A Sala Llena

Carrie

(Estados Unidos, 2013)

Dirección: Kimberly Peirce. Guión: Roberto Aguirre Sacasa. Elenco: Chloe Grace Moretz, Julianne Moore, Judy Greer.  Producción: Kevin Misher. Distribuidora: Sony Pictures.  Duración: 100 minutos.

High School Musical meets Destino Final.

Hay películas que por más años que tengan, nunca pierden su poder de impacto en el espectador. Carrie de Brian De Palma es una de ellas. Hablamos de una conjunción de elementos que funcionan en una armonía perfecta: la banda sonora de Pino Donaggio -empapada de un lirismo melancólico-, el tono operístico y exacerbado puramente depalmiano, y actuaciones descomunales. Todo estaba planteado desde aquel prólogo en las duchas, ese inolvidable travelling por el vestuario donde se introduce la desnudez femenina con planos detalle de Sissy Spacek enjabonándose. Ese prólogo es dueño de una sutileza y un nivel de virtuosismo estético que impacta. En la remake de Carrie, a cargo de Kimberly Peirce, no hay sexualidad, no hay tensión, ni se crean climas. Peirce se propone copiar plano a plano la versión original en una suerte de versión ATP pero sin ningún vestigio de virtuosismo técnico, estético o narrativo. Peirce reproduce pero no sabe qué, ni cómo o por qué.

De hecho, hasta copia la escena más floja de Carrie -la de los smoking- con una música pop electrónica que no aporta nada más que otra mala decisión a la película.
Viendo Carrie sentí algo parecido a lo que me pasó con Psicosis de Gus Van Sant, pero en Peirce ni siquiera se puede hablar de una estilización de los planos. Los dos casos son remakes innecesarias de películas que tanto hoy en día como en miles de años, van a seguir siendo igual de efectivas que al momento en que fueron filmadas. Ambas remakes ponen en evidencia de manera grosera lo que en las versiones originales funcionaba como subtexto y era tratado con la mayor de las sutilezas. Un ejemplo de esto en la versión de Peirce es el momento de la muerte de la madre: es apuntada por una cantidad desorbitante de tijeras, agujas, cuchillos y todo elemento puntiagudo existente, antes de morir.

En cuanto a las actuaciones, nada de lo que haga Moretz a nivel corporal podrá asemejarse a lo que hizo Spacek. La actriz agita los brazos, frunce el ceño, tuerce los labios y realiza movimientos que se asemejan más a una mezcla entre la niña de El Exorcista o Emily Rose y la Mujer Invisible creando un campo de fuerza. En cambio, en Spacek no hay interpretación. Lo que hay es una simbiosis entre ella y Carrie; son la misma persona. Hay una fusión perfecta entre actriz y personaje que impacta en su carácter angelical. El problema con los personajes de Peirce es que no son adolescentes reales sino muñecos, apenas monigotes imitando a cierto estereotipo de adolescente de película indie de temática bullying. Todos los personajes son unidimensionales, no pueden ser más de lo que su arquetipo deja a la vista. Incluso Julianne Moore está burdamente caracterizada como una bruja loca y fanática religiosa, pero su personaje no se permite ser explorado o profundizado. El film no se asoma ni cerca al nivel de crueldad, sometimiento y perversión que trabajó De Palma en la relación madre-hija.Peirce pudo copiar todos los planos de De Palma pero hay algo que es imposible de imitar cuando no hay personalidad detrás de una obra: el virtuosismo de un director cuya visión del mundo se expresa a través de su arte, haciéndola trascender en el tiempo. En el caso de la remake de Peirce, su paso por la memoria del espectador será tan fugaz como la de una moda pasajera.

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Por Elena Marina D’Aquila

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