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FESTIVALES

18º BARS: Críticas 2

Aterrados, de Demián Rugna (Argentina, 2017 – Competencia Internacional), por Matías Orta

Dentro del cine fantástico y de terror de Argentina surgen nombres que comenzaron desde la independencia más absoluta y de a poco logran acceder a más presupuestos y recursos. Demián Rugna, por ejemplo. Desde Breaking Nikki (2009), su ópera prima, presenta situaciones de puro horror en ámbitos cotidianos, o que al menos no invitan a hechos tenebrosos. Aterrados (2017) encaja en esa premisa.

Un vecindario se vuelve epicentro de una serie de hechos paranormales: desde ruidos extraños hasta muertes atroces… con el agregado de que los cadáveres suelen volver de la tumba. El comisario Funes (Maxi Ghione) y tres especialistas en fenómenos parapsicológicos deciden averiguar qué sucede, pero las revelaciones pondrán a prueba la resistencia de cada uno.

 Se notan las influencias de clásicos como Poltergeist: Juegos Diabólicos (Poltergeist, 1982), Pesadilla en lo Profundo de la Noche (A Nightmare on Elm Street, 1984) y Cementerio de Animales (Pet Sematary, 1989), y puede ser relacionada con las sagas recientes de La Noche del Demonio (Insidious) y El Conjuro (The Conjuring), ambas de James Wan. Sin embargo, Rugna jamás se sostiene a partir de homenajes o guiños para los fanáticos: la película genera un núcleo propio, basado en climas escalofriantes y golpes de efecto exactos, que no dan tregua al espectador. Su visión puede ser relacionado con el terror de Asia, donde la amenaza sobrenatural nunca discrimina a las víctimas ni por su edad ni por su manera de ser (a diferencia de cómo suele funcionar el género en los Estados Unidos, que invita a lecturas moralistas).

Otro mérito del film es el uso, mayormente, de efectos prácticos, y la participación de actores talentosos, adecuados para sus papeles y no famosos. Estos detalles la vuelven una experiencia palpable, al estilo de los largometrajes de los ’80, en los que todo puede pasar.

Aterrados consigue sobresalir por encima de otros films de terror argentinos porque, más allá de algunas calculadas y necesarias gotas de humor, deja de lado toda ironía y se sumerge sin culpa en el género. Además, marca un paso crucial en la carrera de Demián Rugna; junto con Daniel de la Vega, Pablo Parés, Gabriel Grieco, los hermanos Onetti y Fabián Forte, uno de los abanderados del fantástico más oscuro nacional.

 

 

 

Terror 5, de Sebastián y Federico Rotstein (Argentina, 2016 – Reposiciones), por M.O.

Las antologías de historias de terror poseen un encanto único. El cine dio muy interesantes muestras. En Gran Bretaña, la productora Amicus se especializó en el tema, con exponentes como Las Tijeras del Diablo (Torture Garden, 1967), y Creepshow (1982) ya es toda una institución. Argentina no se queda atrás: Narciso Ibáñez Menta protagonizó Obras Maestras del Terror (1959), y más recientemente, Fabián Forte y Demián Rugna presentaron Malditos Sean! (2011). Incluso Relatos Salvajes (2014), tiene al menos dos segmentos que bien podrían pertenecer a la serie Cuentos de la Cripta (Tales from the Cript). Terror 5 (2016) también se corresponde con este subgénero.

La acción transcurre durante una noche, durante un toque de queda debido a un episodio turbulento: un grupo de políticos es absuelto de un derrumbe en el que murieron 15 personas. Mientras se desarrolla este evento (que incluye resurrecciones de ultratumba), los padecimientos de un muchacho (Gastón Cocchiarale) por parte de sus amigos durante una reunión, alumnos de colegio secundario con oscuros secretos, una pareja a punto de pasar un mal momento dentro de un albergue transitorio y dos hombres a punto de “conocer” a una señorita. Cinco tramas unidas por sexo, represión, sangre, venganza, brutalidad.

Los hermanos Sebastián y Federico Rotstein ya contaban con una carrera en el cine. El primero escribió películas como Recortadas (2009) y 20.000 Besos (2013), ambas de Sebastián De Caro, y el segundo es asistente de dirección de cineastas de la talla de Néstor Frenkel. Ya habían unidos fuerzas en el corto Liebre 105 (que casi integra la película). En Terror 5 crean un marco apocalíptico para explorar la conducta más íntima, más perversa del ser humano, sin caer en chistes y priorizando un tono sombrío. Incluso cuando hay elementos sobrenaturales no se mueve de esas cuestiones, lo que le torga sustancia y dramatismo a cada episodio. Si bien algunas referencias son evidentes e inevitables, evitan la cita fácil y los guiños a los fanáticos.

Con un elenco que también integran Gastón Cocchiarale, Walter Cornás, Rafael Ferro y Nai Awada, entre otros, la película confirma que el cine de miedo argentino sigue encaminado, que de a poco se ganó el respeto del público, y recuerda el perverso placer de degustar las buenas antologías cinematográficas.

calificacion_4

 

 

 

Matar a Dios, de Caye Casas y Albert Pintó (España, 2017 – Competencia Internacional), por M.O.

El cine español sabe dar cátedra en lo referente a comedias negras. Luis García Berlanga y Alex de la Iglesia son dos autoridades dentro de ese rubro, pero también hay más films y directores que incursionan en films corrosivos, que revelan las peores caras del ser humano. Los catalanes Caye Casas y Albert Pintó debutan en la dirección con un nuevo exponente: Matar a Dios (2017)

Durante la noche de Año Nuevo, el matrimonio conformado por Carlos (Eduardo Antuña) y Ana (Itziar Castro) reciben la visita de familiares del marido: el padre (Boris Ruiz) y Santi (David Pareja), el hermano menor. Pese a tensiones y malestares de diversa índole, se disponen a cenar y a pasar un buen rato. Entonces irrumpe un extraño y pequeño individuo (Emilio Gavira) que afirma ser el mismísimo Dios. Su aspecto es más de vagabundo que de divinidad, pero pronto los convence de su poder, y hace un terrible anuncio: la humanidad perecerá al amanecer, y ellos cuatro deberán anotar en un papel quiénes serán los únicos seres humanos que sobrevivirán. Lo que sigue, deliberaciones, peleas, y la posibilidad de cambiar los planes del intruso dándole muerte.

Una demoledora introducción sirve como puntapié perfecto para una historia que indaga en los aspectos más crueles y egoístas de las personas, aunque en el fondo cada uno de los protagonistas despierta un poco de compasión. De esta manera, el espectador puede conectar con ellos, pero sin olvidar sus miserias. Un logro conseguido gracias a la dirección de Casas y Pintó, y a la estupenda labor de un elenco sobresaliente, exacto para cada rol. Gavira se roba sus escenas como un Dios desprolijo, malhablado, pesimista,

El estilo visual es otro de los puntos fuertes. El look tenebroso, propio de un comic de terror, y las características de algunos planos y movimientos de cámara remiten a Delicatessen (1991) y La Ciudad de los Niños Perdidos (La cité des enfants perdus, 1995), de Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro. También hay ecos del Alex de la Iglesia de sus inicias, como El Día de la Bestia (1995), y al cine de Danny DeVito. Sin embargo, los directores no se aferran a ningún otro cineasta o film y obtienen un producto con identidad propia.

Matar a Dios combina veneno e imaginación, dando como resultado una nueva obra maestra del humor más oscuro. Además, catapulta a Caye Casas y Albert Pintó como dos nombres a tener en cuenta.

 

 

Cobertura completa del festival.

Cobertura vía Instagram.

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