A Sala Llena

Vivir al Limite, Según Rodolfo Weisskirch

Hace dos años tuve el beneplácito de asistir a la función de apertura del 23º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, donde se exhibió Vivir al Límite, con la presencia de Kathryn Bigelow, su hermosa directora. La película venía de haber ganado varios premios en Venecia y empezaba a tener un interesante recorrido por festivales internacionales, pero no había encontrado, hasta el momento un distribuidor dentro de los Estados Unidos para estrenarla comercialmente.

 

Esta ironía, permitió que debamos estar hablando de la película ahora, y no hace un año. Llámenme visionario o simplemente un cinéfilo experimentado, pero ni bien terminó la proyección sabía que tanto la película como su directora, y su protagonista (James Renner) estarían nominados al Oscar con todas las cartas a favor.

Definitivamente no soy adivino. 

Vivir al Límite es un relato soberbio, atrapante, potente, intenso. Tuve una ola de sensaciones encontradas, cuando terminó dicha función. Una apertura más que digna. Todavía sentía la adrenalina de la guerra en mis venas, días después de asistir a tal evento.

 

Decidí volver a mirar la película antes de su estreno comercial local, para brindar a esta crítica una visión más contemporánea y probarme a mi mismo, si dichas sensaciones habían estado relacionadas con el contexto en que miraba la obra, tras un día de muchas corridas y emociones en el Festival (hacía dos horas había estado a metros de la Presidenta de la Nación) o si realmente, la película misma tenía esa potencia contagiosa, que al salir de la sala, sentís esa necesidad de acción por la que pasa el protagonista.

 

La primera impresión no fue errónea, Vivir al Límite, es adrenalina pura. Pero más allá de eso, se trata de una película con una meticulosa puesta en escena. No voy a repetir su argumento, ni hablar de los aspectos que ya han comentado mis colegas de forma tan completa y soberbia.  Pero en esta segunda mirada, me he dado cuenta que el punto de vista de la cámara nunca es arbitrario ni invisible, como sí lo son la mayoría de las películas bélicas, y por supuesto un 90% del cine estadounidense. 

 

Bigelow encara la película desde puntos de vista estratégicos, militares. Ya sean planos muy cortos, como la de compañeros de batallas, pegados unos a los otros, como de francotiradores espiando desde edificios aledaños. En cierta forma, no sería muy alejado definir, que el 80 % de los planos parecen subjetivas o falsas subjetivas.

 

Y lo más interesante, que ha generado debate, es donde se ubica la directora a nivel ideológico. Bigelow decide no ceder ante los típicos panfletos moralistas anti o pre belicistas. No se trata a los árabes como “víctimas” del ejército estadounidense, lo cuál se podría llegar a ver como una visión xenófoba, sino fuera, que es sabido que los hombres bombas, existen realmente, pero tampoco como “enemigos”. Son vecinos, implicados en la guerra atacando a los soldados, esto no los convierte en los “malos” sino en otro tipo de soldados. A medida que avanza el relato se irá viendo, que el antagonista es invisible. Es un cuerpo, un tirador, un punto a la distancia. El verdadero antagonista de nuestro antihéroes es la adicción a la violencia y a la guerra. El hecho de “buscar un enemigo” es lo que “mueve” a este grupo de soldados, que no se satisfacen con desarmar bombas y vivir como si no hubiese un mañana.

 

Detrás del aspecto frenético, detrás del thriller y la tensión manejadas con un pulso de hierro, ayudadas por elementos extranarrativos como la excepcional fotografía, la edición, la banda sonora, el meticuloso uso de efectos de sonido y visuales que, en ningún momento son demasiado excesivos para sobresalir, sino que acompañan fielmente a lo “que” se quiere contar, detrás de todo eso, se encuentra un análisis psicológico sobre el estado mental del soldado, de vivir pendiente de un movimiento, de un paso, del cruce de palabra con un campesino, de la fauna, del viento, y el aire. La paranoia, la necesidad de luchar, aunque sea con el compañero de habitación, de jugar un video juego violento. Sin caer en debates misóginos, Bigelow demuestra que a pesar de lo que aparentan ser, estos soldados, son hombres “normales”, tienen familias en las que pensar, tienen metas, tienen sueños, son torpes, tienen miedo, dudas morales.

