LA SOFISTICACIÓN MENOS PENSADA
Se habló y mucho sobre la serie de Moria Casán, también de paso sobre Moria, algo que podría parecer inevitable pero no lo es necesariamente. Cuando salió la serie sobre Maradona, -un conjunto de viñetas filmadas en piloto automático sobre un personaje mucho más popular que Casán-, la irrelevancia del producto no provocó más que alguna que otra polémica aislada. Infinitamente más interesante que la serie de Maradona, la serie sobre Coppola tampoco provocó que se discutiera sobre el famoso representante. La explicación en ambos casos es que la serie de Maradona se olvidaba al minuto, mientras la de Coppola contaba la historia de un maestro de la farsa, un chamuyero y un vendedor que contaba su propia vida en clave de extravagancias cuya veracidad raras veces era 100% confiable. Moria en cambio siempre hizo de su exposición pública su vida. No es que uno le creyera todo -de hecho, como veremos, parte de la gracia de la serie es que no todo es creíble- pero si le basta a uno con creer una buena parte para saber que Moria quiere hacer de su vida un objeto de escándalo, incluso si eso tuviera que derivar en que reciba juicios de valor por sus actos o insultos.
Podriá decirse que Moria no quiso tanto hacer obras maestras sino ser una obra maestra en sí misma. Casán pudo hacer cosas espantosas para la televisión o el cine, pero incluso en los productos inmutables se notó siempre una voluntad de hierro por parte de ella para saber destacar. Si uno lo piensa así, no es tan sorprendente que una serie sobre ella sea un producto de gran calidad. Moria pudo haber hecho cosas a las apuradas cuando hacía alguna película con Olmedo y Porcel -tal y como lo retrata la propia serie-, también podía meterse en polémicas de gusto dudoso, pero si el producto es una serie que gire sobre algo tan importante como ella misma, no se iba a permitir tal cosa como una medianía.
Empecemos por decir lo obvio y es que Moria, fue siempre una de las mejores jugadoras argentinas de ese juego de la televisión escandalosa que comenzó su apogeo en la década del 90. Ese juego es ni más ni menos que el de la farsa ambigua, suerte de género que cultivaron los talk y los reality show -aunque también programas de chimentos o incluso periodísticos con poca tolerancia a la ética-, consistente en ver situaciones que uno no sabía hasta que punto tomarse demasiado en serio. Gente peleándose en cámara, contando intimidades propias y ajenas, gritándose con alguna persona en el otro lado de la línea telefónica en medio de festivales de morbo y anécdotas sexuales narradas con la sutileza de la publicidad de un laxante. Es un tipo de farsa distinta a la mencionada de la serie de Coppola, más inofensiva para quien la ve. Acá, en este tipo de farsas televisivas, uno no sabía a veces si indignarse más o menos con lo que veía, sobre todo porque no sabía si había personas que estaban siendo heridas o no. Es, digamos, como lo que pasa hoy en día con el affaire Wanda-Icardi y la China, un conjunto de bizarreadas irresponsables que causan gracia hasta que uno comienza a pensar un poco que esos niveles de exposición no pueden salir gratis ni a ellos ni a los hijos de ellos.
En el caso de la serie Moria esa cuestión éticamente complicada de la lógica del escándalo, del gusto por la exposición y de hacer la propia vida privada un espectáculo, está rondando lateralmente en todos los capítulos y se cristaliza en el episodio donde la madre permite que su hija sea expuesta a la humillación pública.
También se muestra más de una vez, en la propia personalidad de Moria (que no siempre queda claro cuando está siendo auténtica, cuando está siendo exagerada para hacer un show), y en la propia dinámica de algunos programas que participa donde los límites éticos están algo difusos así como la imposibilidad de saber si la gente con la habla está actuando o no. Lo dice abiertamente Moria en un momento, cuando antes de conducir su talk-show le dice a una asistente que no quiere saber que está preparado y que no en su programa…
La serie más de una vez juega un juego similar. Hay una tensión constante en la serie de Moria entre lo aparentemente confesional y lo posiblemente exagerado o falso, entre lo que se representa en el mundo de la ficción y el uso de la ficción como un elemento de confesión.
La propia serie muestra su condción de farsa primero cambiando de actrices, segundo mostrando la situación sobrenatural de la uña, y tercero, más obvio todavía, haciendo que Moria nos deje bien en claro que ella es la que está manejando la historia, moviendo los hilos en esa maqueta gigantes que construyeron para ella y su gigantesco ego. Hay otros momentos donde esto se da de forma sutil e ingeniosa. Por ejemplo, la extraordinaria escena donde Moria empieza a insultar a su ex-pareja haciendo una escena en un lugar de la noche. La gente empieza a rodearla como si fuese un teatro hasta que de pronto un juego de edición e iluminación virtuoso nos coloca a Moria actuando ya arriba de un escenario y haciendo un monólogo cómico que cuenta, aparentemente, ese episodio de su vida. Cuanto de lo que sucedió en ese café fue real, cuanto fue parte de un monólogo es algo que no sabemos y la serie no quiere que sepamos.
