No matar entiende que hay cosas a las que el cine debería referirse con temor. Villegas sortea rápido las trampas que minan el tema: si hablar de la violencia de los grupos guerrilleros implica volverse objeto de una extorsión ideológica largamente aplicada (como la de tener que aclarar si se simpatiza o no con la dictadura), entonces hay que disponer otro espacio de discusión, uno que no obture la búsqueda de la verdad ni el testimonio de las víctimas. Con apenas un par de intertítulos mínimos la película resuelve ese escollo y ya puede dedicarse al problema que le interesa, que es el de encontrar una forma justa para registrar la palabra de familiares de asesinados por agrupaciones como ERP, Montoneros y sus derivaciones, pero también de arrepentidos de esas organizaciones. Parece increíble, pero esa escucha genera por sí sola dificultades cinematográficas. Se pudo ver con el video publicado por el gobierno el 24 de marzo donde una hija apropiada contaba su historia en medio de la pompa de una de las habitaciones de Casa Rosada: la amplitud del plano y el aire de oficialidad la sumían en una intemperie gélida. Villegas nunca deja solos a sus entrevistados. El trato es igual para todos, no importa si se trata del escritor Sergio Bufano, que militó en la Organización Comunista Poder Obrero y participó de secuestros, o de Delia Lozano, que vio morir a su padre acribillado. La escena es voluntariamente pobre, casi provisional: hay una mesa circular con un espacio reducido entre la silla y la pared, y la luz intensa no permite distinguir el momento del día. Un vaso de agua a la izquierda del encuadre es el único lujo que se le dispensa a los entrevistados. La distancia es siempre la misma, como si se tratara de encontrar una medida exacta entre la lejanía y la intimidad; filmar con temor de dejar a los sobrevivientes solos en el plano, pero también de aproximarse demasiado y explotar las emociones que los embargan. El efecto es fascinante y perturbador: la insistencia de la escena produce la impresión de un confesionario en el que los protagonistas revelan sus secretos y heridas.
La película trabaja sus materiales con un respeto reverencial. No matar no tiene imágenes de archivo (excepto por unos breves segmentos que funcionan como separadores) y los cortes son imperceptibles y logran una fluidez impresionante. Son pocos los momentos en los que el montaje se muestra. Pasa, por ejemplo, cuando se alterna el relato de un crimen perpetrado por la dictadura y otro por un grupo guerrillero. Esas escenas condensan la visión humanista de la película: no se igualan los asesinatos, sino que se pone en una misma serie la devastación de la violencia política.
Hay un mundo que rodea a los secuestros y atentados que los entrevistados reconstruyen. Las organizaciones armadas vivían del recuerdo de los años de la resistencia peronista después del golpe de 1955 y durante la dictadura de Onganía, y su dinámica interna las volvió incompatibles para la convivencia democrática durante las presidencias de Cámpora y Perón. Aldo Duzdevich y Bufano describen el roce permanente con la violencia como la portación de armas o la adrenalina de la vida cotidiana bajo la amenaza de una posible captura (todavía se les nota el entusiasmo hoy, como si conservaran la vitalidad de esos momentos). La degradación continúa con la adopción de los signos y los protocolos de quienes fueran sus enemigos: los dos hablan de la extrañeza de tener que utilizar uniformes o de dirigirse de acuerdo al rango militar a personas que conocían de toda la vida. La economía de los grupos los lanza a extremar las acciones: el incremento de los costos de funcionamiento y la ambición de los superiores obliga a multiplicar los robos y los secuestros. Para seguir operando, la máquina enloquecida fagocita cada vez más recursos. El reclutamiento de chicos muy jóvenes, las infiltraciones, la fragmentación progresiva de las agrupaciones, el recrudecimiento de los métodos y la dificultad creciente para encontrar financiamiento fueron el resultado previsible de esa dinámica y, plantean Bufano y Duzdevich, del hundimiento moral de los grupos.
Es impresionante el contraste entre la elegancia y la precisión con la que los dos recuerdan y critican su paso por los movimientos guerrilleros, y el vocabulario precario con el que los hijos de las víctimas reconstruyen los acontecimientos. De un lado hay un discurso intelectual, casi académico; del otro se oyen frases interrumpidas, oraciones que se cortan de golpe, palabras que se repiten (a falta de otras mejores); en suma, personajes mínimos, gente común que se enfrenta a una cámara provista solo con la propia memoria. No matar logra registrar la honestidad de las víctimas, su dificultad al momento de encontrar los medios justos para condensar la denuncia y la ignominia de la que fueron objeto.
En la sociedad de esos años la película descubre un documento de época que la historiografía sobre el tema perdió de vista u ocultó deliberadamente. Los padres fueron asesinados para amedrentar a las empresas en las que trabajaban y forzarlas a cumplir demandas desquiciadas. Cuando se les pregunta cómo fue la vida de los padres, los hijos se refieren a personas humildes que hicieron tarde el secundario, fueron a una escuela técnica, se formaron en un oficio, empezaron a trabajar con operarios y, en algún momento, pudieron mejorar su posición laboral. La secuencia se repite en varias entrevistas y revela, aunque sea de manera subterránea, la cara más obtusa de la violencia política: el mundo mejor (lo que sea que eso significara) al que aspiraban los grupos guerrilleros iba a levantarse sobre la destrucción del que ya existía, que tenía unas condiciones de vida que la Argentina de las últimas décadas solo podría soñar. Bufano confiesa lo que ya se sabe: la utopía que él y sus compañeros pregonaban sería hoy una catástrofe parecida a Cuba o Nicaragua.
El centro luminoso de la película es Delia Lozano, que pasa constantemente de la alegría a la tristeza, como si una emoción la condujera incesantemente hacia la otra. Bajita, risueña incluso en la congoja, Lozano tiende a justificar su situación: para criticar la violencia de los grupos armados parece que debiera explicar que los delitos de la dictadura son imperdonables, que ella no los avala ni relativiza. En sus vacilaciones, en sus temblores, en la búsqueda infructuosa de las palabras precisas, No matar registra el espectáculo terrible de la víctima empujada a dar razones.
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(Argentina, 2026)
Guion, dirección: Juan Villegas. Producción: Juan Villegas, Mariana Erijimovich. Duración: 225 minutos.








