A Sala Llena

Chamuyito amoroso, de vuelo tropical…

Son las cuatro menos veinticinco de la mañana y estoy en el aeropuerto de Ezeiza, escribiendo la columna. Me dejé estar un poco, debo confesar, con el trajín de los preparativos del viaje y las diligencias para dejar todo listo en casa.  Nos estamos yendo a Aruba con mi Bebi y las cosas esta semana han estado medio revueltas.  Estoy en la sala de embarque y la gente charla. Todos estamos especulando acerca de si la nube nos va a dejar  viajar o no. Es madrugada, pero la gente parlotea como si fueran las cuatro de la tarde. Hay algunos guardias de seguridad durmiendo en los sillones y, cada tanto, yo me levanto para chusmear la sala vip y ver si me encuentro con alguna celebridad.

Adoro los aeropuertos. Me gusta caminar y ver a la gente, sentarme a mirar la pista, escuchar música contemplando cómo amanece a través del cristal. Cada vez que viajo, unos días antes digo, me agarra una nostalgia gigante de Buenos Aires y empiezo a sentir algo así como un arrepentimiento. Me da miedo dejar a mis gatos solos, me da miedo dejar mi casa, me da miedo cruzar países y océanos en una máquina voladora. Paradójicamente, adoro volar, no le temo a las alturas (aún cuando le temo probablemente a todo lo que haya que temer en el mundo y mas) no me asusta, ni me atormenta y hasta en una época  quería aprender a pilotear aviones. El miedo que me agarra es diferente. Es una especie de añoranza, de melancolía, de paranoia triste. Casi todo eso se desvanece cuando pongo un pié en el aeropuerto. Hoy también, excepto por el tema de la nube. Todos estamos aquí, esperando que el vuelo se cancele o se retrase o lo que sea. Lo sabíamos de ante mano así que, sarna con gusto…

Pero ya estamos acá y los viejos hablan alto (hay uno sordo cerca) y los bebés se quejan y la gente va llegando a la sala de embarque con bártulos y entusiasmo. En este momento un viejo pregunta: “Habrá algo para hacer allá… ¿Tenis?” A lo que un guía responde: “¿Tenis?, ¡¡¡haaa!!! Jetsky, vóley, natación, snorquel, football y, si querés, si querés con ganas, también te doy tenis”). Mi hombre se entretiene escuchando conversaciones ajenas y chusmeando de reojo lo que voy escribiendo. Por mi parte, me siento en confianza como para chamuyar con ustedes de cualquier cosa ahora en la madrugada. Acá, medio en penumbras y con la ciudad lejana y dormida cobijándonos.

Ya que estamos, hablemos un poco de cine, aeropuertos y aviones, de nubes de ceniza y lo que sea.

Enumeraré por arriba (no me pidan demasiado que estoy de vacaciones) películas de todos los tiempos que me vengan a la cabeza ahora que estoy por embarcar en un avión, rumbo a tierras exóticas.

La primera que aparece es: Realmente Amor, aquella cinta inglesa, de estructura coral que, a priori parecía una bosta, pero que después de varias vistas, empezaba a ser exquisitamente sutil, romántica y hasta elegante. El elenco era de lujo y contaba con los inmensos Hugh Grant, Emma Thompson, Liam Neeson, Alan Rickman, Colin Firth entre otras estrellas fulgurantes. Hay gente que adora este film de manera desmedida y, de hecho, algunos de estos fanáticos lograron que empezara a gustarme, aún cuando al principio lo había detestado. Ahora si la engancho en cable me la veo entera. Mi marido está harto. Con una bajada de línea importante, después del 11 de septiembre, la película terminaba con escenas de gente que llegaba a los aeropuertos y se reencontraba con seres queridos.  Era como ver un inmenso rompecabezas fulgurante, de gente que se abrazaba y besaba y se daba calurosamente la bienvenida. Yo sospecho, desde mi pedestre y rústico modo de ver las cosas, que la escena no era para nada casual y que tenía como cometido, reinstalar la confianza de las personas en las líneas aéreas…

No puedo parar con los viejos (jajajaja). Ahora uno pregunta cuánto falta para embarcar, le dicen que una hora y media y el tipo retruca: “Me voy afuera a fumar”. Mi hombre se re caga de risa en silencio. ¿A dónde se va a ir a fumar el viejo? Únicamente que se eche de palomita a la pista por la ventana, acá no hay “afuera”.

