A Sala Llena

Chicas Modernas…

Hoy a la mañana me desperté con la claridad del amanecer. Mi marido se levantó enseguida de que sonara la alarma de su celular. Se metió a bañar y  salió en el tiempo que me tomó cabecear, como todos los días, sin hacer ruido, dejándome remolonear entre las sábanas blancas, calentita, acompañada por mis cuatro gatos, echados, peludos, tibios y chantas. Después de recibir sendos besos y lamidas (los besos no necesariamente de mi marido y las lamidas no necesariamente de mis gatos) abrí los ojos del todo. Desde la cocina  llegaba un maravilloso olor a tostadas y mi media naranja, ya circulaba por la casa vestidito y perfumado, pronto para ir a laburar.

Me enderecé en la cama y me incorporé, al mismo tiempo que él entraba al dormitorio con la bandeja llena de cosas: Tostadas de pan blanco, mate cocido para mí y café con leche para él, mermelada de duraznos, leche y cuadritos de avena y dos vasos de jugo de naranjas.

Desayunamos juntos y charlamos y nos besamos y yo no lo dejaba ir a laburar y nos besamos de nuevo y nos despedimos y se fue. Yo me vestí, llamé a mi amiga Lujan, con la que estoy en un proyecto para rebuscarnos el mango y partí a la carrera. Cargada con varias cosas, medio dormida, salté a Luis María Campos sin vista, resultado: semáforo en rojo que pasa a verde y… un sesenta que casi me lleva puesta. Corrí como una ridícula, con el corazón desbocado en una taquicardia feroz, dando saltos y pataditas como una cacatúa. En síntesis, casi me muero del sorete que me pegué.

Después de varias cuadras, recuperé el aliento y fue entonces, cuando una musiquita insistidora y resistente, se instaló en mi cabeza. Era una canción de “Viuda e Hijas…” que cantaba mucho una prima que solía visitarnos en el pueblo en los veranos: “Soy una chica modeerna, hace mas de cinco meses que me corto el pelo punk, se me está cayendo el joopo, ¡qué haaagooo!, blablabla blablablabla, voy a treparme a  un seseenta…” Yo era muy chica y bastante pajuerana, así que no tenía idea de que existían las viudas. Pero admiraba mucho a mi prima, que era grande y muy linda (parecía una chica salida de las tiras de “El Loco Chávez”) cinturita diminuta, lolas perfectas, boca grande, dientes derechiiiiisiiimos, piernas largas… una bomba.

Por ese tiempo había salido Flashdance, así que se vestía con camisetas de cuello ancho que dejaban ver los hombros, jeanes rotos en el culo, stilettos taco aguja, monos con cinturones anchos que la prensaban y llevaba una melena salvaje llena de rulos, que volvía loco a medio mundo.  Yo creía que era la persona más cool del planeta.

Pensando en eso, seguí caminando. “Soy una chica modeerna…”  y dale con la musiquita en la cabeza, entonces se me ocurrió: yo soy una chica moderna, ella era una chica moderna, la gordita simpática que caminaba a mi lado es una chica moderna y todas, tooodaaasssss, estamos vestidas y emperifolladas con el atuendo que nos define como tales. Porque una más de las tantas presiones que las minas tenemos en este mundo y en esta coyuntura, es esa cosa de ser modernas. No vaya a ser que no seas una mina independiente, autosuficiente, segura de si misma, flaca, joven, en pareja, que habla cuarenticinco idiomas y se tira pedos sin olor, mira que se te viene la noche si no cumplís uno de estos tantos requisitos.

Por supuesto, este estereotipo nuevo, se lo debemos mayormente a la presión mediática y social que existe sobre nosotras y, por su supuesto, a parte de quejarnos de eso cada media hora, casi todas nos sometemos al nuevo yugo como antes nos sometíamos a planchar calzoncillos y  a almidonar batones. Antes era descalza preñada y en la cocina, ahora es, flaca, joven, laburante y en el gimnasio.

Pero no solo las revistas de moda y la televisión basura son las responsables de este nuevo flagelo que se yergue sobre la mujer. El cine y su maravilloso poder, ha tenido y tendrá que ver siempre con esto. Porque no hay arte que le deba mas a las mujeres, que el cine.

Todos los tiempos han tenido sus íconos y estandartes y, por supuesto, todos esos tiempos han sido modernos alguna vez y han dado a luz a chicas muuuuy modernaaaas que fueron imitadas hasta el ridículo. Pero, ¿quién fue la chica más moderna de todas? ¿Quién eh, eh, ehhhh? Algo de eso vamos a charlar en la columna de hoy.

 

El ejemplo que se me antoja mas cercano, son las cuatro minitas de la popularísima serie de HBO, Sex and the City. Carrie Bradshaw y su séquito de amigas, que hicieron estragos con sus escapadas sexuales entre en 1998 y  2004 y que lloraron la carta en todas las temporadas, pidiendo un tipo que les sostuviera, mas o menos, la vela. La ciudad de New York como co- protagonista, lo enmarcaba todo entre romántica y sarcásticamente. Pero, más allá de la trama de la serie, lo que sin lugar a dudas perduró más que nada y quedó en el cabeza de casi la mitad de las mujeres del planeta, fue el alucinante guardarropa de la protagonista. Durante tooodasssss las temporadas, Patricia Fields, se encargó de vestir a su Barbie cara de caballo, como si fuera una princesa posmoderna y desencantada. Flaca, chueca, fumadora y looser, Carrie se coló en cada hogar de occidente, practicando la más efectiva de las lobotomías. Una forma de imperialismo tan perfecta, que ni el mismísimo George W. hubiera podido pergeñar. ¡Por Dios, hasta hicieron dos películas una vez que terminaron la serie! La primera fue tolerable, pero la segunda, es lejos y sin lugar a dudas, la peor película de todos los tiempos. Aún así, hay millones de mujeres imitando a Carrie a los largo, ancho, hondo y gordo del globo. Sin ir mas lejos, yo estoy sentada en mi Mac. mirando por mi ventana, hacia una ciudad que se está acovachando somnolienta, mientras escribo mi pequeña columna.

