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Festivales - SITGES

SITGES2026 | Crítica de “The Glorious Dead”, film dirigido por John Adams y Toby Poser

Una gloriosa comunidad

El cine de terror suele tropezar con la urgencia de la explicación, con esa necesidad casi burocrática de dotar de un origen racional o mitológico a la debacle social. En el universo del colectivo Adams Family -esa anomalía de la autogestión norteamericana conformada por el matrimonio de John Adams y Toby Poser junto a sus hijas Zelda y Lulu-, el colapso carece de prólogo y de justificaciones metafísicas. Su nueva producción cinematográfica, The Glorious Dead, ratifica que el cine verdaderamente independiente y artesanal encuentra su mayor potencia allí donde los grandes estudios sólo ven la obligación del despliegue técnico. La película no aspira a la escala macroscópica del desastre, sino a la minuciosa observación de la fractura íntima de un micromundo condenado.

“Si la communitas destruye las barreras de la identidad individual, la immunitas es la encargada de reconstruirlas en una forma defensiva y ofensiva contra la misma exposición común”. — Roberto Esposito, Immunitas.

Para comenzar, la trama nos sumerge en una cotidianeidad gélida y suspendida a través de una sinopsis tan asfixiante como magnética. En un pequeño y aislado pueblo de la América profunda, la Sheriff Deb despierta frente a lo que inicialmente parece ser un domingo desalentador: las líneas telefónicas han muerto, la electricidad se ha interrumpido y una copiosa nevada amenaza con sepultar el paisaje. Sin embargo, la disrupción doméstica rápidamente da paso a lo ominoso cuando la sangre comienza a brotar espesa de los grifos domésticos, y extraños montículos de aspecto carnoso y purulento irrumpen en la tierra. En cuestión de horas, los habitantes desaparecen sin dejar rastro, criaturas grotescas acechan desde la espesura del bosque y aquellos cuerpos que el suelo ya no puede retener vuelven a ponerse en pie. Junto a su joven ayudante Mikey, la sheriff se verá obligada a transitar el colapso absoluto de una comunidad donde la paranoia cívica, los delirios conspirativos y el fanatismo religioso se propagan con mayor velocidad que la propia infección.

Resulta inevitable trazar una línea de demarcación entre esta propuesta y los cánones impuestos por los exponentes del zombie industrial, desde la lógica de supervivencia militarizada de The Walking Dead hasta la masa puramente cinética, macroscópica y digitalizada de Guerra Mundial Z. Mientras que esas producciones abordan el apocalipsis desde un realismo logístico o una épica geopolítica global, la película de los Adams propone una dimensión marcadamente onírica. Aquí, el fin del mundo no se gestiona desde helicópteros ni se mide en la caída de grandes capitales; se padece como una pesadilla lúcida en un espacio público mutado en geografía irreal. Los monstruos, modelados mediante efectos prácticos con un perturbador diseño de texturas cárnicas, no responden a una plaga informe y pixelada, sino que operan como proyecciones físicas del inconsciente colectivo descompuesto. Los Adams filman el colapso no como una gesta de resistencia, sino como la paulatina aceptación de una transformación inevitable y poética de la materia viva.

Esta atmósfera de ensoñación perturbadora funciona porque el dispositivo visual está íntimamente ligado al inconsciente y a la noción de frontera. Lo onírico en The Glorious Dead no opera como un mero artificio surrealista o un decorado estético, sino como la manifestación literal de los traumas reprimidos de una comunidad estancada. La nieve y el aislamiento geográfico actúan como una frontera física y psíquica: un limbo o zona de transición donde los límites normativos entre la vigilia y el sueño, la vida y la muerte, se disuelven por completo. Al habitar este territorio liminal, los personajes caminan por el borde de su propia cordura; los muertos que emergen del subsuelo no son invasores externos, sino el retorno de lo reprimido, proyecciones somáticas de las culpas locales y los secretos familiares enterrados bajo el puritanismo rural. Los Adams construyen así una topografía del espanto donde el paisaje exterior es el espejo exacto de la topografía mental de sus habitantes, atrapados en una frontera existencial donde el despertar ya no es una opción de escape.

