Para mí este documental es una carta de amor a mi banda favorita de todos los tiempos y nace desde ese sentimiento. Por eso cada frase, cada archivo y cada canción está elegida desde la mirada amorosa de un fan que dice ‘Che, esta banda es espectacular y tiene una historia espectacular, tienen que conocerla todos’.
Las palabras del director Gonza López que leemos en los materiales de prensa no auguran nada específico, a no ser que la euforia casi esotérica de un fan alcance para medir la relevancia cultura de una película. En realidad, no debería ser así. En cualquier caso, no lo es. Pero ni bien empieza su documental, las palabras de López quedan absueltas de todo cargo. Y, mientras avanza “Estelares, nuestros días en mi memoria”, empiezan a ganar terreno el mundo de las imágenes y el sonido de una banda de rock de La Plata que circula exitosamente por el mundo de la música popular desde hace por lo menos tres décadas. Firmando tratados de paz con el tango, Estelares ha sabido bordar una lírica simultáneamente tortuosa y luminosa que se guía por una aproximación a lo romántico que advierte la presencia premonitoria del reverso infausto del amor. Sus letras graban a fuego el talento de su compositor principal, Manuel Moretti, uno de los juglares de nuestra música que mejor supo labrar, palabra a palabra, una personalidad de poeta maldito escrita sobre las cenizas del desaliento y el desconcierto sentimental, herido por la melancolía y el rastro de viejas toxinas. Uno de los mejores post-Calamaro que existen junto a Pity Álvarez.
Este documental se estructura a través de un formato convencional que López se apura a excusar como si cada espectador fuera parte del comité de selección de proyectos documentales del INCAA: Elegí un formato clásico de cabezas parlantes porque creo que Estelares es una banda llena de canciones que forman parte del inconsciente colectivo argentino, pero que ellos, sus autores, no son tan conocidos. Eso me disparó la idea de que sean ellos mismos quienes cuentan su historia a cámara, en primer plano y creo que ahí encontramos un tono más íntimo que hace parte al espectador del relato y lo pone en diálogo con su propia historia.
Primero, la elección del formato al que alude López es aplicable a cualquier banda musical. ¿Los primeros planos en las estrellas archiconocidas no son también un recurso válido para, parafraseando a López, hacer parte al espectador? Segundo, al espectador se lo hace parte de cualquier manera, salvo que utilices un dispositivo de distanciamiento formal de tipo brechtiano para canalizar una propuesta digresiva cuya razón de ser sea la destrucción de un relato lineal. Todo fan asume la creencia pagana de que su banda es una entidad única en la historia. A veces esta característica es carismática.
Me gusta la idea de pensar a la historia de Estelares como “el camino del héroe” (una estructura narrativa) y bueno… en este documental atravesamos “el llamado a la aventura”, “el encuentro con el mentor”, “la caverna más profunda” y “la recompensa”. Nos queda ahora retratar las etapas más luminosas de esta historia. Quizá hagamos un segundo documental. Acá López asume pretenciosamente, aunque con sinceridad (¿con sincericidio?) que su película no estaría terminada del todo, que quedó algún material afuera (siempre queda material fuera, ¿no?: le decimos montaje) o algo impreciso, no lo sabemos muy bien. Ciertamente es una confesión innecesaria porque alude a un proceso tradicional de la creación. ¿O acaso pedimos a los cineastas que justifiquen los tres actos de sus películas comúnmente narrativas? Su documental no es un experimento estético, lo que sí hubiera valido, quizás, cierta perorata sobre el estilismo.
Pero lo cierto es que la historia de Estelares, como refiere con precisión el documental, es un salto de página en la historiografía del rock argentino, desde el pos punk al pop, aunque su valor clave es que justamente se trata de una banda que propone un constante desafío al encasillamiento. En esto tiene razón López. Los inicios de Moretti & Cía. se riñeron con la moda sónica a nivel nacional y con el paso atronador del grunge a nivel internacional, los dos estilos que predominaron en el panorama de los inicios de los noventa si eras melómano y joven y rebelde; si eras rockero. Moretti es de la generación de, por dar un ejemplo, Juanchi Baleirón; ambos nacieron en 1965. Pero Estelares, a diferencia de Los Pericos, sus contemporáneos, tuvo que esperar una década más para asomar la cabeza con hidalguía y calidad dentro de las grillas de los festivales o de los deseos y caprichos de las discográficas y los programadores. La espera obedeció al contexto adverso ya descrito, pero también a la fidelidad de un grupo de músicos hilvanados por un espíritu de originalidad e intransigencia que no claudicó ante las contingencias porque se armó de una fuerza artística en su interior que pudo desplazar la mediocridad y la moda a su paso.
Eso es Estelares, y la película de López acierta tanto en su descripción que hasta le perdonamos su intensidad hagiográfica, nacida de vivencias personales. Es convencional (lo produce el sello Pop Art) e hiperbólica, pero honestamente apasionante. López, con sus cabezas parlantes, asume una tarea que no tiene principio ni fin, pero se explaya en imágenes como si hablara del hallazgo del santo sudario y logra así que la mitología sobre el transcurso moderno de Estelares se materialice ante nuestros ojos con los oídos de un fan y concluye la invitación a una película ceremonial que es la celebración de una fiesta ritual, de un mundo encerrado sobre sí mismo que reencuentra el presente de una banda con el pasado imperfecto de un país. Del futuro no sabemos nada.
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Guion, dirección: Gonza López. Elenco: Manuel Moretti, Torio Bertamoni, Pablo Silvera, Willy Harrington, Eduardo Minervino, Javier Miranda, Martín Bosa. Producción: Celina Harry, Esteban Licht. Duración: 90 minutos.