  

Vayámonos un poco mas lejos, hasta los olvidables 90´s. El estereotipo de mujer de la década era in-cre-i-ble. La mujer fitness, Linda Hamilton y su Sarah Connor de Terminator 2, internó a toda una generación de mujeres en el gym, a sacar músculo, ensanchar sus cogotes, marcar sus brazos y  volver sus piernas la envidia misma del cuatro mas aguerrido de Sacachispas. Todas estaban tan entrenadas que eran la viva imagen del David de Miguel Ángel. Una vez más, el cine y su poder, llegaban mucho mas lejos de lo que habían llegado Jane Fonda, Raquel Welch y María Amuchástegui juntas.

 

Los 80´s fueron un verdadero viva la pepa. Desde Flashdance, hasta la mítica y perfectísima Secretaria Ejecutiva. El film de Mike Nichols que prácticamente creó una carrera para las miles de mujeres que no tenían idea de qué carajo hacer con sus vidas y que no querían terminar vendiendo Avon casa por casa. Me acuerdo de las faldas lápiz, las hombreras, los bolsos grandes, los trajecitos… un delirio de anteojos gigantes y actitudes agresivas de mujeres “triunfando en un mundo de hombres”, hablando, caminando y vistiéndose como ellos, diciendo de si mismas que eran “masculinas” como si eso fuera una cualidad o una ventaja y cocinando cenas de microondas para sus hijos, futuros inadaptados, subnormales violentitos.

 

El cine ha sido siempre, la máquina mas eficiente de inventar nuevos íconos, nuevas actitudes, nuevas conductas, nuevos sueños, nuevos odios y nuevos amores.  Y las mujeres son parte vital de ese engranaje de magia, modernidad, carne, trapos y pensamientos, que alimenta a la humanidad con algo tan fantástico como escabroso.

 

En los 70´s, Annie Hall. El personaje compuesto por Diane Keaton en la mejor de las películas de Allen. De ella no hay nada que decir porque es perfecta y la amamos. Sus chalecos y corbatas, su desenfado, su falta de pretensión, su pelo, sus ojos hermosos, su voz… El hecho irrefutable es que, si no te enamoras de Annie Hall, es que necesitas, por lo menos, tres días de análisis a la semana para averiguar porqué sos tan mala persona. Gracias Annie, gracias Woody, por este film del 77, intocable y clásico.

 

Después de este breve recorrido por las mujeres que han sido en la misma proporción inspiración y esclavitud para todas las chicas de occidente. Llegamos a la mina mejor, a ella, a la verdadera chica moderna. Llegamos, lento pero seguro, a Audrey Hepburn y a su Holly Golightly. 

Desayuno con Diamantes (Breakfast at Tiffany’s) se estrenó en el 61. Basada en la novela del genial Truman Capote, dirigida por Blake Edwards y co-protagonizada por George Peppard en el rol del guapísimo y desencantadísimo Paul Varjak, la película representa el pináculo de estilo, de pureza narrativa y visual y encarna la definición misma de lo que llamamos “un clásico” de la cinematografía de todos los tiempos.

Holly era todo lo que no eran las mujeres típicas del cine de la época. Promiscua, desenfadada, independiente, cazafortunas, partygirl devota, solitaria y en extremo delgada. Acostumbrados como estaban en aquellos días a las mujeres de curvas pronunciadas y melenas rubias platinadas, esta morocha, chata, flaquísima, de ojos perfectos y mirada provocativa, les sacudió la cabeza a todos, poniendo al universo femenino patas para arriba y creando un nuevo e inmortal estereotipo, tan hermoso como peligroso.

Givenchy la vistió con aquellos vestidos negros inolvidables (mas inolvidable que ninguno el de la primera escena), aquellos sombreros, los anteojos, los aretes, las carteras, las joyas de cotillón destellantes y perfectas y las perlas que hasta el día de hoy se enroscan en los cuellos de las mujeres, como se enroscan las vichas y las ideas pecaminosas.

Nunca una mujer más hermosa, nunca una mujer mas fácil de querer y de desear. Casi la mitad del género femenino le sigue rindiendo tributo y pretende, para bien o para mal, parecerse a ella de alguna manera.

Ella es “la chica moderna”, la mas cool, la indiscutible. La mina cuya fragilidad hacía temblar a New York entera. La que tiraba frases inolvidables como “Los aretes que un hombre te da, indican lo que piensa de ti” o “Creo que sería vulgar usar diamantes antes de los cuarenta”.

Su figurita pequeña, recortándose en la ciudad enorme, dentro de la composición perfecta de cada cuadro, se ha vuelto prácticamente una leyenda.

La mujer femenina, la mujer poderosa que se resiste a ser vulnerable, pero que no sabe ser de otra manera y se vuelve así tan irresistible como fuerte.

 

Holly Golightly, no habrá ninguna igual, no habrá ninguna…

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