A Sala Llena

[22] BAFICI | Cryptozoo

Este largometraje animado de Jane Samborski y Dash Shaw es como una épica hollywoodense de bajo presupuesto. Tiene la ambición y la escala de una superproducción pero guarda un corazón independiente. Nos muestra un universo excéntrico de imágenes coloridas y psicodélicas, con dibujos hechos a mano y capas bidimensionales que se superponen para generar la ilusión de profundidad. Y sin embargo, el guión es convencional, con giros predecibles aunque muy bien construidos. Hay un equilibrio entre lo insólito del apartado audiovisual y lo reconfortante del argumento. 

El Cryptozoo del título es un reservorio para críptidos o criaturas fantásticas. Hay gorgonas, hidras, pegasos, unicornios, serpientes kilométricas, luz mala, faunos, centauros y un largo etcétera de seres mitológicos e internacionales, reunidos en un mismo y frondoso espacio. Este zoológico es el sueño de la anciana multimillonaria Joan. Y la protagonista, Lauren, es su mano derecha, encargada de rastrear a los críptidos escondidos y desperdigados por el mundo, y traerlos al paraíso construido por su jefa. 

La disyuntiva ética es un calco de Jurassic Park: aunque el objetivo de Joan –y, por añadidura, de Lauren– es proteger a los críptidos, el zoológico los encierra entre rejas y los priva de su libertad. Encima (y también como en Jurassic Park) el zoológico es un parque de diversiones, con juguetes de peluche y atracciones para turistas. Según Lauren, esta lógica comercial es estratégica: cada dólar ganado con la venta de entradas y merchandizing es un dólar disponible para financiar el rescate de otro críptido. Es una postura que pronto se volverá insostenible. 

El enemigo principal de Joan y Lauren es el ejército estadounidense y sus colaboradores privados, que obviamente quieren capturar a los críptidos y usarlos como armas de guerra. (La referencia más obvia es Alien y sus secuelas. También podríamos mencionar Akira). Cryptozoo está ambientada en los 60s o 70s, durante el conflicto en Vietnam. Y uno de los objetivos del operativo militar es encontrar un baku –un ser de la mitología japonesa, con forma de pequeño elefante, que succiona sueños y pesadillas– para absorber y eliminar las ilusiones utópicas y antibélicas de la contracultura de la época. Lauren, junto a la gorgona Phoebe, intentarán localizar el baku antes de que sea demasiado tarde. 

Cryptozoo no comunica sus mensajes de forma sutil. Podemos anticipar su crítica al capitalismo y al complejo militar-industrial con solo leer la sinopsis. Y la película nunca sorprende nuestras expectativas al respecto. Pero aunque el guión incurra en clichés, su estructura está pulida y trabajada. 

No hay elemento en Cryptozoo que no cumpla alguna función: el cuerno del unicornio que aparece en la primera escena termina siendo una herramienta fundamental en el desenlace, y cada críptido presentado al pasar tiene su rol en la batalla final. Chéjov estaría contento. (El dramaturgo, como es sabido, recomendaba eliminar cualquier elemento irrelevante para una trama. Si mostrás un rifle cargado en el primer acto, tiene que ser disparado en el segundo o tercero). 

También el guión le da espacio a los conflictos internos de Lauren y Phoebe. La primera es una idealista, convencida de su misión y de su militancia por los críptidos, al punto de ignorar el daño que les está haciendo. Y Phoebe, como ser mitológico, es una aliada escéptica, porque si bien entiende el objetivo del zoológico, no la convencen las rejas, el encierro y la banalización comercial. Lauren, en cada debate, trata de defender el castillo de naipes de Joan, hasta que ya no puede hacerlo. 

Los diálogos son rápidos, claros y simples. Cryptozoo no es una película compleja, la bajada de línea es evidente y la evolución de los personajes se deduce desde el principio. Pero la maquinaria argumental funciona y sirve de esqueleto para sostener el despliegue estético. 

Al fin y al cabo, el objetivo de Samborski y Shaw es que nosotros, como espectadores, también amemos a los críptidos, a la rica historia mitológica de la humanidad, desde el baku japonés hasta la luz mala sudamericana. Los colores y las texturas de los críptidos nos hipnotizan. Hay una atención al detalle, a las escamas de la serpiente, al plumaje de los pájaros gigantes, a las víboras hambrientas de la gorgona, que emana cariño por la tradición milenaria detrás de cada criatura. (En su afán enciclopédico, y en su retrato de lo fantástico conviviendo con lo real, hay mucho de Neil Gaiman y su Sandman). 

El zoológico de la ficción no puede ni contener ni proteger a los críptidos. Pero durante sus noventa minutos, la película lo logra de otra manera, al preservarlos en veinticuatro fotogramas por segundo. 

© Guido Pellegrini, 2021 | @beaucine
Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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