A Sala Llena

#CANNES75 | Cannibalismos 06: Cuerpos

En 1970 David Cronenberg rodó su segunda película y la tituló Crimes of the Future. No es habitual que un director repita un título, de no mediar un remake. El único caso parecido que me viene a la cabeza es el de Alfred Hitchcock, que tiene un Sabotage (1936) y un Saboteur (1942) que son muy fáciles de confundir, y solo eso. Sin ninguna relación con aquella película primeriza, Cronenberg tiene unos nuevos Crimes of the Future, en Competición en Cannes. Seguramente le gustaba el título o fue pura pereza, pero, como sea, resulta paradójico dado que esta es una película muy generosa con el vocabulario, pues abundan los nombres de instituciones o máquinas que definen ese futuro que Cronenberg diseña desde la más pura serie B, lo artesanal y lo mecánico: un retorno a los orígenes. Y quizás sea ese el guiño que nos quiere hacer pues Crimes of the Future es una película muy depurada, de planificación rigurosa y un cuidado en los encuadres que parecen remitir a otra época (en Cannes solo Don Juan de Serge Bozon rivaliza en este aspecto con Cronenberg).

Pero lo que de verdad importa es que nos encontramos ante un Cronenberg puro que centra todo su interés en el cuerpo humano, como no lo había hecho al menos desde eXistenZ, de 1999, por más que esta sea una película muy cercana a Crash (1998) en el sentido de que es una película erótica. “La cirugía es el nuevo erotismo”, se dice en un determinado momento, pues el mundo que retrata ha priorizado el diseño de nuevos órganos, que se tatúan e incluso se heredan genéticamente, y los personajes se meten en sarcófagos que disponen de bisturís que les provocan incisiones o, directamente, les abren las carnes para extraer esos órganos rediseñados. Es curioso que Crimes of the Future se proyectase el mismo día que lo hacía en la Quincena De Humani Corporis Fabrica, un documental de Verena Paravel y Lucien Castaign-Taylor… sobre el cuerpo humano. Los directores filman en una serie de hospitales a distintos pacientes, pero también se sirven de las filmaciones médicas de operaciones, que ocupan la mitad del metraje. La película propone un viaje por un hospital que termina en la morgue, un viaje desasosegante y no sé hasta qué punto necesario. Las imágenes de las operaciones, con las microcámaras médicas, adquieren por momentos una cualidad abstracta cercana a las películas pintadas. Es cierto que el cine ha querido mirar siempre hacia el exterior y que las imágenes de nuestro cuerpo han quedado relegadas a fines médicos. No obstante, las que utilizan Paravel y Castaing-Taylor tenían también esa finalidad; por suerte, los directores non han podido entrar en el cuerpo humano con el objetivo de buscar imágenes tan bellas al menos como las que obtenían en aquel barco de pesca de Leviathan (2012), una película ejemplar en su combinación de documental etnográfico y cine experimental. Hay ciertos tabúes que conviene respetar, al menos en el documental.

Nada de eso hay en De Humani Corporis Fabrica, una película que renuncia a cualquier didactismo o vocación observacional y cuyo discurso parece limitarse a buscar el impacto en el espectador, que este aparte la mirada (algo que consiguen los documentales médicos con cualquier espectador ocasional y no profesional). Viéndolo me acordé de La sangre de las bestias, de Georges Franju, como si Pareval y Castaing-Taylor nos quisiesen alertar de algo terrible que pasa en los hospitales, pero no sabría decir qué es eso que pretenden demostrar o denunciar. En todo caso, las imágenes que ellos toman en el hospital y la morgue tampoco destacan por su tacto, solo por una cualidad intrínsecamente repulsiva. Y esa es la gran diferencia con Cronenberg, que, por lo demás, trabaja con actores y prótesis. No sé si fue por haberla visto después de De Humani Corporis Fabrica, pero lo cierto es que Crimes of the Future está muy lejos de ser esa película impactante de la que hablaban las crónicas previas al festival. Más bien al contrario, no solo es una película muy bella, sino que sus personajes utilizan su cuerpo y sus modificaciones genéticas con fines artísticos. Algunas de las últimas películas de Pareval y Castaign-Taylor son, por el contrario, propuestas artísticas, para el museo, en sí mismas. En Cronenberg la carne sangra, sí, pero poco, y el sarcófago de autopsias es más un juguete sexual que otra cosa.

Hay más cadáveres en Holy Spider, de Ali Abbasi (Competición), un thriller muy sólido (con un discurso un tanto problemático) que desarrolla dos tramas paralelas desde el inicio: por un lado, el asesino que recorre las calles de la ciudad santa iraní de Mashhad matando prostitutas; por el otro, la periodista que llega desde Teherán para investigar los crímenes del llamado “asesino de la araña” por la forma en la que envuelve a sus víctimas después de matarlas. En consecuencia, la película no plantea en ningún momento un misterio en torno a la identidad del asesino, sino simplemente en qué momento se cruzarán las dos subtramas, cuando descubrirá la periodista al asesino o viceversa. La periodista tiene una sospecha, que detrás de esta serie de asesinatos (hasta 16) hay un motivo religioso, por lo que teme que los clérigos torpedeen la investigación. Y, efectivamente, esta es la tesis de la película: el asesino se acabará convirtiendo en un héroe popular que, muy probablemente, acabará generando nuevos monstruos, empezando por su propio hijo. Pero, más allá de la crudeza de algunos crímenes, lo que sorprende en esta película de Abbasi es su defensa final de la pena de muerte. En los últimos años hemos visto distintas películas iraníes que denunciaban la pena de muerte en su país como para que podamos aceptar con toda normalidad, aunque la película se ambiente a principios del siglo XXI, que, de algún modo, se justifique el ojo por ojo.

Hay varias muertes y sus correspondientes cadáveres en Decision to Leave, de Park Chan-wook (Competición), pero son muertes un tanto absurdas, con un cierto aire cómico, por más que estemos ante una investigación criminal que puede recordar a la de Bajos instintos, solo que sin sexo, por la fascinación que un inspector de policía siente por la viuda y potencial sospechosa de la muerte aparentemente accidental de su marido. Aquí también en ecos de Vertigo, claro, sobre todo cuando la acción cambia de ciudad y la mujer de peinado y marido. El policía sigue obsesionado por ella, pero todo es demasiado confuso y reiterativo, una pasión tan contenida que la marea acabará borrando sus pocas huellas.

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