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Cine

Crítica de “Barrio triste”, film dirigido por STILLZ

LAS SOMBRAS

“I’m just another blank page, push the button, pull the rage”

Medellín, años ochenta. Un reportero televisivo entra a un barrio marginal para tratar de cubrir un supuesto avistamiento de luces en el cielo. Instantes después, tres jóvenes irrumpen en la escena y asaltan al equipo, robando la cámara y escapando sin apagarla. A partir de esta simple premisa se dispara el desarrollo de Barrio triste, primera incursión cinematográfica del artista visual STILLZ, conocido por sus trabajos en el mundo del videoclip con músicos de la talla de Rosalía, Arca, Bad Bunny, etc.

Como una especie de confluencia entre el tratamiento filo-fantástico del barrio embebido en rituales en El chico sucio de Mariana Enríquez y la liminalidad que tiende a lo infinito en los espacios de Inland Empire, esta ópera prima toma forma de metraje encontrado para adentrarse en las fauces de lo subterráneo, tratado aquí como concepto unificador. STILLZ consigue llevar a cabo, a partir de la cámara temblorosa y la baja resolución de la imagen digital, un retrato de la psiquis quebrada de los protagonistas. Jóvenes regurgitados por una sociedad que los expulsa y los obliga a volver de forma violenta a cobrar su venganza.

Resulta innegable la influencia lyncheana en STILLZ; desde el uso iconográfico de los caballos, hasta el tratamiento de las bombillas de luz como elementos enrarecedores que habitan los rincones de Inland Empire. Quizás sea por esta naturalización referencial tan marcada que las secuencias que más desentonen sean, justamente, aquellas que se oponen a una lección básica del cine de Lynch: no explicar burdamente las reflexiones hacia las cuales se quiere guiar al espectador. Me refiero a los insertos constantes de entrevistas a cámara -mitad confesionario, mitad pedido de auxilio- que se le hacen a los protagonistas, dado que en ellos se quiebra el concepto de seguimiento que rige de principio a fin el relato; mientras que los pasajes urbanos tienden a mostrar un mundo novedoso, infectado por una especie de fantasía subliminal atractiva, las escenas de entrevistas explicitan con palabras -no muy originales, por cierto- el mundo interno de los jóvenes.

Por otro lado, la cita al cuento de Enríquez no resulta casual, dado que ambos relatos comparten una construcción subtextual y silenciosa de lo fantástico. A partir de ciertos indicios (una serie de jóvenes desaparecidos, un asesino de prostitutas que se jacta en un programa de radio, una inasible luz en las alturas), el film construye la idea de que en realidad no estamos ante un retrato descarnado de lo real, sino que estamos avistando con lentes realistas un mundo paralelo, trastocado. Esta resulta ser la construcción más eficaz dentro de Barrio triste, ya que su naturaleza no está trazada de forma explícita, sino a partir de sutiles retazos macabros.

A mitad de camino entre el regodeo en la destreza visual y sonora -apalancada, en gran medida, por la banda de sonido de Arca- y una cierta falta de pericia narrativa, Barrio triste resulta dispareja, con intenciones nobles a la hora de construir un mundo lindante con el fantástico para expresar los sinuosos bordes del desamparo social, pero que muchas veces cae en la trampa de los vicios videocliperos más clásicos.

(Colombia, Estados Unidos, 2025)

Guion, dirección: STILLZ. Elenco: Juan Pablo Baena, Samuel Velazquez, Tomás Tinoco Higuita. Producción: James Clauer, Eric Kohn, Esteban Zuluaga. Duración: 84 minutos.

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