se fueron y una chica que estaba sentada adelante mío y yo, nos pusimos a aplaudir. Mi esposo se quedó sentado un buen rato mirando para adelante y, con esos ojos claros medio sonrientes que tiene, me preguntó qué me había parecido. Con algo muy parecido a un nudo en la garganta, le contesté que me encantaba y que creía que este “plan” de Viggo y Ana, funcionaba casi a la perfección.

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