 

En medio de tales reflexiones, en los tiempos muertos, donde lo único que los protagonistas deben hacer, es al igual que en Soldado Anónimo de Sam Mendes, esperar a que salga la próxima misión, nunca decae el ritmo o el interés de espectador.

 

Estéticamente se trata de un film crudo, y real, con referencias más al documental que al video clip o la publicidad, que suelen hacer los hermanos Scott. O sea, sin duda, no tiene la iconografía fashion, y explosiones realentadas y exageradas de La Caída del Halcón Negro. En este sentido hay mayores similitudes con la película argentina Iraquí Short Movies de Mauro Andrezzi.

 

La estructura de Vivir al Límite no es convencional. No hay una meta final, aunque sí bastantes simetrías clásicas.

 

Bigelow acierta en elegir un elenco tan desconocido como extraordinario y de pocas pretensiones. No solamente, por la calidad de las interpretaciones (el trío Jeremy Renner, Anthony Mackie, Brian Geraghty) sino como bien dijo ella, esto provoca, que el espectador nunca sepa quien va a sobrevivir o quien no. Este recurso introducido por el maestro del suspenso Alfred Hitchcock en Psicosis o Wes Craven, en Scream, sirve para acrecentar el carácter de sorpresas que surgen minuto a minuto. Es realmente imposible imaginar lo que va a suceder de una escena a la siguiente.

 

Lo cierto es que a medida que avanza la película, se empieza a parecer como viaje a los lugares más oscuros del alma humana: ya no impactan tanto las escenas de acción en sí, sino las decisiones de los protagonistas. En este sentido guarda similitudes (inclusive visuales) a películas bélicas como Pelotón, Apocalipsis Now, Nacido para Matar o Pecados de Guerra.

 

Con respecto a las películas sobre la guerra de Irak, podríamos trazar similitudes con Red de Mentiras (en realidad fueron filmadas al mismo tiempo) y especialmente con la subvalorada Redacted de Brian De Palma (en la misma línea que Pecados…), aunque mientras que De Palma es juez y verdugo de los soldados, Bigelow decide no tomar un posición política, sino tener en consideración el factor humano, quizás poner ciertas esperanzas en algunos soldados, y que el juicio lo saque el espectador.

 

Decidir posar sobre un escuadrón antibombas el relato es refrescante y riesgoso, mas no novedoso. En 1959, Robert Aldrich, realizó Diez Segundos al Infierno con Jack Palance, donde un comando debía desactivar las bombas que no explotaron durante la Segunda Guerra Mundial en Alemania. En dicha película también se analizaban los traumas los soldados, desde un punto de vista depresivo, solitario, psicológico.

 

La guerra como una droga que no se puede dejar. El suicidio no es una opción, sino una meta inconsciente. Se puede decir, que la diferencia entre aquellos que se inmolan con fines “religiosos” y los desarmadores de bomba que arriesgan su pellejo, pero a la vez disfrutan lo que esa tensión les genera, se da en la medida de la conciencia que cada uno tiene, de que su “misión” lo llevará indefectiblemente a la muerte.

 

El teniente Will James al final, parece saber lo mismo que el personaje de Woody Harrelson en Tierra de Zombies: si uno es bueno para algo, lo sabe y lo disfruta, debe seguir haciéndolo, sin importar que su vida corra peligro, o lo que piensen sus familiares y amigos. Esa es la adicción a la violencia a la que remite Bigelow.

 

Vivir al Límite tiene lo mejor del género bélico (incluso comparable con Rescatando al Solado Ryan), cuotas de suspenso y tensión soberbias, escenas de acción magistralmente planteadas y llevadas a cabo, un elenco excelente interpretando personajes creíbles y complejos. Puede ser que algunos diálogos sean un poco obvios y subrayados, pero no se puede pedir la perfección en una obra tan completa.

 

Esta segunda mirada me da pie a volver a resaltar, aquello que tanto me había gustado la primera vez que la vi. Y aunque no me sorprendí de los giros narrativos (el factor sorpresa es fundamental para seguir atrapado) a la salida, volví a  sentir esa emoción y adrenalina en la sangre. Un triunfo para Bigelow, una directora excepcional. Esperemos que el próximo 7 de Marzo, se haga justicia, y la Academia de Hollywood premie esta obra personal, que empezó de forma muy independiente y terminó a lo grande.

 

Es hora de despojar al rey (irónicamente, su ex marido) del trono, que la reina asuma su posición y se terminen los prejuicios e hipocresías.

 

 

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