A Sala Llena

127 Horas, Según Rodolfo Weisskirch

“No podés decir que me conocés. Nunca pusiste una cámara en mi cabeza”, le dice Truman a Christof en la escena final de The Truman Show, la gran película de Peter Weir.

En dicha película Christof (Ed Harris) era el manipulador director de un reality show donde el protagonista era un hombre que vivía dentro de un estudio, ignorando que su vida era un programa de televisión. Christof podía manejar a su personaje como se le diera la gana, pero no podía adivinar sus pensamientos, lo cuál servía de metáfora para entender que no importa quién nos gobierne, nosotros tenemos la libertad por pensar por nosotros mismos, y nadie nos puede meter una cámara en la cabeza.

Ahora bien. Veamos la paradoja de Danny Boyle. El director de Trainspoitting tiene una situación complicada. ¿Cómo rellenar una hora y media de película con un personaje al que no puede manipular físicamente? Aron está atrapado entre una roca y una pared (literalmente hablando, además así se llamó su libro). ¿Cómo puede Danny Boyle “innovar” con un personaje en tal situación?

“Bueno, metámosle una cámara en la cabeza”, habrá dicho.

Dicha decisión, irónicamente, es lo más interesante de 127 Horas.

No soy un fanático de Danny Boyle. Es un director demasiado arraigado con la estética video clipera (por suerte la estética más surrealista inglesa y no la grasosa estadounidense de Michael Bay), pero admito que a veces, cuando lleva dicho estilo visual a los límites entre el absurdo y la realidad, no es pretencioso, sino conciente de este hecho, porque lo que intenta realizar, honestamente es algún tipo de crítica social o ironía, es cuando sale a la superficie el mejor Danny Boyle.

El problema es que el director tiene veta sentimentaloide obvia y cursi, que provoca en algún momento, que sus películas caigan en un moralismo naif, simplón y banal. Esto sucedía en Millones, por ejemplo y sucede en 127 Horas.

El perfil más sarcástico, mordaz y frío de Boyle, de Trainspoitting o La Playa, es que el más me gusta. Es jugado, soberbio, extremo. Pero en cambio, desde hace un tiempo, que a Boyle le interesa más predicar que filmar. Incluso en sus productos más convencionales, solemnes y sobrevalorados como Exterminio y Amenaza Solar, Boyle metía bocados existencialistas con fines moralizantes. Aún así, hasta Amenaza Solar, lo respetaba. Especialmente por la forma en que trataba de “experimentar” con el digital cuando otros recién empezaban a conocer lo que era una cámara que no usaba material fílmico.

Pero después le agarro la “conciencia social hindú” y viajó a filmar ese desparpajo llamado Quien Quiere Ser Millonario, una película que debería dar vergüenza ajena por dar una radiografía horrible y extrema de la pobreza en la India, de la forma más sádica y miserable, con pretensiones de cuento de hadas, y sin una mínima crítica hacia el Imperio Británico. En cambio, el costado romántico de la historia, hipnotizó a medio mundo, combinado con los colores, el montaje rápido y la simpatía de la muñequita Frida Pinto. Y encima se llevó todos los Oscars. En ese momento, me di cuenta que vivo dado vuelta.

Habiendo leido la historia de real de Aron, honestamente, esperaba lo peor de parte de Boyle nuevamente. Sadismo, morbo, manipulación sentimental. En cambio, me encontré con una obra sentida y que se sale un poco de la típica película de “historia de supervivencia”. Más cercana a la autorreflexión sobre la soledad y como aprovechar la vida, de Hacia Rutas Salvajes, que a la existencialista reflexión sobre la utilización del tiempo de Naúfrago (parecen cosas similares pero no lo son, mientras que la primera es una autocrítica, la otra es una fábula moral más clásica, cercana a la reflexión capriana).

Pero Boyle le agrega una atmósfera onírica, aplicando planos detalles de interiores de objetos o del brazo aplastado (que funcionan como las jeringas en Trainspoiting), multicámaras, varios cuadros simultáneos y un montaje videoclipero de flashbacks con la banda sonora del hindú A. R. Rahman, que si bien aportan poco y nada a la narración, al menos sacan del tedio a la historia original. O sea, seamos honestos. La odisea de Aron fue terrible, pero filmar los 5 días que el personaje padeció adentro de la cueva no tiene demasiado interés cinematográfico sino se logra salir de vez en cuando la realidad espacio – temporal. Pero Boyle es honesto. Nunca discute que lo que le pasa a Aron sucede dentro de su cabeza, de su mente. Y a la vez, el personaje le da una inteligente utilidad a la cámara digital, que justifica, la forma en que Boyle sigue experimentando con el formato. De hecho el principio y el final, en donde el montaje adquiere mayor protagonismo recuerda un poco a la trilogía Koyaanisqatsi – Powaqqatsi – Naqoykatsi de Godfrey Reggio.

La cuestión era como iba a filmar el climax. A esta hora muchos lo saben, pero no lo voy a adelantar. Lo único que voy a decir es que no hay morbo, pero tampoco cobardía. Se muestra lo necesario de forma equilibrada para establecer el esfuerzo de Aron.

Sí, después, se puede “elogiar” como queda explícito a donde uno puede llegar manteniendo la esperanza, la voluntad de sobrevivir, etc. Los elementos por los cuáles la Academia la incluyó entre las diez favoritas del año.

No. No es para tanto. Apenas un poco más interesante y menos convencional que El Discurso del Rey. 

Es indiscutible el talento y soberbia de James Franco para ponerse la película sobre los hombros y pasar los diversos estados de ánimo del personaje, sin perder credibilidad en algún momento. Aunque es cierto, que está al borde del absurdo algunas veces, y por lo tanto la manera en que utiliza el humor para autoanalizarse y superar la tragedia, puede aparentar que está sobreactuando, cuando no lo está, desde mi punto de vista.

127 Horas es un relato reflexivo que mantiene la tensión. Le falta sordidez narrativa y menos inclusiones forzadas de los flashbacks para convertirse en una gran película. Sin embargo, por lo menos, esta vez, un producto de Danny Boyle, no da vergüenza ajena. Solamente esperemos que no se le haga costumbre meter la cámara en la mente de sus protagonistas. Ahora bien… esto realmente ¿garantiza conocer de verdad a los personajes?

 

 

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