A Sala Llena

[23] BAFICI | Sean eternxs

El gran etnobiógrafo Jorge Prelorán dijo textualmente o casi a manera de declaración de principios: Yo estoy del lado del que recibe el azote. Lo dijo en una entrevista, hace muchísimos años. Sin el menor atisbo de intención de perpetuidad estatuaria. Por el contrario, tratando de hacerle entender humildemente a la perplejidad casi exhortativa del entrevistador por qué él, ciudadano ítalo-argentino-estadounidense egresado de la más prestigiosa universidad de cine de Los Angeles, California, la legendaria U.C.L.A., de la que también egresó medio Nuevo Hollywood, de Coppola a Milius, pasando por Lucas y Spielberg, entre otras estatuas vivientes del prestigio; por qué él, Jorge Prelorán, educado bilingüe en una familia de clase media, elegía biografiar a habitantes invisibles de nuestro suelo, bien al sur del continente, muy, muy detrás del banco de suplentes del equipo social que lidera nuestro país. 

Con esta declaración de principios y otros principios que no se privaría de declarar desde la honestidad intransigente de su filmografía, Prelorán cargó una mochila y abandonó el confort por venir de su ciudadanía estadounidense, provista por una madre neoyorkina, y en los sesentas ya estaba de vuelta en Argentina dispuesto a encontrarse a sí mismo en los encuentros vinculares que iba a entablar con Hermógenes Cayo y los demás seres vivos en toda su plenitud humana que buscó, abrazó y dignificó con su vetusta cámara de 16mm cuando todos filmaban en 35mm un apogeo de historias porteñas urbanas. El lejano paso por la Universidad de Buenos Aires previo a sus estudios en la U.C.L.A. quedaba sepultado para siempre y su estadía en los Estados Unidos no lo había ideologizado hacia modalidades imperialistas, sino todo lo contrario: éstas le hicieron analizar in situ quién era él y lo que debía recortar con el encuadre de su cámara: el ángulo más recóndito de “la otra realidad”: los azotados.

Esta perorata preloraniana de preámbulo se debe a que es posible cinematográficamente trazar un paralelismo con lo que hoy (sigue) pasa(ndo) en Ituzaingó, Buenos Aires, mediante la filmografía impenitentemente suburbana de Perrone y la fauna adolescente que puebla su cine de ánimo profundamente comunitario y urbanita; mientras la Policía argentina queda impune al asesinar por error a un chico que iba a entrenar fútbol, por citar un ejemplo mediático, Perrone localiza a estos chicos por sus medios –previamente geolocalizados en Ituzaingó, a no muchas cuadras de su propio domicilio/búnker/usina– y los filma y los visibiliza al filmarlos con una docena de películas si no son más, a distancia bien prudencial de eslóganes ensayísticos culposos tipo “los desplazados del sistema” o algo parecido. La única referencia concreta al desplazamiento en Sean eternxs es el desplazar plácido de la caligrafía que ofrece el dron, que contextualiza en un par de tomas aéreas el hervor humano en el que se desarrolla la historia (Perrone también recurre al steady-cam en esta película, pero la verdad es que la canción plástica es la misma: no hay diferencias técnicas visibles con sus anteriores obras, rodadas con medios precarios, o con menos medios si se quiere, incluso en el encierro pandémico casi a control remoto, lo que habla de una organicidad tanto estilística como ideológica).

La relevancia etnográfica que ha cobrado por esta razón de visibilidad social el cine de Perrone es un proceso estético innegable y las películas que ha hecho en diferentes etapas a lo largo de estas décadas son las ruedas de esta hipótesis. La ciudadanía, ni argentina ni estadounidense, la ciudadanía silenciada es la que habla y se expresa en Sean eternxs, aunque ésta sea una película parcialmente muda, o no hablada. O poco hablada. Cantada, sí: el rasgueo del Himno Nacional Argentino, Cerati en la vereda, la cumbia parcial, el piano incidental y la instancia secuenciada de percusión en los preparativos del carnaval, unos de los pasajes más gloriosos en el espionaje compartido que hace Perrone del quehacer de su comunidad hasta detalles en apariencia nimios. 

En el medio de esta película, a la que le caben un velo observacional y un velo documental, amén del ficcional, que carece de argumento lineal –copyright Perrone–, se argumenta la tensión de vivir a esa edad en este país: el infierno tan temido. Lo dijo Charlie Harper en la voz de Charlie Sheen en la sitcom Two and a half men: “la adolescencia es esa etapa entre la niñez y la clínica de rehabilitación”. Ser adolescente de clase media para abajo en Argentina es ser la primera línea de la carne de cañón en la batalla de Galípoli en aquella obra maestra antibélica de Peter Weir: si quedás en pie, podrás acceder al calvario superviviente de la vida adulta. 

Por mencionar sólo dos obras previas con jóvenes, en Sean eternxs son perceptibles los ecos de P3ND3J05 y de Ragazzi, aquella rara avis perroniana parcial e insólitamente rodada en Córdoba. A saber. Los (prot)agonistas se encuadran como efigies altivas en eminencial contrapicado. No es relevante la velocidad de la cámara ni la estereofonía del sonido. Abundancia de primeros planos: identidad. Un grupo de amigxs camina alternadamente el tránsito diegético de este relato, de izquierda a derecha y luego hacia el fondo, puntos de fuga y huidas hacia adentro; el estado de ánimo es geométricamente hiriente. Más: la coreografía subacuática en la pileta pública fue filmada con una Go-Pro y su artilugio sumergible, como no nos cansamos de decir, una cámara 4K despreciada por el establishment técnico del sector cinematográfico local que, no obstante, al “Perro” le hace mover la cola: es otro de los Aconcagua estéticos de Sean eternxs, donde la herencia de Esther Williams, la sirena australiana de Hollywood, se disuelve en una marea de burbujas y chapoteos de agua dulce que envuelve a una orgía de miembros que bracean en otra orgía de pataleos: poesía imperfecta y orgiástica. La contestataria antítesis del cine argentino burgués de más baja enjundia, representado por las precipitaciones parciales del Granizo de Carnevale.

Como un organismo multifronte, cuerpos de todas las formas congregan la raza nacional que verdaderamente conforma el grueso de la argentinidad, comprimida en pocos metros de un barrio multitudinario que es la piedra sobre la que se esculpió el credo de Perrone: curtir la calle, cuidar a lxs amigxs, esquivar la policía y siempre, pero SIEMPRE, estar del lado del que recibe el azote. 

(Argentina, 2022)

Dirección, edición y guion: Raúl Perrone. Con: Ariana Galardi, Micaela Esquivel, Alejandro Ibáñez, Sergio Fleita. Duración: 95 minutos.

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