Lo que si quiere dejar en claro siempre que puede es que esta serie es un ego trip bestial. Dicho término se usa más de una vez se usa para hablar despectivamente de una película o serie biopic o documental que se dedica a celebrar a un artista X y que no pocas veces produce el propio celebrado en cuestión. Los llamamos a veces Ego trips insoportables sin saber que lo que nos molesta no es la egolatría sino la intención de la estrella de disfrazarlo de otra cosa. Por ejemplo, compartir una historia de superación o -peor aún- querer mostrarnos que tras esa fachada de estrella muy popular se encuentra una persona común, buen padre o madre, que le gustan las cosas simples como las reuniones con amigos o interactuar con los hijos o nietos.
Parte del encanto de Moria es que a la gran actriz argentina le importa poco y nada mostrarse común y corriente, su celebración como ser excepcional se da de forma constante, incluso groseramente explícita, mientras impunemente Moria se pone en escenas para que la juzguemos abiertamente (como sucede, por ejemplo, en aquel momento viral donde ella expresa abiertamente una noción de la maternidad, al menos, poco recomendable).
Lo que sorprende en todo caso es que la serie puede ser también particularmente pudorosa con algunos temas. La narración de la muerte de Mario Castiglione es en este sentido ejemplar. En vez de optar por filmar un funeral, o una escena con Castiglione agonizante, se hace algo increíblemente elegante. Se lo muestra un par de veces tosiendo y a su hija preocupada por él, luego una escena con él en un talkshow particularmente emotiva y luego un plano que lo deja oscurecido. Su fallecimiento no se menciona, sabemos que ha muerto solo a partir de un comentario en tiempo pasado por parte de su hija y a partir de la afirmación de Moria de que ella solo puede morirse para resucitar. La forma de la serie de mostrar el dolor de ese momento es notable: el fin de Castiglione fue tan doloroso que la serie, que se encarga de ser muy explícita en muchas cosas, decide dejarla fuera de campo.
Es una decisión sofisticada, dentro de una serie a la que sofistiación no le falta: en su mezcla de realidad y ficción, en su reflexión sobre el arma de doble filo que puede ser una autosuficiencia extrema, en el juego de poner a Sofía Gala haciendo de su madre mientras en la serie da a luz a Sofía Gala no sin antes tener sexo con quien hace de su padre. Esta sofistiación es mérito obviamente de Javier van de Couter, director y co guionista de todos y cada uno de los ocho capítulos de la serie. Pero uno supone que Moria Casán tuvo no poco que ver en el desarrollo. En todo caso, sin saber cuanto aportó cada uno, lo que es seguro es que esa sofistiación de la serie esconde también una reivindicación hacia Moria: la de que ella es, en realidad, una mujer con una inteligencia superior a la media: la suficiente como para merecer una serie que no se contente con ser una mera enumeración de hechos, sino que también reflexione sobre su personaje, sobre el contexto, sobre los límites de la representación y por ende sobre la propia serie, y también de paso sobre un oficio que Moria ejerció como pocas. No hablo simplemente de la actuación, que al menos desde hace mucho tiempo goza de cierto prestigio, sino de saber pelear en cámara, o con otra diva o no tan diva, de jugar de villana acaso porque se necesita el show, acaso porque un poco villanesca se es, de saber jugar el juego chimentero en esa televisión que parecía jugar a la intrascendencia y el entretenimiento pasatista y no pocas veces vil. Una televisión, que no parecía a primera vista querer ser parte de ninguna alta cultura.
Más de una vez, el juego en el que muchos caímos, el lugar común, era mirar lo que hacía Moria por encima del hombro, como si estuviese ligado únicamente al territorio de lo chabacano. Que tal si hay ahí, nos dice la serie, mucha más transgresión y brillantez de lo que pensamos, que hay si en ese tipo de programas que a veces llamamos trash, dándole justamente un lugar de inferioridad, puede haber más perdurabilidad de lo que estamos dispuestos a sospechar. Si hay algo que quiere demostrar esta serie y que logra con creces es demostrar que Moria fue, entre otras cosas, una reina de un reino que pensamos que no era digno de ser reinado pero cuyo manejo requiere más sofisticación de lo que imaginamos. La serie de Moria es ante todo y sobre todo una reivindicación de ese tipo particular de inteligencia, y de una forma inesperada de legado notable y trascendencia.
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(Argentina, 2026)
Dirección: Javier van de Couter. Guion: Martín Vatenberg, Javier van de Couter, Jacques Bonavent. Elenco: Moria Casán, Sofía Gala Castiglione, Cecilia Roth, Griselda Siciliai. Producción: Natacha Servi, Armando Bo, Ezequiel Olemberg.