Otra peli que se me ocurre es: Duro de Matar 2. Buena secuela, que transcurría en un aeropuerto. John McLane esta vez luchaba contra un grupo de militares corruptos que trataban no me acuerdo de hacer qué carajo. Lo que si se, es que su esposa estaba en un avión que corría peligro y que debía volar en círculos sobre la pista, porque los malos no dejaban que aterrizara. Buena cinta, buena acción… La última de la saga que es digna. Las que vinieron después…

Hice un pequeño “break”  desnucadazo en la narración y ahora estoy con ustedes desde el avión. La nube nos dejó salir, aún cuando una especie de niebla oscura, se extendía sobre Buenos Aires.

Qué puedo decir, poco después,  el sueño me venció a penas tomamos vuelo. Quedé con la boca abierta, babeando y hasta me perdí el primer desayuno.  Por suerte, me despertaron para el segundo que estaba espectacular: Hot cakes calentitos, café con leche, ensalada de frutas, pan con manteca y miel y jugo de naranjas. Mi chuchi se comió lo de él, parte de lo mío y, si se descuidaba la pobre, parte de lo que le habían servido a la señora que está al lado nuestro.

Ahora que voy en el aire, mirando para afuera, viendo cómo serpentean los ríos debajo de las nubes, pienso un poco escenas y películas legendarias, en las que el avión es la estrella (es “la estrella” o “se estrella”).¿Y Dónde está el Piloto?, con un formidable Leslie Nielsen. Las tetas de Divina Gloria inflándose hasta reventar en Los Pilotos mas Locos del Mundo (película tan chota como inolvidable, con un Emilio Disi desopilante).  Todo Sucede en Elizabethtown, linda peli en la que la historia de amor se da entre una azafata y un pasajero. Aquella escena increíble de La Familia de mi Novia”, en la que Ben Stiller se vuelve loco adentro del avión, varias entregas de Cuentos Asombrosos, la saga de Aeropuerto… Hay una cinta con Delón en la que hace de piloto del Concorde que siempre veíamos con mi vieja. Recuerdo que la primera vez que la vimos me advirtió que era muy probable que el francés más bello de todos los tiempos reventara al final. Me dijo que me preparara, que a Delón le encantaba protagonizar películas en las que al final moría. Esperé y esperé con una angustia desesperante, y al final se salvó. Su coprotagonista era este actor súper groso que también acompañaba a Newman en La Leyenda del Indomable”… Carajo, ¿cómo se llamaba?… George algo (shit, no me sale)… En fin…

Por supuesto no puedo olvidarme de Con Air, de Naufrago, de Top Gun, de la de los futbolistas uruguayos (no la quiero nombrar porque me da súper cagazo), de las del divinísimo Leo, El Aviador y Atrápame si Puedes, de El Paciente Ingles, Vuelo Nocturno  y un millón más que me gustaría que ustedes mismos sumaran a esta columna.

Nueva elipsis en nuestra charlita íntima en asientos de clase turista. Aterricemos y sigamos.

Ahora estoy en Panamá, haciendo escala y esperando para montarme en el vuelo que me llevará a Aruba. Hace un calor impresionante. Cuando estábamos llegando, el paisaje maravilloso que podía ir descubriendo por la ventanilla, me hacía sentir como la heroína de alguna película lujuriosa, llena de misterios y promesas de aventura. Ojalá sea así y mucho mas también. Por lo pronto, espero enviarles la próxima columna desde la isla de Aruba y añoro tener para contarles aventuras dignas de la cinemateca mundial o, como mínimo, noticias llevaderas y coloridas que nos permitan seguir este diálogo maravilloso que se ha abierto entre nosotros y que se ha convertido en una especie de santuario para mí.

Pido disculpas por esta pequeña pieza íntima y de copetín que comparto con ustedes. Sé que no tiene la complejidad de siempre, ni el desborde de sofisticación al que los tengo acostumbrados.

Es que, verán, pensé que hoy, tal vez, podríamos charlar desordenadamente, tomando jugo o café con leche, mientras la tierra gira debajo de nosotros, cómo lo que somos, amigos entrañables.

Espero sus películas voladoras y, si alguien quiere sazonarlo con alguna anécdota de vuelo, mejor.

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