Desde que anunciaron el reanudamiento de la producción de Scream 7, después de dispares inconvenientes que es mejor no citar acá, se me generó algo de curiosidad que tenía que ver, más que nada, con la vuelta de Kevin Williamson, coautor de las dos primeras entregas y de la cuarta parte de la franquicia. Scream es uno de los films que me iniciaron en el cine, sobre todo a la hora de pensar que el cine se trata (a criterio de quien les habla) de crear un reloj que funcione a la perfección, donde todo esté puesto en escena por una razón. Habré visto el film unas quince veces y, cada vez que lo veo, encuentro cosas nuevas con las cuales sorprenderme.
Scream es, dentro del slasher, una rara avis. En sus cuatro primeras entregas se trata de una saga de autor: una serie de films atravesados por una mirada que va más allá de lo técnico, como todo buen film, y hecha por alguien que tenía algo para decir. Los autores eran, más que uno solo como suele ser en el cine, dos cabezas: el ya nombrado Williamson y el director Wes Craven. Mientras el primero se encargaba de escribir los diálogos y aportar riqueza temática desde el guion, Craven lo ponía en escena a través de la cámara con un estilo muy suyo ya visto en sus films anteriores. Esto más allá de que no todas las entregas fuesen igual de logradas: la tercera parte tenía un guion poco lógico y la cuarta resultaba fallida por la utilización de ciertos recursos televisivos a la hora de filmar. Aun así, se trataba de films que intentaban leer al cine de terror contemporáneo y su historia. Con ellos, el duo convirtió al slasher en objeto de reflexión sin traicionarlo. No por nada las tan famosas reglas que proponían (“No tengas sexo”, “No tomes alcohol ni te drogues” y “No digas ‘Ya vuelvo’”) estaban tomadas explícitamente de uno de los mejores films de todos los tiempos: Halloween, de John Carpenter, en una escena que a través de un montaje paralelo desincronizado daba cuenta de la noción que tenía el director a la hora de filmar.
A diferencia de franquicias como Martes 13, que es la mera explotación industrial del género, o incluso de la ya nombrada Halloween (que dejó de ser una saga a tomar en cuenta ya a partir de la segunda parte), Scream logró sostener durante cuatro entregas una coherencia interna autoral. Reflejaba lo que Craven tenía para decir del mundo (y del cine de terror-slasher) a través de la puesta en escena, con ayuda de Williamson para que ese “decir del mundo” fuese todavía más rico en cada diálogo y en cada momento. Además, cada film subía la apuesta al ironizar sobre su propio legado sin convertirse en aquello que criticaba: burlándose de las secuelas o del reboot (Scream 2 y Scream 4, respectivamente; la primera una secuela admirable que creaba el mito de “Stab”, la propia adaptación de “Scream” dentro del mundo del film), o incluso en su floja pero todavía correcta tercera parte (Scream 3) donde se analizaba el rol que tienen las terceras entregas en una trilogía, trayendo a uno de sus villanos más complejos, Roman Bridger.
Con Scream (5) y Scream VI, la saga dejó de ser autoral para convertirse en otra explotación de sí misma, se convirtió a sí misma en la “Stab” que Craven parodiaba en la cuarta parte. Tras la muerte de este, la saga cayó en manos de compañías cualitativamente dudosas y terminó en la misma bolsa de basura que el resto de las sagas de terror conocidas (desde Chucky hasta Pesadilla en Elm Street). Lo “metacinematográfico” dejó de ser herramienta crítica para convertirse en repetición frívola de aquello que se estaba criticando y la incorporación forzada de escenas impensables en las primeras cuatro entregas (sobre todo cierto “adult drama” propio de una telenovela que diluía la atención del espectador en conversaciones lacrimógenas y vergonzosas) marcó un error de comprensión fundamental por parte de los realizadores (dos directores cuyo nombre prefiero olvidar): el género tiene reglas claras, y esas reglas no son un límite sino una convención organizadora. Pero, como ya dijimos en nuestra crítica de Líbralos del mal, hay una diferencia clara y ya ensayada entre convención y cliché. Por suerte, esas dos entregas, aunque las vi más de una vez por razones que ni yo mismo comprendo, se dejan ignorar con facilidad y no hace falta traerlas del olvido.
Scream 7 aparece entonces como intento de corrección de aquellos fiascos que nos intentaron vender por Scream. El regreso de Williamson prometía una reorientación conceptual y, en parte, la película logra ensayar algo interesante: abandonar la saturación meta que había convertido a la saga en una saturación de elementos banales y empezar a pensar cómo se puede producir el terror de asesinos seriales en la era del dispositivo tecnológico (la inteligencia artificial como herramienta del asesino y la identidad digital como máscara contemporánea; la seguridad electrónica como ineficiente). En ese sentido, es un film valiente y actual (como también lo es otro film escrito por Williamson: Sick, de John Hyams), porque si el cine se ha quedado atrás en muchos aspectos frente a la comodidad digital es porque muchos films que proponen algo interesante transcurren en otra época o actúan como si los celulares no fuesen organizadores centrales de la existencia humana en la actualidad. Scream 7 agarra la posibilidad de criticar estos aspectos del dispositivo (así como también los aspectos positivos, que serían la otra cara de la moneda). El inconveniente es, como siempre, que la conciencia conceptual no alcanza si no hay puesta en escena.
