A Sala Llena

XXI Festival Santiago a Mil de Chile : Prometeo- El origen

Dramaturgia y dirección: Ramón Griffero. Diseño integral: Javiera Torres. Música: Alejandro Miranda. Iluminación: Sergio Armstrong y Javier Salamanca. Maquillaje y caracterización: Gabriela Arévalo. Elenco: Paulina Urrutia, Taira Court, Antonia Zegers, Manuela Oyarzún, Juan Pablo Peragallo, Danny González y Omar Morán. Prensa: Pilar Subriabe.

Basada en el mito de Prometeo y la tragedia del mismo nombre de Esquilo (467 AC), esta adaptación es realizada por un dramaturgo chileno, Ramón Griffero, de bastante trayectoria, conocido como uno de los creadores teatrales más originales de su entorno y relacionado a un concepto propio que dio en denominarse: “poética del espacio”. Todo lo cual explica que a veces ni trayectoria ni talento aseguran la imposibilidad de una equivocación.

En la mitología griega, Prometeo es el Titán amigo de los mortales, honrado principalmente por robar el fuego de los dioses para dárselo a los hombres con lo que les otorgaba sabiduría, inteligencia, poder y soberanía ante la naturaleza; dando así nacimiento a la civilización. Por esta acción es castigado por Zeus, dios de los dioses, quien dictamina que se lo ate a una roca y se deje que un águila le coma el hígado, una y otra vez.

El relato de esta adaptación de Griffero, surge a partir del regalo que recibe una actriz por parte de sus compañeros. Es un libro grande y muy antiguo que cuando la joven abre, emite una luz roja en forma de vieja hacha, como en las películas de El señor de los anillos. La mística que ya se desprende de esta acción efectista provoca la sensación de que todo lo que vendrá podría ser excelente o todo lo contrario.

En la dramaturgia se registra el conocimiento de alguien con altos estudios y talento para la escritura teatral. Pero que no logra amalgamar sus ideas en un hilo conductor sólido y sobretodo a través de una puesta en escena que transmita su capacidad. El texto contiene dos cosas diferentes. Por un lado la idea ya bastante vista, del teatro dentro del teatro, por la cual los ensayos de un grupo de actores, los induce a leer, adentrarse y convertirse así en los personajes de la obra. Y por el otro, la mezcla de los textos originales de Esquilo con los propios del dramaturgo chileno, sobre el origen de todas las cosas: del universo, de la humanidad y sus posibles errores o aciertos. Textos de temática metafísica y compleja que repentinamente se relacionan con los problemas del mundo de hoy, quedando el mito como motivo generador de la totalidad de las cosas. Pero sin que ninguna de ellas realice una relectura actual clara del mismo.

A pesar de esta granada de posibilidades capaces de rizomar para cualquier lado, un crítico con el ojo agudo que pudiera separar el contenido del texto, del formato en el que llega a nosotros, es decir, del trabajo actoral y la puesta en escena, podría argumentar que tanto la idea e incluso la dramaturgia tenían chances de lograr algo bueno. Pero “teatro” no es sinónimo de literatura dramática, el teatro no es literatura sino un arte escénica. Allí en el espacio, en donde cada palabra llega con sonido y todos sus ecos a nuestras almas, los valores de un buen texto pueden desvanecerse por completo mediante una dirección desarticulada, una mala actuación y una puesta en escena que no parece pertenecer al lenguaje de la generación del dramaturgo. Una puesta plástica que no se condice con los valores estéticos que el texto parece buscar promover.

A menos que se esté trabajando la parodia, en los tiempos que corren una declamación como la que se erguía en el espacio escénico, entre Neon azul y pantalones chupines, resulta poco menos que insólita, en casi cualquier estética. La obra mezcla dos tiempos diferentes: los muy lejanos a nosotros, los de Prometeo, y el actual de los actores. Sin embargo cuando los intérpretes cambiaban los ropajes de uno a otro, esta declamación y recitado no se modificaban, impidiendo la diferenciación, incluso, por parte del público, respecto de cada tiempo. Lo que naturalmente provocaba gran confusión en algo tan básico como la sinopsis. A tal punto esta declamación era exagerada que cuando de la nada, los actores aparecían cantando y bailando provocaban un cierto respiro al oído. Pero estas canciones no se encontraban amalgamadas en la obra. Dando la impresión de que habíamos cambiado en un instante de sala, de obra y de director.

En los momentos en los que se representa el tiempo de Prometeo, la actuación, la puesta en escena y concepción general es anquilosada, gravemente recitada, promoviendo el lado menos feliz de lo que es antiguo. Y cuando se vuelve a los tiempos actuales imperan la superficialidad y la liviandad tanto en texto como en forma. La forma con la que por ejemplo mueven sus cuerpos los actores, como Paulina Urrutia, que no puede avanzar sin bailar, elevando sus brazos en el aire de forma repetida siempre que emite la palabra y torciendo a la par la cintura como si estuviera en un ballet.

Son valorables la escenografía y el vestuario pero no la iluminación y tampoco el sonido o la musicalización. La escenografía, compuesta de dos triángulos rectángulos muy grandes logra conformar distintos espacios, como dunas o pirámides, si bien el público espera también la conformación de un barco que nunca llega. Pero la idea es un buen trabajo con sus detalles en metal en dos de sus puntas. El telón de fondo logra cierta magia con las lucesitas que conforman el universo. No termina siendo funcional el rectángulo de Neón que queda fijo durante toda la obra, impidiendo así mejores posibilidades espaciales en lo visual. Y tampoco son útiles las varas que cuelgan fragmentando el espacio en muchas partes, cuando estas partes no son utilizadas en ningún momento. Sin embargo a modo general, todo lo visual indaga en la contemporaneidad investigando los límites (de las líneas, de lo lumínico y la oscuridad), que es un rasgo sin dudas positivo.

La utilería, aunque sencilla, también posee su encanto: como los globos terráqueos iluminados por dentro o los ropajes de isla a modo de salvavidas en cada actor. Por último el diseño de vestuario maneja bien los diferentes tiempos, con vestimentas trabajadas y adecuadas a la estética general.

Pero el teatro no es sólo imagen y tampoco es sólo texto. Como una de las artes más complejas, el teatro necesita que se amalgamen las diferentes partes que la conforman, si no con la destreza de un Titán, con verdadero fuego. Como su orígen dicta, alrededor de la fogata que lo encendió la primera vez.

Teatro: Camilo Henríquez.

Funciones: 15, 16 y 17 de enero, 21:45 hs.

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