A Sala Llena

360

360 (Reino Unido, Francia, Austria, Brasil, 2011)

Dirección: Fernando Meirelles. Guión: Peter Morgan. Elenco: Anthony Hopkins, Jude Law, Rachel Weisz, Ben Foster. Producción: Andrew Eaton, Chris Hanley, Danny Krausz, David Linde, Emanuel Michael. Duración: 110 minutos.

Círculo sin centro

El director de 360 nos pasea por Viena, Bratislava, París, después Londres, Colorado y, por último, Phoenix. En cada lugar conocemos a varios personajes con sus respectivas “historias”. Lo digo así porque más que historias, la película está construida a partir de situaciones. Los personajes carecen del desarrollo que exige una historia y también de profundidad psicológica. La película no se compromete con sus personajes ni con lo que les pasa y, además, los deja inconclusos. Nunca sabemos por qué Blanca –la prostituta voluntaria- quiere el dinero, cuáles son sus objetivos o qué desea lograr con eso. Tampoco sabemos por qué el personaje de Jude Law engaña a su esposa –Rachel Weisz- y viceversa, si ambos parecen llevar una vida feliz. Ningún conflicto está desarrollado; por lo tanto, no hay un avance en la historia por parte de ninguno de los personajes sino que éstos van moviéndose de situación en situación de la vida misma.

En el medio de este vacío, el director divide la pantalla de todas las maneras posibles sin motivo ni criterio alguno, porque no lo utiliza para narrar absolutamente nada. Primero, en dos, luego, en tres, hasta en cuatro partes e incluso, horizontalmente. La película se aleja de la realidad y, al parecer, a casi todos los personajes les sale “redondo” su pequeño objetivo fugaz: la prostituta se despierta luego de haber sido golpeada, mira alrededor, ve que su proxeneta y el ruso con el que estaba teniendo relaciones están muertos y, como si nada hubiese pasado, agarra el dinero del maletín del ruso y se va, con una sonrisa como si su vida, de pronto, tuviese algún sentido, que nosotros no comprendemos. Laura –la novia de Rui, un fotógrafo de 25 años con quien el personaje de Weisz engañaba a su esposo- conoce por casualidad a un ex convicto recientemente liberado –por abuso sexual-, lo seduce, lo lleva a su hotel y hasta casi podríamos decir que lo obliga a querer tener relaciones, pero el violador es quien se resiste y la chica sale ilesa de la situación. La hermana de Blanca se fuga con un desconocido, el chofer del ruso con quién se acostó su hermana, y parece que son felices para siempre. Si bien la vida está construida de momentos, la película tiene un punto de vista muy naif con respecto al desenlace de todo lo que se presenta.

Un colega de Michael Daly (Jude Law) le comenta: “El matrimonio es brutal”; puede ser, pero el argumento no está sostenido narrativamente y no nos muestra ningún matrimonio que se asemeje a eso.  La película tampoco indaga en la moral de ninguno de los personajes ni en el motivo de sus acciones. No tiene ni una pizca de erotismo para ser una película sobre encuentros sexuales y de otras índoles.

A diferencia de Closer de Mike Nichols, -otra película coral- que retrató de manera inigualable temas como la moral, el sexo, la mentira y la conducta del ser humano, explorando hasta el fondo de la mente de cada uno de los protagonistas, 360 resulta un bodoque de personajes fríamente retratados, de los que ni uno solo llega a transmitirnos empatía y, mucho menos, algún tipo de identificación.

Por Elena Marina D’Aquila

La idea original de esta película de Fernando Meirelles pertenece a Arthur Schnitzler, quien la estrenó en el teatro hace casi ya 100 años, con el nombre de “La Ronde”. La premisa en aquel momento era mostrar cómo el amor físico cruzaba las distintas clases sociales diseminando una terrorífica y por entonces incurable ETS[i]: la sífilis. Organizado el dispositivo dramático como una ronda infantil, las parejas se relacionaban según un esquema AB, BC, CD, etc. hasta completar el círculo. La obra produjo singular impacto y tuvo incluso que enfrentar acciones legales por su contenido supuestamente pornográfico. Dada la fertilidad de la idea, la obra se representó durante muchísimos años y, bien avanzado el siglo XX, tuvo no menos de 15 adaptaciones al cine y la TV. 360, la película del brasileño Meirelles que se estrena en estos días en Buenos Aires, es en realidad la penúltima adaptación, ya que en 2012 se estrenó (también basada en “La Ronde”) 30 beats, dirigida por Alexis Lloyd.

