A Sala Llena

36º MDQ FILM FEST | Hellbender

Yes, I’m a witch, I’m a bitch

I don’t care what you say

My voice is real, my voice is truth

I don’t fit in your ways

Una madre le consulta a su hija si necesita que le traiga algo del pueblo. De espaldas a ella, la hija le pregunta si puede acompañarla. Una pausa breve, ínfima, casi imperceptible, se produce: la madre no ofrece respuesta alguna y la hija, sabiendo con certeza que no la obtendrá, procede con el pedido. La madre asiente y se marcha.

Plagada de ese tipo de sutilezas, Hellbender es una película inteligente que gira en torno al vínculo entre una madre y una hija, que tienen la particularidad de ser brujas. Mejor dicho, la madre lo es (así como su madre también lo fue), pero la joven y solitaria “Izzy” aún no. Es una mera cuestión de tiempo hasta que una intromisión foránea, predecible pero nunca esperada, irrumpa en sus vidas alejadas de la sociedad y propicie lo inevitable: un resquebrajamiento de su convivencia de apariencia perfecta y, sobre todo, el despertar de una adolescente que ahora deberá aceptar su verdadera naturaleza y aprender a vivir con ella, a pesar de los deseos de su restrictiva madre.

A esta altura, probablemente más de uno ya haya pensado en la sufrida Carrie White y en su castradora madre Margaret, y no está mal que así sea: son múltiples los puntos de contacto con la primera novela de Stephen King y con la obra maestra de Brian De Palma (vamos a dejar a la horrible adaptación de Kimberly Peirce afuera). Al igual que ellas, Hellbender apela al factor sobrenatural para encauzar el viaje de autodescubrimiento de su protagonista, para retratar su ingreso a la adultez, y logra hacerlo con una cuidada progresión y no escaso ingenio. Sin embargo, es a partir de su abordaje del género que la presente película toma distancia de la referencia: el terror no salta a la vista en Hellbender. Por el contrario, opera de forma latente, aislada, menos con inesperadas e impactantes ocurrencias sobrenaturales y más con sueños o visiones lisérgicas, las cuales no sólo delatan el bajo presupuesto de su producción (aún así, hay que decirlo, son efectivas), sino que atentan además contra su registro austero, contra sus silencios incómodos y su manejo de la tensión.

Dramáticamente, la película se apoya en dos pilares. El primero, la citada relación madre-hija, ese vínculo que es puesto en jaque conforme avanza la trama y que resulta uno de los puntos más destacables del film, tanto durante su construcción inicial en el primer acto (en este aspecto, los ensayos de “la banda” juegan un rol clave), como durante su necesaria mutación en el segundo (nada como drogarse con insectos, aprender hechizos y vomitar sangre en el rostro de tu madre-bruja para pasar tiempo de calidad con ella). En cuanto al segundo pilar sobre el que descansa Hellbender, el mismo consiste de la línea narrativa que cobra fuerza precisamente cuando el primer pilar comienza a tambalearse: al verse afectado por los secretos y las mentiras, el vínculo familiar se debilita, la curiosidad de la joven Izzy se dispara, su independencia crece y las vicisitudes del coming of age acaparan la narración.

Cabe mencionar que dicho pasaje de postas dramáticas está muy bien llevado, aunque sobre el final de la película, entrado su tercer acto, los realizadores toman una decisión un tanto cuestionable que hace temblar a toda la estructura. Sorprendentemente, estando la línea del coming of age a punto caramelo, abandonan el punto de vista de la protagonista, en pleno esplendor brujeril, para ocuparse, en su lugar, de los crecientes miedos de la madre. Digo que esta decisión resulta cuestionable no por el viraje narrativo en sí, sino por su consecuencia directa en el relato: una elipsis notoria (los poderes y la aversión de Izzy hacia su madre se potencian de un momento a otro, cuando apenas unas escenas atrás atestiguamos su feliz aprendizaje de los hechizos más básicos), que conduce a un clímax innecesariamente apresurado (un repentino descenso al infierno ocurre y el esperado choque de fuerzas se soluciona antes de que siquiera tomemos dimensión de él).

En cualquier caso —y dejando de lado este traspié, la necesidad de un ritmo un tanto más aceitado y cierto abuso del “plano dron”—, Hellbender no deja de ser una loable entrada en la Competencia Internacional de esta edición del Festival de Mar del Plata. En primer lugar, por haberse animado a soñar a pesar de las limitaciones presupuestarias, por haberse aventurado a caminar en los zapatos de Carrie, por su innegable frescura, por su sangre densa y saturada, y, en última instancia, por habernos introducido a la obra de sus responsables, “los Adams”.

Hasta la próxima, familia.

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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