A Sala Llena

Altos instintos…

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Por estos días, me topé en la televisión, con una película de la que había querido hablar desde hace mucho tiempo ya. De hecho, no me decidía a meterme con ella, porque no sabía desde donde abordarla. Quiero decir: tiene muchísimas aristas que a esta columnista le interesa desarrollar y no podía terminar de elegir el punto de vista del abordaje. Finalmente, y después de verla una vez más, me decidí a abordarla por todos lados.

La película tuvo críticas dispares. De hecho  creo que, en algunos casos, casi se ensañaron con ella. Yo con esto último, por supuesto, estoy en amplio desacuerdo pero, debo decir que se me fue metiendo en la piel de a poquito, como un gusto adquirido. Lo que más me llamó la atención la primera vez que la vi, fue el estado de total perplejidad en el que me dejó. A decir verdad, no sabía si me había gustado o no, pero sentía una cosquillita en la panza, que me hacía pensar que algo había allí que me había conmovido y mucho. Lo que sí recuerdo claramente, fue preguntarme tres cosas bien particulares: ¿Cómo carajo hace Gene Hackman para ser tan espectacularmente bueno haciendo westerns, cómo es que Leonardo DiCaprio no es todavía un héroe mundial (corría el año 95) y quién es ese robustito cachetón, que hace de cura y al que, por alguna razón misteriosa, quiero sacarle la ropa con los dientes? Las respuestas a estos interrogantes, me las fue dando el tiempo. Hackman es un maestro no importa qué le pongan en frente, DiCaprio hizo Titanic en el 97 y dejó a todo el mundo con la boca abierta, pidiendo pista y el “robustito cachetón”, era nada menos que Rusell Crowe, que en 2000 se descolgó con Gladiador de Ridley Scott y se convirtió en uno de los batacazos más grandes de la historia del cine. Por supuesto, en este punto, ya debieron darse cuenta de que estoy hablando de Rápida y Mortal. El western protagonizado por la peculiarísima Sharon Stone y al que, estoy segura, la historia le hará justicia.

La cinta es dirigida por Sam Raimi, y eso se nota y mucho. Al tipo le gusta el exceso, pero no cualquiera: lo que le copa es el exceso de género. Si, al viejo Sam, le gusta llevar el código hasta las últimas consecuencias y más allá. Eso, muchas veces, redunda en una especie de artificialidad rutilante en la pantalla, que termina yendo en detrimento del producto final, sobre todo para el ojo de los “fundamentalistas” del lenguaje cinematográfico. Muchos piensan que Raimi, termina casi caricaturizando los géneros y eso les da por el quinto… A simple vista, este podría ser el caso de la cinta que hoy nos convoca, pero si nos detenemos en ella sin prejuicios, veremos que no. Una de las cosas más grosas de este film, son sus extremos.

La plantilla del spaghetti western se hace sentir profusamente en la factura visual y en el guión de Simon Moore, que pecaba casi de ingenuo, si no fuera por el hecho de que encerraba una trampa maravillosa, que lo redimía por completo. Pero para adentrarnos en ese asuntito, primero debemos hablar un poco de la trama.

La estrella de Bajos Instintos es introducida como protagonista, pero también como coproductora de la cinta. Su personaje, Ellen, es una pistolera que vuelve al pueblo de Redemption, a vengar la muerte de su padre, un sheriff honesto, a manos del actual alcalde. Para hacerlo, se involucra en un torneo de duelos a muerte, en el que participan los más rápidos del oeste. El villano, Herodes (Hackman), también es pistolero, y muy famoso además. Aparentemente no ha dejado títere con cabeza en sus años mozos y era popular por cabalgar en comparsa con una serie de asesinos, vagos y mal entretenidos, que aterrorizaban la zona. El hombre a vencer tiene un hijo (DiCaprio), sobre cuya legitimidad hay sombra de duda. Por ese motivo, además de un gran componente de arrogancia, también compite en el torneo y trata de ganarse el respeto de su padre. Finalmente, pero no menos importante, nos encontramos a Cort (Crowe), un ex compañero de andanzas de Herodes, devenido en arrepentido primero y en predicador después, que trae de los pelos al alcalde. El malo de la película, no puede aceptar el proceso de redención de su ex secuaz y desarrolla en torno a él una secuencia de celos, torturas, seducción y maldad, que terminará por conspirar en su propio maleficio. Así está compuesto el cuarteto estelar y la acción se dirime entre estos personajes, tratando de gestionar su faena individual, mientras los demás se cagan a tiros a diestra y siniestra.

Ahora bien, la protagonista es la Stone, y en esto reside la trampita brillante del guión, pero en su infinita inteligencia (y lo digo literalmente, Stone es superdotada, su IQ fue medido unas 40 veces) se corre del nudo real de la acción lo suficiente, como para que la posta la tomen Crowe y Hackman. El duelo verdadero de la trama recae sobre ellos, mientras que el conflicto de Ellen, se dirime en forma personal y solitaria. Herodes no sabe que ella es su enemiga, hasta el final de la película. Esta maniobra, muy al estilo Eastwood, vuelve la cosa mucho más espesa, corpulenta y efectiva. Es cuando leo que la performance de Sharon es chata y uniforme, cuando se me paran los pelos de la nariz y me da por patear el tacho de basura. Primero: Su composición es estereotipada sí, pero no más que ninguna de las del ya mencionado Clint y, ni hablar de las de John Wayne. Por otra parte, este estereotipo responde de manera orgánica, al código extremo de la película. Su pistolera, es la versión femenina de un personaje que venimos viendo desde que el cine es cine. Pero no se equivoquen, ella la vuelve vulnerable, con una fragilidad palpable y sensual, que hace que la factura final de la performance no solo sea femenina, si no también humana y encarnada. Sabemos que no es la Streep, pero es lo suficientemente astuta, sensible y talentosa (sobre todo en este proyecto) como para saber cuándo correrse de la acción y darle paso a un duelo dramático más rico, entre dos actores formidables, que terminan dándole un gran acabado a la película, la dejan a ella bien parada en su protagónico y, si es posible, brillando más y mejor.

La fotografía de Dante Spinotti, en tono con el montaje de Pietro Scalia, le dan el gusto a Raimi olímpicamente y otorgan al film una textura “híper estética”, que lleva el lenguaje elegido por el director al infinito y más allá. Pero lo que en verdad se roba la película y nos deja silbando bajito, es la música. Alan Silvestri compone una banda sonora tan de western, que se te caen las pestañas. Está llena de viento, de misterio, de peligro, de muerte y de esperanza. Se te instala en la mente y no te abandona jamás. Suena a lo largo de la obra, regalándole clima, espíritu, sensualidad, voluptuosidad y densidad. NO SE PUEDE CREER. Hace rato que la vengo campeando pero no la consigo. Sería bueno que mi amigo José Luis De Lorenzo, que la tiene encanutada, se solidarizara y me la pasara por unos cuantos días.

Por lo demás, quiero reivindicar esta cinta de manera categórica. Primero porque me gusta, segundo porque es llevada adelante por una mujer a la que admiro profundamente y que se mete de manera más que arriesgada, a domar un género de hombres; y tercero, porque no pueden dejar pasar esta oportunidad de ver a pesos pesados de la industria, batirse en duelos dramáticos maravillosos cuando todavía, a algunos, nos los conocía ni la vieja.

Háganme caso, vuelvan a esta película cada vez que puedan y llénense los ojos y el espíritu de una obra peculiar, arriesgada y de altos instintos cinematográficos.

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