A Sala Llena

A propósito de Mala: De Madres, Desmadres y un polaco en el medio

1. Leonas. La similitud entre los afiches de Mala (Caetano) y los de Kill Bill (Tarantino) no es fortuita. Tampoco lo son las escenas de la primera que ineludiblemente la vinculan a la segunda. La película de Adrián Israel Caetano bebe de la de Tarantino mucho más allá de su espíritu clase B exploitation y trash, aunque una sea de verdadera baja producción y la otra un homenaje a ese tipo de cinematografía, con un andamiaje mucho más fuerte detrás. La raíz que da pie a la sangrienta ola de asesinatos, en una y otra, es la misma: una madre ante la pérdida de su hijo. Caetano utiliza cuatro actrices para interpretar a Rosario, bastante distintas entre sí. La principal está representada por Florencia Raggi, la más hembrona de todas, morocha de una sensualidad amazónica, avatar encargado de perpetrar los actos violentos que requieran una fuerza física mayor. María Duplaá y Liz Solari, bellezas mucho más plácidas, figuran el perfil intelectual y estratégico de Rosario (una es veterinaria, la otra policía), y cada una de estas características es concordante con el trabajo que deben realizar. Brenda Gandini es la madre original, la fuerza emocional, de quien se desprenden las otras personalidades, como si de un trastorno de identidad disociativo se tratara, cuadro manifestado en la escena de masturbación espejada y tripartita, y en el caleidoscopio que encierra su imagen íntegra: la familia, el hijo vivo.

2. Falos. Aunque la génesis de ambas revanchas sea la misma, sus desenlaces son opuestos. Beatrix va tras un solo hombre, mientras que Rosario trabaja como sicaria para otras mujeres maltratadas, aunando en ella una lucha de género que trasciende la suya personal; tal vez por esa diferencia es que Beatrix se enfrenta desde el comienzo a otras mujeres y Rosario encuentra a su contrincante femenino sobre el final, cuando básicamente descubre que no todos los tipos son una mierda. Su antagonista es una mujer discapacitada, incapaz de procrear, villana digna de telenovela barata, interpretada por Ana Celentano, que la contrata para asesinar a su ex marido, Rodrigo (Rafael Ferro), quien supuestamente la abandonó y está formando una familia con una mujer más joven. Si nos guiamos por estos detalles y por una escena final que pone a prueba nuestra capacidad de asombro y credulidad como espectadores, la mujer termina ocupando un rol instintivo y desafectado, como animal que sólo busca procrearse. Rosario, en la figura de Gandini, prácticamente viola al moribundo Rodrigo bajo la lluvia -símbolo de fertilidad-, figurando las inherentes pulsiones humanas de vida y muerte, a la vez que desde una perspectiva más psicológica que biológica se manifiesta la mujer anhelante de falo. El deseo de tener un hijo varón lo explicita verbalmente el personaje de Juana Viale en su primera aparición, y Rosario lo suplanta con pistolas, cuchillos y también con el caleidoscopio de su hijo, elementos sumamente fálicos. Surge, entonces, un punto de inflexión en su discurso que habrá que tener en cuenta a la hora de hacer lecturas sobre el valor feminista de la película, homilía enarbolada por algunos medios de comunicación al hablar del estreno y mediante entrevistas realizadas a su director.

3. Pirañas. En Mala también hay dos escenas que remiten a películas de John Carpenter, entre ellas Christine, en la que subyace el símbolo de la madre castradora. En una conversación el auto es comparado con una mujer madura y sexualmente activa, y la puesta en escena una a Christine con la madre del protagonista a través del uso del color rojo. Sangre, sexo, deseo y represión. Jakub Erol, artista perteneciente a la escuela moderna de afiche polaco, plasma de manera sumamente lúcida este subtexto de la trama en su afiche para la película, realizado en 1985, dos años después de su estreno en Estados Unidos. Esta corriente de afiches polacos de cine se caracteriza por ser expresiones artísticas y líricas de lo simbolizado en los films, antes que ser funcionales a un sistema de marketing que busque atraer espectadores a las salas. De hecho, muchas de estas obras no se aprecian de igual forma si uno ha visto o no la película. Erol elimina por completo los colores que rebosan en la pantalla para darnos el retrato frío de una boca abierta, semejante a la de una piraña, con dientes entre animales, humanos y vampíricos, y que hace pensar en la leyenda de la vagina dentata. Pez carnívoro y castración se unen en la descripción que hace de Erich Neumann, psicólogo israelí discípulo de Jung, de uno de sus mitos: “…un pez que habita en la vagina de la Terrible Mother…”. Aunque Mala no prefigure una relación madre/hijo de este calibre, el complejo de castración es un fundamento básico de su historia, como ya quedó claro en los párrafos anteriores.

4. Desmadres. La película de Caetano toma mucho de la estructura narrativa de las rape and revenge, protagonizadas por heroínas que simbolizan una justicia ausente en un mundo en que los niveles de violencia de género contra la mujer alcanzan, cada vez más, cifras alarmantes. Pero no hay que olvidar que estamos ante cine de explotación, por lo que el tono representativo de su puesta en escena no será realista y mesurado, si no que rozará inevitablemente el absurdo, la exageración y cierto grado de incoherencia. La persecución policial de una ineficiencia irrisoria que ocurre al comienzo, la presencia de Juana Viale, el final que es casi un paso de comedia, y algún que otro detalle más, no pueden (ni deben) ser tomados en serio. Mala no es para ver desde una mirada académica o purista; hay que verla desde el lugar más visceral y primario, tarea que resultará mucho más fácil a quienes hayan alimentado ese costado de su cinefilia. Pero tampoco deberíamos tomarnos en serio la escena en la que Beatrix Kiddo se enfrenta a la banda de los 88 maníacos en Kill Bill, aunque su estilización sea mil veces superior. Esencialmente este cine es el de la experiencia desintelectualizada frente al espectáculo bruto de los impulsos más elementales y latentes en todo ser humano, espíritu que se extiende a películas de realizadores nacionales como Campusano (Vikingo, Vil Romance, Fango) o Loreti, que justamente en su ópera prima Diablo tributa a Tarantino y otros directores de la violencia innata. Lo indefendible de Mala es la irregularidad o el desorden que provoca con la inclusión de escenas irresueltas o personajes transitorios presentados como de mayor importancia, y que la deja expuesta como blanco fácil de gran parte de la crítica que la está atacando.

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