A Sala Llena

Enterrado, Según Rodolfo Weisskirch

Otro Ejercicio Cinematográfico Disfrazado de Thriller y van…

 

El thriller, sobrenatural o no, se ha convertido en un género propicio para que los realizadores puedan experimentar con la técnica, ya sea en cuanto a efectos especiales o a “minimalismo” absoluto. Este recurso sirve para poder cumplir con los sueños de los estudios de Hollywood: lograr un producto solvente comercialmente, atractivo, con muy pocos recursos, y sobretodo, con presupuesto acotado, pero que termine generando enormes recaudaciones.

Estos “ejercicios cinematográficos disfrazados de thrillers” no son novedosos. De hecho, el maestro del suspenso Alfred Hitchcock fue uno de los primeros en experimentar con el thriller La Soga (1948), supuestamente filmada en plano secuencia. Pero, él mismo admite que el producto no fue totalmente logrado, que faltaban ingredientes, que a excepción de James Stewart las interpretaciones no eran convincentes y había demasiada influencia de la obra de teatro original.

Otras películas que se animaron a adaptar thrillers teatrales a la gran pantalla sin pretensiones de experimentar con la técnica tuvieron mejores resultados: 12 Hombres en Pugna (1957) y Espera en la Oscuridad (1967). Ambas suceden 90% de la acción en el mismo interior, con pocos (pero excepcionales) intérpretes y no se necesitan planos secuencias elaborados, ni técnicas novedosas para generar tensión. Solo un buen director, un buen elenco y un excelente guión.

El caso de Enterrado se emparenta más al de las películas de cine independiente que sorprendieron por su minimalismo formal que a estas producciones importantes del Hollywood clásico. O sea, El Proyecto Blair Witch, Actividad Paranormal y Mar Abierto. Personalmente, las tres me parecieron desastrosas como obras cinematográficas. Sobreestimadas, fallaban en las tres claves que deben predominar en este tipo de thrillers, y por encima de todo, me resultaron aburridas, soporíferas. Ejercicios que no debían salir de las escuelas de cine. Sin embargo hay un cine más comercial, que también tuvo estas pautas (pocos actores, lugar reducido) que también fallo (en lo cinematográfico) por culpa de los mismos inconvenientes: El Juego del Miedo (que abandonóel ejercicio por el morbo en sus secuelas y dejo de ser un mero ejercicio), Enlace Mortal (o el santuario de la redención de Colin Farrell por el cada vez más mediocre Joel Schumacher) y la olvidable El Cubo. Ninguna era muy original que digamos en su historia, y menos en su desarrollo.

En ese sentido, esta segunda obra del español Rodrigo Cortés supera a las anteriores. Si bien el argumento es básico y remanido, al menos se las ingenia para hacer una crítica, no tanto a la participación estadounidense en la Guerra de Irak, sino a la burocracia imperante en Estados Unidos, y sobretodo a la poca importancia que el gobierno y los agencias de espionaje le daban a los soldados y empleados en el país de Medio Oriente. Poco importa la inverosimilitud acerca de cómo se realizan las llamadas, el costo de las mismas o la manera en que todos enseguida le creen a Paul que esta enterrado bajo tierra hablando por celular.

Hitchcock era el rey de la inverosimilitud y sacaba pecho orgulloso de eso. En ese sentido Cortés, con su ironía y humor negro (al igual que al director británico le brota un morboso deseo de hacer sufrir a su protagonista y al espectador de principio a fin) se acerca bastante al realizador que, como queda en evidencia desde la excelente y cautivante secuencia de títulos (homenaje a Psicosis) toma como primer referente a tener en cuenta.

El problema no resulta sostener el interés. Aunque algunas situaciones resultan más forzadas que otras (por ejemplo, la de la serpiente, es casi una obviedad), el film es divertido y entretenido.

La fotografía y el montaje aportan, dan ritmo, ayudan a crear el clima ideal para que el espectador sienta claustrofobia (aun con algunas “libertades” y “engaños” visuales), pero no sofocarlo tampoco: con el correr de los minutos que se distraiga mejor pensando en lo que pasa del otro lado de la línea. En ese sentido, uso de sonido, miradas y luces para crear un suspenso basado en el fuera de campo es efectivo. Pero volvemos a lo mismo. La técnica y la intelectualidad están al servicio de la historia, hay sutilezas políticas interesantes, crítica a la velocidad que tienen hoy en día las comunicaciones, el Internet y la popularidad de You Tube, pero nada más. Y es cierto, que ya vimos estas “críticas” en otras oportunidades y resueltas de maneras más profundas (esperemos ver que nos trae Fincher con La Red Social)

O sea, no esperen ver una maravilla cinematográfica innovadora. Los españoles han creado las mejores obras de suspenso de los últimos años, es cierto. Desde Paco Plaza y Jaime Balaguero (REC) hasta Guillermo del Toro (filmó más en España que en su México natal), pasando por el subvalorado Juan Carlos Fresnadillo (Intacto, Exterminio 2), Juan Antonio Bayona (El Orfanato) o Alejandro Amenabar. Todos excelentes exponentes. Y dejamos afuera los que no pasaron por la cartelera porteña como Nacho Vigalongo. Incluso Alex de la Iglesia ha demostrado solvencia en el género. Y Brad Anderson (El Maquinista, Transiberian) filma en España. Que la madre patria es la nueva capital del género y hacen de los grandes maestros, un monumento no hay quién lo niegue.

Pero también es cierto, que como obras cinematográficas en sí, son todas menores. Ninguno realmente “innovó”.

Si bien la película elude casi todos los lugares comunes, e incluso se burla del típico final sentimentaloide estadounidense, detrás de la técnica, de la fotografía, de la imponente banda sonora de Victor Reyes (con elementos de Herrmann y Zimmer) y la curiosidad, solo tenemos un producto entretenido y pochoclero más. Efectista y solventemente realizada. Pero solo eso.

Entonces, decíamos. La dirección es buena, el guión del joven Chris Sparling muy básico… y ¿el intérprete? El canadiense Ryan Reynolds es quién saca a este experimento y ejercicio realmente de la mediocridad. No solo porque es creíble, sino porque es carismático y sabe como equilibrar sus aptitudes para la comedia con comentarios cínicos (rasgos de su personaje en la serie que lo hizo famosos: Two Guys, a Girl and a Pizza Place) con momentos de dramatismo y tensión, suficientes para contagiar de “pánico y desesperación” al espectador. Se pone la película sobre sus hombros. Por el teléfono desfilan interesantes voces de actores secundarios como Stephen Tobolowsky y Samantha Mathis. Pero la verdadera “compañera” de Reynolds es una “linterna verde fosforescente”. Imagino que se la pusieron ahí para que se vaya acostumbrado a usarla…

Una curiosidad: en los agradecimientos aparece Leonardo Sbaraglia, el intérprete de la ópera prima de Cortés. Quizás porque la película iba a filmarse primero en español, pero después vieron que funcionaría mejor comercialmente con intérprete angloparlante. Pero hubiese sido divertido ver como reaccionaba un argentino en semejante situación ¿no?

 

 

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