A Sala Llena

¿Bailamos?

Ya les he contado un número razonable de veces, que mi pasión inicial en la vida fue la danza y que, en consecuencia, fui bailarina muchos años. Si, durante toda la primera parte de mi vida, fui bailarina. Es más, no tengo recuerdos de la infancia en los que no me encontrara ya bailando. Ahora bien, por alguna razón y en algún misterioso momento, la felicidad de bailar se me escapó. El entrenamiento casi excesivo, el cuerpo que no podía retener toda la técnica que necesitaba, docentes indiferentes al punto de la crueldad, una voluntad quebrantable, la falta de reafirmación y vaya a saber cuántas cosas más, me distanciaron de manera radical de un lenguaje que había estado conmigo desde que tenía memoria. Cuando digo “de manera radical” no estoy exagerando. Durante años no pude ni siquiera asistir a espectáculos de danza. Me resultaba insoportablemente doloroso.

Si me lo preguntan, creo que el lenguaje de la danza nace con todos nosotros. Todos venimos al mundo sabiendo bailar, absolutamente todos. Es solo cuando intentamos hacerlo como el mundo considera que es “bello”, que empezamos a volvernos torpes e inadecuados. Comenzamos así a dejar de danzar como nacimos sabiendo, a alejarnos de nuestro lenguaje primigenio y a abandonar también, paulatinamente, nuestra expresión natural y placentera. Ya nos hemos percatado de que los niños bailan de manera desinhibida durante toda su infancia. Se mueven frenéticamente, hacen ruido, se zarandean como locos, sacuden las caderas, saltan y casi alcanzan un estado de completa comunión con el universo. Tienen con el cuerpo una relación perfecta y orgánica y el alma puede expresarse puramente a través de ella. Pero a medida que van creciendo y civilizándose, abandonan esa maravillosa condición y se unen a nosotros en esta marcha de conexión intermitente con la carne y los huesos.

Para mí, la danza es una de las formas de expresión más puras del ser humano. Un canal en comunicación directa con la divinidad, con esa parte nuestra que vive en el todo absoluto del universo. Cuando una persona baila realmente, establece un nexo innegable con el cosmos y es en esa experiencia vital y arrolladora, en la que se encuentra más cerca de Dios.  Cuando danzamos, cuando estamos sumergidos en ese dictado maravilloso del cuerpo y del alma, podemos encontrarnos y relacionarnos de manera natural con nuestra verdad escondida. La mente se evapora. Somos uno con el todo y el todo está en nosotros. Muchas veces, cuando ya hemos caminado muy lejos de ese lenguaje tan nuestro, suele asaltarnos la angustia. Galeano diría que es la tristeza propia del que se sabe mortal sobre esta tierra. Yo creo que algo de eso hay, y hoy quiero hablarles de una película que parece una comedia romántica pero que, en el fondo, es mucho más que eso.

En ¿Bailamos? Richard Gere interpreta a un abogado exitoso de Chicago, que vive en los suburbios de la ciudad, con su hermosa mujer Beverly (Susan Sarandon) y la hija menor de ambos. También tienen un hijo varón, mayor, que ya asiste a la universidad y no vive más con ellos. El tipo lo posee todo: una mujer que lo ama (y a la que ama también) y es bellísima, hijos felices y sanos, una hermosa casa, un trabajo estimulante y, por qué no decirlo, una pinta criminal.  Pero, por alguna razón que no llega a descular, no se siente completo, no encuentra realización verdadera. Esto no representaría un verdadero problema, si no fuera por el hecho de que, mientras la película avanza, él comienza a sentirse realmente perdido, casi miserable. Como haría cualquier hombre que está por tocar los cincuenta y empieza a tener miedo de morir, piensa que la solución está en una aventura con una mujer más joven. Motivado por eso, se inscribe en un estudio para tomar clases de Baile de Salón en donde, “casualmente”,  trabaja la muchacha en cuestión, que viene siendo Jennifer Lopez. Por supuesto, de lo único de lo que él se termina enamorando, es de la danza misma y  solo con ella tendrá su aventura. Mientras tanto su mujer, inquieta, contrata a un detective privado solo para descubrir que su marido, tiene un romance con el baile.

Tal vez porque en el guión de Audrey Wells se cuela el aire de oriente de la película original de Masayuki Suo en 1997 o, tal vez porque la tristeza de Gere y el desconcierto de Sarandon traspasan de manera sensible la pantalla, es que esta cinta es mucho más de lo que se ve a simple vista. Con unos pocos gags obvios y muchos deliciosamente sutiles, el universo del film es sustanciosamente emocional e inteligente. Claro está que el elenco es soberbio y eso constituye la parte más sólida de la verdad de la película. Tanto Stanley Tucci, en el rol de un colega de Gere que baila hace años pero lo oculta, como Richard Jenkins, en la piel de un detective privado un tanto deslumbrado con esta esposa que requiere sus servicios, resultan absolutamente deliciosos. Convierten, como solo ellos saben, cada escena en la que intervienen en una experiencia brillante, enriquecedora y peculiar. Todos los rubros técnicos son remarcables, sobre todo la fotografía de John de Borman. Y la música no es más ni menos que espectacular. Pero lo mejor que tiene esta película, es el viaje profundo de su protagonista de vuelta hacia su alma.  Este hombre, absolutamente común, intuyó que la tristeza que lo agobiaba era la puerta de entrada a redescubrirse, reconectarse, a encontrarse otra vez con su cuerpo y con su lenguaje dormido. De alguna manera, eso equivale a volver a ser joven y todos sabemos que la fuente de la felicidad es hermana gemela de la fuente de la juventud.

A esta columnista le gusta hablar seguido de películas pequeñas o incluso intrascendentes. Y, para algunos de ustedes ¿Bailamos? sea, tal vez, las dos cosas. Pero déjenme discrepar enfáticamente y decirles que hay un pequeño secreto escondido en ella. Una gema vetusta, pero de verdadero valor. Para quienes hemos hecho de la danza una manera de vivir por mucho tiempo, esa joya no pasa desapercibida ni siquiera detrás del encanto de Gere o la presencia escénica de Sarandon: La verdadera danza es la forma que tiene el alma de transferirle al cuerpo su condición de eterna.

En este film, las minucias de la vida cobran colores nuevos e infalibles. Cada momento cotidiano va tornándose anecdótico, subrayado, particular. Y todo eso vamos viviéndolo de la mano de un hombre que no tiene nada, pero nada de diferente a nadie. Nada lo convierte en especial y, aún así, vuelve a mirar su vida desde una perspectiva renacida, estimulante y llena de posibilidades.

Queridos amigos, permítanme recomendarles de manera entusiasta esta película. Por estos días TNT la pasa a cada rato. No se la pierdan. Salgan a pachanguear con ella que se la va a bancar bien y va dejarles una buena sensación, emparentada con el acierto y con la alegría. Y bailemos amigos, bailemos con nuestro dedo pulgar, o con nuestras pupilas desparejas, o pestañeando a penas, o retorciéndonos como espirales de sangre. No importa cuán minúscula sea la porción de cuerpo que se mueva, bailemos hasta desaparecer, llenos de energía, de furia y de belleza.

El que quiera arrancar que me cabecee nomás, que en el próximo tema salimos.

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