A Sala Llena

Anna Karenina, según Elena Marina D’Aquila

Una tragedia de adaptación.

El director Joe Wright y su actriz fetiche, Keira Knightley vuelven a colaborar por tercera vez, pero en ésta oportunidad, la adaptación de la famosa novela de Tolstói no capta la esencia de la historia. Wright la sitúa en un mundo teatral y de fantasía, haciendo de esta obra por momentos un musical entre opereta y ballet. Algunas escenas tienen lugar en el escenario de este inmenso teatro ruso, otras al pie, entre bambalinas.

Todo muy lindo, hasta que molesta. Cada plano es de una estilización a veces hasta irritante -como el de los amantes desnudos entre sábanas, o muy extenso  como el del gran baile. En esa escena, Wright utiliza el mismo recurso que en Orgullo y Prejuicio: cuando Anna Karenina y el Conde Vronsky bailan, primero congela a todos los demás que se encuentran en el salón y luego los elimina del plano para dejarlos solos a ellos bailando y disfrutando de ese momento íntimo y de ensueño. Pero lo cierto, es que resulta imposible como espectador, entrar en este mundo que propone Wright, y sentir algún tipo de autenticidad en las situaciones o los personajes, con los que no puede establecerse una conexión. Creo que ha llegado el momento en el cual ya resulta fastidioso ver a Keira Knightley -con sus sobreactuadas muecas- como protagonista de una película de época. Su personaje no tiene matices y no hay química entre ella y Aaron Jonhson que interpreta a su oxigenado amante, ni la más mínima pasión en el relato, que es un pastiche coreografiado.

El director falla esta vez, porque está tan obsesionado con el diseño estético, las imágenes, y la puesta en escena completamente teatral que deja de lado la emoción y la historia de amor de la que trata esta obra. El suspenso que intenta conseguir en algún momento, es un sin sentido dentro de la propuesta y la búsqueda de comicidad a través del personaje que interpreta Matthew MacFayden, es en vano porque está tan sobreactuado que parece una marioneta de gestos con bigote. Los personajes masculinos están excesivamente afeminados -sobre todo el Conde Vronsky-, despojados de cualquier atisbo de virilidad. El único que conserva algo de masculinidad es Jude Law, cuya sobria actuación contrasta con la de la parejita principal. Todavía no logro entender el propósito de la historia de amor secundaria entre  Kitty y Levin. Lo único que hace es ralentar la narración, que se detiene demás en algunos momentos -vaya uno a saber por qué- y sean bienvenidos al trágico aburrimiento.

Con su pretenciosa propuesta, Wright nos subraya todo el tiempo con marcador indeleble, cada metáfora visual y al teatro o el escenario infinito y laberíntico, como símbolo -y metáfora también- de la sociedad zarista, testigos de los escándalos como si fuesen un espectáculo y del personaje de Anna. Quizás hubiese ayudado, que los 35 millones de euros que se gastaron en la construcción de un sólo set -el teatro-, trencitos en tamaño maqueta y casas de muñecas, se hubiesen empeñado en recrear la Rusia del siglo XIX.

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Por Elena Marina D’Aquila

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