A Sala Llena

Wakolda, según Elena Marina D’Aquila

Un Mengele que no duele.

Lucía Puenzo contaba con un personaje tan tétrico como real esperando para convertirse en el mejor villano del año en la pantalla grande. Con todo el contexto histórico y macabro que rodea su figura, sumado a los paisajes de Bariloche, las locaciones que generan cierto clima siniestro, y un elenco estelar, tenía todas las de ganar. Parecía que nada podía salir mal.  Sin embargo, hay varias películas dentro de la película resultante. Está la historia de las muñecas, las subtramas que se multiplican, y tenemos la historia central que sería el vínculo entre Mengele y Lilith, aunque luego se abandona para centrarse en otra de las subtramas, y luego en otra y así sucesivamente, pero sin llegar a profundizar o a desarrollar ninguna de ellas.

Si ya existe un monstruo por demás siniestro anclado en la historia, ¿para qué desviar toda esa morbosidad hacia el elemento de las muñecas? Si bien agregan un matiz escalofriante, y en la fábrica donde se producen Puenzo logra crear planos de una perturbación placentera, da la sensación de que eso forma parte de otra película, de otra historia que no tiene nada que ver con Mengele. Semejante criminal de guerra, torturador y asesino, queda totalmente desaprovechado e incluso tratado superficialmente y con una liviandad tan o más escalofriante que los planos de la fábrica de muñecas.

Lo que pasa con Wakolda es que no tiene un punto de vista marcado ni definido y no elige a su protagonista, sino que se desvía constantemente, y en ese esquivarlo, lo descuida y toma distancia, como si en el fondo no quisiera mostrar su verdadera esencia, o le tuviera miedo. Hay una inconsistencia a la hora de explorar su mente, los experimentos terroríficos que realizó durante el nazismo y a posteriori. La película no hace ningún tipo de crítica o reflexión sobre el paso de un criminal de guerra por nuestro país, ni siquiera ubica al espectador temporalmente, omitiendo referencias al año en el que se sitúa el grave hecho.  Lo cierto es que Lucía Puenzo muestra a un Mengele más tirando a fugitivo bienintencionado que es perseguido y solamente desea ayudar a esta nena con problemas de crecimiento y recién hacia el final aparece su lado siniestro, aunque tímidamente. Esa es la escena del nacimiento de los gemelos. Y lo que la película muestra que hace con ellos es lo siguiente: a uno le da la cantidad de leche que necesita y al otro más agua que leche, lo que sería darle a uno el huevo Kinder completo y al otro sacarle la sorpresa.

Seamos honestos; éste es el mismo Dr. Mengele que se ganaba a los niños con caramelos y que hacía cosas como  -y cito Wikipedia- “…por ejemplo, intentos de cambiar el color de los ojos mediante la inyección de sustancias químicas en los ojos de niños, amputaciones diversas y otras cirugías brutales y, documentado al menos en una ocasión, un intento de crear siameses artificialmente mediante la unión de venas de hermanos gemelos (la operación fue un fracaso y el único resultado fue que las manos de los niños se infectaron gravemente). Las personas objeto de los experimentos de Mengele, en caso de sobrevivir, fueron casi siempre asesinadas para su posterior disección. Muchas veces, en los vagones en que se traía a los condenados quedaban cadáveres de madres con sus hijos aún vivos en brazos. Mengele ordenaba lanzar esas criaturas directamente al horno de la lavandería, para que sirvieran de combustible…”

De aquél Mengele, del verdadero monstruo sin escrúpulos ni remordimiento, no vemos nada. Wakolda es en cierto aspecto una obra vergonzosamente impune en la omisión de los hechos claves que hacen a la esencia de lo que fue e hizo Mengele. Hablamos de una película que termina siendo un pastiche de ficciones que no aportan nada y que desdibujan al verdadero médico criminal de guerra que no sólo escapó impune sino que murió en la libertad que les fue negada a sus víctimas de corta edad.

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