Bajo esta premisa formal, cabe preguntarse por qué el film decide volver a la figura del zombie. Los directores no regresan al muerto viviente para explotar el susto fácil o la acción balística; recuperan la carga alegórica original que el género mercantilizado extravió. En The Glorious Dead, el cadáver reanimado no es un enemigo exótico; es el vecino, el pariente, el espejo de un cuerpo social desgastado que ha perdido su humanidad antes de perder el pulso. El retorno al mito del muerto que camina sirve para ilustrar cómo el horror anula la identidad y cómo los personajes reaccionan ante el vacío existencial. Lejos de sucumbir a la histeria colectiva, los protagonistas experimentan una transición psicológica hacia la melancolía y la aceptación del absurdo. El vacío no opera aquí como un abismo terrorífico que paraliza, sino como un lienzo donde la Sheriff Deb y la ayudante Mikey desarman la pesada arquitectura de sus roles institucionales. Hay una profunda dignidad en su derrota: cuando el orden civil se evapora, lo que queda no es el salvajismo, sino una desgarradora y poética ternura comunitaria. Esta claudicación ante lo inevitable subvierte la lógica del survival norteamericano tradicional; aquí, la supervivencia ya no consiste en mantener la cordura dentro de los límites de la vieja normalidad, sino en aprender a respirar dentro de la pesadilla.

A partir de este desmoronamiento institucional, la película abre un debate profundamente biopolítico sobre qué lugar queda para la ley, la civilización y la sociedad. En el tejido de la América profunda que filman los Adams, la ley civil (representada por la placa inútil de la Sheriff Deb) revela su naturaleza ficcional: una mera convención burocrática que se disuelve en cuanto las cañerías revientan y la geografía se incomunica. No hay un retorno hobbesiano al estado de naturaleza salvaje, sino la instauración de una ley natural biológica e inflexible, donde la materia reclama su derecho a la mutación. La sociedad se desintegra en su plano contractual y abstracto para dar paso a la encrucijada existencial de la comunidad frente a la inmunidad. La lógica inmunitaria —aquella que busca blindar al individuo del contagio del otro, que levanta muros empujada por la paranoia de las milicias locales— fracasa rotundamente porque el aislamiento es imposible en un pueblo sitiado por la nieve. Es allí donde surge la potencia de la communitas: despojados de la protección del Estado y de la coraza del orden burgués, a los habitantes solo les queda la exposición mutua. La inmunidad se revela como una fantasía egoísta de supervivencia cívica; la comunidad, en cambio, deviene en el destino común de compartir el mismo suelo, la misma carne y la misma intemperie.

Es precisamente en este punto donde se revela por qué la película es buena. Su excelencia no radica en la suntuosidad técnica, sino en la honestidad de su planteamiento y en la lucidez con la que el clan familiar maneja la economía de sus recursos. La dirección a cuatro manos de John Adams y Toby Poser elude deliberadamente el efectismo digital y el corte frenético para abrazar una puesta en escena de planos fijos, donde la inmensidad del blanco invernal funciona como un sudario opresivo. El guión, estructurado con una ajustada economía verbal, prefiere que el vacío semántico y el silencio construyan la alienación antes que recurrir a explicaciones innecesarias. En el plano interpretativo, el largometraje se nutre de una honestidad dramática que solo el cine familiar y comunitario puede gestar. Toby Poser compone a una Sheriff Deb despojada de heroísmo artificial; su cansancio es físico, su desconcierto es palpable y su desesperación cede ante una ternura melancólica que humaniza el relato. A su lado, Zelda Adams dota a la ayudante Mikey de una sobriedad inquietante, una mirada testigo que procesa la degradación ética del entorno sin caer en el cliché del pánico adolescente, secundadas por las sólidas intervenciones de Judith Roberts y Lulu Adams.

Ahora bien, frente a la inevitable interrogante sobre si la película da miedo en el sentido estricto del género, la respuesta debe ser negativa si por “miedo” se entiende el mecanismo primitivo del jump scare o la repulsión gráfica del gore comercial. Los Adams eluden el sobresalto efectista para sembrar algo mucho más perdurable: la angustia metafísica. El temor aquí no proviene de la inminencia de una mordedura, sino de la contemplación de un paisaje familiar que se vuelve radicalmente ajeno. Es el pavor cósmico de descubrir que las instituciones, la ley y la propia biología del entorno han dejado de funcionar, dejándonos desamparados bajo un cielo blanco que no ofrece respuestas. El horror no asusta por lo que irrumpe en la pantalla, sino por la devastadora certeza de que el orden social era apenas un frágil simulacro.

En conclusión, The Glorious Dead se erige como una obra cumbre de la resistencia cinematográfica actual, demostrando que el verdadero horror no anida en el más allá ni en la monstruosidad de la carne descompuesta, sino en la fragilidad de los vínculos humanos que se rompen mientras esperamos que deje de nevar. Al renunciar a las fórmulas complacientes de la industria y abrazar el vacío existencial con una poética desarmante, el clan Adams-Poser no solo firma su película más madura y perturbadora, sino que nos devuelve la fe en el cine como un espejo incómodo de nuestra propia orfandad colectiva.

(Estados Unidos, 2026)

Guión y dirección: John Adams y Toby Poser. Elenco: Toby Poser, Zelda Adams, Judith Roberts, John Adams, Lulu Adams, London May, Sofia Macaluso. Producción: Toby Poser. Duración: 80 min.

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