A Sala Llena

A Roma con Amor, según Cecilia Martínez

La Impunidad de la Tercera Edad

Woody Allen está en un momento de su vida en el que puede hacer lo que se le cante el culo. Y está muy bien. Tiene la plata, el renombre y todo eso que se necesita para hacer lo que a uno le venga en ganas. Incluso, si usara un bastón, seguramente iría por la calle golpeando a la gente con él, y eso sería genial y lo convertiría en mi ídolo.

Ese gran poder divino del que goza lo llevó ahora a hacer esto que se llama A Roma con Amor. Si existe un hilo narrativo conductor en esta película es, sin lugar a dudas, el absurdo. Todo está concatenado y yuxtapuesto por un gran sentido del absurdo y un humor ácido y sarcástico. Gracias a Alá, no estamos ante una historia coral -estilo con el que ya nos deleitaron Iñárritu y otros genios- sino ante un pastiche de historias que nada tienen que ver una con otra, excepto, vuelvo a repetir, por el ridículo. Que esta película tiene miles de millones de trillones de influencias de cineastas italianos clásicos a mí, sinceramente, me ne frega bastante; eso se lo dejo a mi colega RW; “knock yourself out”, como dirían los yankees. En fin… la única referencia a la que voy a hacer mención es cierto estilo felliniano que tiene el film, representado en los excesos, en el caos, en el griterío, en el descontrol y, por supuesto, en las tetas de Penélope Cruz… ¡esas sí que son tetas fellinianas! (pero ya voy a volver a este punto más adelante).

Volviendo al absurdo, éste atraviesa trasversalmente todas las historias que el maestro Woody Allen decide contarnos. Y no solo contarnos, sino también burlarse de ellas. Porque Woody se burla de todo y de todos, de sus anteriores obras y de todo lo que en ellas expuso. Es la autoreferencialidad en su máxima expresión. Woody se ríe de sí mismo, de sus neurosis y de sus personajes neuróticos. Siempre lo hizo, en mayor o menor medida, pero acá se va bien al carajo. Woody se ríe de los enamorados, de los amores soñados en ciudades soñadas que tanto enalteció en algún momento; de las familias sanguíneas y políticas de los enamorados; de los artistas, de los músicos, de Puccini y Caruso, y de los que contratan a los artistas; de la fama, los famosos y los boludos que siguen a lo que sea o a quien sea que esté de moda; de las modelos huecas con tetas grandes y de los actores de renombre con cerebro chico; de los viajes para reencontrarse con el pasado; de las parejas enamoradas y de los idiotas que buscan en cualquier minita pseudo-intelectualoide una fantasía pedorra para no sentir que su vida es tan patéticamente monótona; de los intelectuales, los comunistas y los que son “extremadamente de izquierda”; de las prostitutas, de sus clientes, de los pacatos, de los cuernos, de los que cogen y de los que no cogen. En fin, Woody Allen se ríe de todo. Y, para ayudarlo a reírse, ahí está Alec Baldwin, en el mejor personaje de la película, estilo Jack de 30 Rock, una especie de voz de la conciencia materializada en un tipo de 60 cansado de la vida y de todas las pelotudeces de la vida, que aconseja a Jesse-Social Network-Eissenberg, a una de las Damsels in Distress de Whit Stillman, en más distress que antes y con la misma cara de nada que antes, y a una Ellen Page que bueno, simplemente es ella misma. Creo que igual su personaje está correcto, pero no dejo de verla con la panza enorme y con esa cara de ciervo huérfano (aunque en esta película pesa como 30 kgs menos que en Juno, o sea que pesa alrededor de 10 kgs). Es así como Alec Baldwin funciona como voz interior aleccionadora de ellos tres y, en algún punto, de todos nosotros. Y así es como se va desarrollando la película. Contar algo del argumento sería una estupidez cabal, ya que su naturaleza absurda impide cualquier tipo de spoiler.

A Roma con Amor tiene muchas cosas que suelen gustarme de un film pero, por algún motivo, no me gustó o no pude conectarme demasiado con ella. Creo que tiene que ver con una sobre-exageración o cierta intención hiperbólica por parte de Allen, que toma estas tres o cuatro situaciones, las chupa, las mastica, las deglute, las regurgita y nos las vomita en la cara, para que hagamos lo mismo. ¡Así no! El humor solo funciona cuando él está en escena porque, después de todo, WA es WA y el solo hecho de verlo o escucharlo hablar ya es motor de carcajada. Ahora, el humor en el resto de los personajes es tan pero tan explicado e intencionalmente obvio que, paradójicamente, brilla por su ausencia. (Benigni es Benigni, haciendo monigotadas dignas de subnormales en la Vida es Bella o saltando por las butacas para recibir el Oscar).

No sé. Tal vez mi disconformidad tenga que ver, además, con las expectativas previas, o tal vez con el sillón demasiado cómodo del Hoyts Dot Premium, que me acogió con todo su cuero negro y me sumió en una pachorra hermosa, mientras degustaba los restos de medialunas que tenía en la boca. O tal vez fueron las tetas de Penélope Cruz, su irrupción y mis pensamientos de “¿qué haría yo si tuviera eso?”, o “¿qué haría yo con ella si fuera hombre o si fuera yo misma?” o “¿qué voy a hacer cuando salga de acá con la persona que tengo al lado?”. En fin, no viene al caso, el punto es: la película es un divague.

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