La producción confió ciegamente en Williamson para hacer el film porque es el creador, como si el nombre garantizara la forma, y se olvidó de algo fundamental para el cine como concepto: Williamson es un buen guionista, pero no es un director de cine. En lugar de buscar un director con una mirada capaz de traducir las ideas del guión en puesta en escena, se optó por la nostalgia autoral y por tomar a casi un debutante (su otro film como director tiene ya más de 20 años) para realizar el film. El resultado es un modo de organizar los elementos televisivo, fragmentado y dominado por la multicámara y más de diez cortes cada quince segundos. No hay construcción de encuadre ni trabajo con la profundidad de campo y, menos todavía, narración a través del plano.
A eso se suma un problema estructural de guión que, de haberse resuelto con mayor rigor, podría haber hecho al film un poco más rescatable. Aunque la película toma decisiones acertadas (principalmente no resucitar a Stu Macher, centrar la historia en la hija de Sidney Prescott y evitar el delirio nostálgico como hacían las anteriores dos entregas), la construcción de personajes y escenas es demasiado débil. Los personajes son unidimensionales y, en los momentos en que podrían desplegarse, no tienen función más que (1) morir o (2) sobrevivir. Ni hablar de que uno de los asesinos casi no aparece y no se entiende cómo está involucrado en la trama de asesinatos; o que la motivación de la asesina principal se revela sin preparación previa y tampoco termina de entenderse del todo. En una escena se menciona explícitamente la tradición de Agatha Christie, pero en ningún momento se respetan las reglas del whodunit: el espectador no es invitado a participar realmente del juego y no hay manera de entender los motivos que pueden llevar a una persona a cometer semejantes actos de sadismo tan efusivos.
En las grandes entregas de la saga, los asesinos representaban una filosofía desviada pero comprensible. El mal tenía una lógica interna que como espectadores entendíamos: y éramos conscientes de por qué Roman Bridger o Jill Roberts habían hecho lo que hicieron. Acá en cambio, la resolución no condensa un conflicto trabajado a lo largo del relato, sino que irrumpe como explicación tardía y casi administrativa. Que se entienda entonces que el problema no es la motivación en sí, sino su falta de construcción a lo largo del film.
A pesar de todo lo ya mencionado, la película tiene ciertos momentos logrados. Algunos asesinatos tienen una lógica interesante entre el arriba y el abajo (como la escena en el escenario teatral, sutil eco del asesinato de Tatum en la primera entrega) y ciertas escenas están bien construidas desde el diálogo. Hay también una autoconciencia que reconoce muchos de los errores de las dos entregas previas (el chiste recurrente hecho hacia Sidney Prescott: “New York (Scream 6) no fue lo mismo porque vos no estabas ahí”). También es interesante cómo se reintroduce a personajes que murieron y que acá tienen un cameo que no es únicamente el cameo en sí sino que intenta tener un sentido simbólico.
Entonces: si al espectador le interesan la sangre y las muertes, acá las va a encontrar. Si le interesa el misterio, probablemente salga desilusionado. Si le interesa el cine como forma, Scream 7 no tiene ningún atractivo. El fanático de la saga puede contentarse con el regreso de ciertos personajes, pero probablemente hubiese esperado más de lo que se va a encontrar.
El resultado termina siendo irónico: Scream 7 es lo más cercano al espíritu de Craven desde que la franquicia ya no está ligada a su nombre y, justamente por eso, confirma que la saga está en fase decadente. Es una saga que ya no tiene nada para ofrecer más que citarse a sí misma para seguir vendiendo entradas. Es únicamente la explotación de la marca Scream, que en algún momento supo ser una luz para un género que estaba agotado; si la elección de Williamson como director tiene que ver con recuperar algo de lo que pasaba anteriormente, no funcionó.
Por último, quiero cerrar con algo. Se instaló con demasiada comodidad la idea de que el espectador y el crítico tienen que “bajar la vara”. Algo así como que no se puede comparar lo que pasa en el cine hoy con lo que pasaba en otra época. El cine no mejora cuando el público se vuelve indulgente, sino cuando se le exige estar a la altura de su propia historia. No se trata de esperar una obra maestra en cada estreno, sino de no aceptar que la desprolijidad formal y la pereza narrativa se presenten como inevitables. Conformarse con cosas mediocres bajo el argumento de que “es lo que se hace ahora” es ridículo, y más ridículo es pedirle al otro que haga lo mismo.
Volviendo a Scream, que es un film que pocos tomarán en serio pero que merece para bien o para mal el mismo detallismo crítico que se tiene con cualquier película “de prestigio”, pocas cosas funcionan y quizás si el director hubiese pensado más como un espectador que como un vendedor de chascos de sangre falsa, hubiésemos tenido una mejor película y una mejor continuación a los films originales de Wes Craven.
(Estados Unidos, 2026)
Dirección: Kevin Williamson. Guion: Kevin Williamson, Guy Busick. Elenco: Neve Campbell, Courteney Cox, Isabel May, Jasmin Savoy Brown, Mason Gooding. Producción: Paul Neinstein, William Sherak, James Vanderbilt. Duración: 154 minutos.