En otra de las adaptaciones (La Ronde, Max Ophuls, 1950), aparecía un maestro de ceremonias (el simpatiquísimo Anton Walbrook) quien en la introducción decía representarnos a nosotros, la audiencia, y completar los ángulos de visión que desde la platea nos están vedados. Rodada durante la Guerra Fría, estaba escenificada en 1900, una época pasada en la que, idealización mediante, nos podíamos sentir más cómodos al no tener los problemas de aquel presente ni las inquietantes incertezas del futuro. La película mostraba con gracia la hipocresía de ciertas relaciones romántico-sexuales, proponía una paridad de derechos entre ambos géneros (tributo a Stendahl) y cuestionaba mediante la ironía ciertos privilegios del machismo. En 1964 (agotándose ya el esquema de acumulación de misiles nucleares y desplazada la competencia al campo metafórico de la carrera espacial), Roger Vadim realiza una nueva adaptación (La RondeCircle of Love) escenificada esta vez en los Balcanes y retrocediendo en el tiempo hasta el catastrófico 1914. En esta versión, las historias del círculo de amantes se entrelazaban con la intriga que culminaría en el asesinato del Archiduque Fernando del Imperio Austro Húngaro y el consecutivo estallido de la Primera Guerra Mundial[ii].

Finalizado ya el siglo XX corto o, como otros llaman a este período, la Guerra Civil Europea (1914-1989), controlado el terror de las viejas y nuevas ETS, podemos entonces con total tranquilidad volver a la Viena del presente, capital de la música, de los placeres y nudo de conexión entre el Este y Oeste de Europa.

La adaptación de Fernando Meirelles[iii] desarrollada junto con el guionista Peter Morgan tiene varios aspectos interesantes. Entre ellos, una mayor fluidez narrativa fruto de liberarse parcialmente del rígido esquema AB, BC, CD. Asimismo, la libertad de desplazamientos disponible en nuestro siglo XXI permite superar el escenario europeo, aportando brillo al desarrollo visual de 360. La fotografía, luminosa, es simplemente exquisita y utiliza con elegancia pantallas múltiples, entre otros recursos que evocan la madurez tecnológica actualmente disponible. El elenco tiene nombres incuestionables (Anthony Hopkins, Rachel Weisz, Jude Law), además de otros actores entrañables como Moritz Bleibtreu[iv] y Jamel Debbouze[v]. Vemos también a otros excelentes actores desconocidos para nosotros como Lucia Siposová , Gabriela Marcinkova y Vladimir Vdovichenkov. Las actuaciones son sobrias y el encadenamiento de las anécdotas es sutil. La narración casi monocorde, sin desbordes emocionales, tiene posiblemente la consistencia de un clip publicitario. Hay un momento estelar de A. Hopkins que se desarrolla sin caer en ningún exceso: se trata de un monólogo en el que su personaje cuenta en un grupo de autoayuda la situación en la que se encuentra y que, gracias al montaje (que alterna imágenes de Hopkins con tomas de uno de los personajes presuntamente deleznables de la narración), destaca aún más la exquisitez de la actuación de Hopkins.

El hecho es que, pese a la suma aritmética de elementos de gran valor individual (gran presupuesto, actores y técnicos de la crema del star system, costosos cambios de locaciones, etc.), el resultado parece dejar gusto a poco. Poco en la intensidad de las emociones y poco en el optimismo de las ideas. 360 nos estaría diciendo que si las chicas son bonitas y se quieren independizar pueden utilizar ciertos atajos (¿no habremos oído esto ya en alguna parte?), que la prosperidad económica de alguna gente se debe a “negocios” cuya naturaleza no se nos devela, que la moral aceptada puede tener efectos devastadores si la aplicamos de manera acrítica, que el pragmatismo nos puede hacer volver a la falsa comodidad de la rutina, que el consumo es a la vez indicador de bienestar y último placebo de muchas existencias. Entonces, después de tanto avance tecnológico, de tanto costo material y social volvemos a dar vueltas por la ciudad y el mundo con una moral y unas expectativas que, por lo mediocres y grises, parecen ser anteriores a las existentes en el ahora lejano 1897 (cuando Schnitzler escribiera “La Ronde”).

Sin embargo, pese a esa conclusión amarga (entregada con un encapsulado tan edulcorado), no nos vamos a ir con las manos totalmente vacías: un amable narrador de Sudamérica va a terminar su cuento triste con una homeopática dosis de justicia poética, nos va a mostrar también que la ciencia sí ha avanzado en estos 100 años y que en algunos casos nos puede ayudar a recuperar gente que en otras épocas hubiéramos descartado como escoria y, finalmente, por medio de sus personajes, va a recordarnos que en los momentos en que no sabemos qué hacer, en los libros siempre podremos buscar consuelo y quizás encontrar la luz para diluir, aunque sea por momentos, la incertidumbre de nuestras vidas.

Por Enri B.


[i] Enfermedades venéreas según la tradicional denominación.

[ii] En su momento la sociedad se ilusionó con la idea de que esa guerra, la que se desarrolló entre 1914 y 1918, iba a ser la Última Guerra Mundial de la Historia. Tengamos un poco de piedad con nuestra ingenua tendencia a tropezar con la misma piedra y recordemos que en aquel momento quisimos creer con fervor que el temor a las innovaciones tecnológicas (aviones, tanques, armas químicas, etc.) empleadas en esa, la “Última Gran Guerra”, iba a impedir para siempre el inicio de nuevas conflagraciones.

[iii] Ciudad de Dios, 2002 y El Jardinero Fiel, 2005: dos obras de este gran creador brasileño que quizá hayan subido en exceso las apuestas sobre 360.

[iv] El Experimento, 2001

[v] Amelie, 2001

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