A Sala Llena

Voyage of Time

No quedan directores como Malick que, desde una de las industrias más grandes del planeta, filmen a lo largo de casi seis décadas siempre interesados en los mismos temas, siempre con una idea fija o dos. Malick filma como lo haría un filósofo, las imágenes y las historias son siempre el soporte de una reflexión que los excede. La guerra, la pareja, la exploración o la paternidad, todo es ocasión para la formulación de algo que los trasciende (ese es el sentido del “trascendentalismo” que se le adjudica con frecuencia, y no el hecho de que sus películas traten de “grandes temas”). Malick empezó Voyage of Time en los 70, lo abandonó y volvió al proyecto años después. Es, hasta la fecha, su película más segura, en la que se lo nota más cómodo. Voyage of Time trata del surgimiento, el desarrollo y el fin del universo, de los planetas y la vida, del cosmos. ¿Cuántos directores en actividad pueden siquiera pensar en atreverse a filmar una película así sin caer en el ridículo? Es cierto, a veces las historias de Malick aparecen afectadas de una solemnidad marmórea, las ambiciones le ganan la pulseada al cine y el director despierta en nosotros sentimientos a lo Carlos Boyero. Sí, a veces Malick es medio un pesado, tanto detrás de una cámara como lejos de ella, como lo prueba el aura que lo rodea del creador difícil, recluido e inaccesible que solo ocasionalmente da (o daba) entrevistas y que, por contagio, es inseparable del misterio que rodea a cada una de sus películas.

Subida hace poco a la plataforma Mubi, Voyage of Time, filmada con tecnología IMAX en todo tipo de locaciones alrededor del planeta, acuáticas o aéreas, en desiertos o selvas tropicales, tiene la escala que el director necesita para hablar libremente de las cosas que más le interesan: la vida, el universo, los intercambios entre seres. Las imágenes tienen un preciosismo que resulta evidente incluso en un televisor (solo nos queda imaginar cómo será ver Voyage of Time en una pantalla IMAX). Sin embargo, lo haya previsto o no, en Voyage of Time Malick pega la vuelta al cuentakilómetros. Lo cierto es que a fuerza de filmar planetas, ecosistemas y animalitos, siempre bajo una atmósfera que tiene algo de poesía y algo de perplejidad, con sus planos obtenidos a veces dificultosamente (y otras retocados con la ayuda visible de la digitalidad), la película termina adoptando los aires de un documental en la naturaleza de alguna cadena dedicada a esos menesteres. Si no fuera por las intervenciones graves de la voz en off de Brad Pitt, y descontando el tono algo pomposo habitual, en pocos minutos no podríamos distinguir qué estamos viendo, si una de Malick o un viejo documental de animales de Disney o de Nat Geo. Y eso no es algo malo, solo revela que tal vez el documental bien pudo haber sido el formato cuyas bondades Malick siempre buscó en el barro de la ficción, modelando los hombres y los conflictos que debían comunicar problemas cuyo espesor los desbordaba. De todas formas, esta no parece haber sido la opinión del propio Malick, que después de Voyage of Time filmó tres películas más, todas ficciones. Tal vez allí haya alguna especie de lucha (struggle) creativa, una imagen romántica del artista batiéndose con sus materiales que resulte más productiva que las comodidades provista por el documental, donde curiosamente, contra lo que dicta la intuición, todo parece más accesible y la escala no-humana facilita las cosas.

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Estados Unidos, 2016)

Guion, dirección: Terrence Malick. Voz: Brad Pitt. Duración: 44 minutos.

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