A Sala Llena

Cisne Negro

El domingo por la tarde, vimos Cisne Negro,  la película de Darren Aronofsky que muy pronto se estrenará en Argentina y que protagoniza la sobrenatural e inmaculada  Natalie Portman. Digo vimos, porque mi hombre estaba conmigo y me acompañó mientras yo me derretía de terror y maravilla, en las que fueron casi dos de las horas más poderosas y perturbadoras que yo haya visto jamás en un pantalla desde que tengo este escaso uso de razón.

Decir que la película es un thriller psicológico es quedarse redondamente corto.  La empezamos a ver a eso de las cinco de la tarde, cuando era todavía de día e hicimos bien, porque el miedo y el espanto de la noche hubieran sido crueles con nuestra necesidad de descanso si se nos daba por verla después de cenar. 

Mas o menos todo el mundo a esta altura sabe de qué la va el argumento: una bailarina joven, del American Ballet de Nueva York, con trastornos de alimentación (para empezar solamente) que tiene cercenada de manera radical su capacidad de goce y que vive lisa y llanamente para bailar, es seleccionada por un célebre coreógrafo (cabeza de la compañía) para el estelar en el estreno de una nueva puesta de El Lago de los Cisnes. El coreógrafo decide dárselo no demasiado convencido, debido a que si bien Nina (Portman) cuenta con una técnica perfecta y un modo inconfundiblemente virginal, lo que la hace ideal para el “Cisne Blanco”, a la hora de la lujuria, la pasión y la seducción que encarna el Cisne Negro, el asunto se le complica y fracasa estrepitosamente. La palabra frígida es usada casi permanentemente por este coreógrafo irresistible y maldito, interpretado por el brutal Vincent Cassel, quien literalmente psicopatea a su estrella principal y le otorga generosamente, ese empujón final que necesita para volverse rematadamente loca.  Eso, mas la competencia feroz con una compañera que es una amenaza permanente y la convivencia con una madre frustrada y enferma, interpretada por la maravillosa Barbara Hershey, se convierte en un coctel explosivo para la mente frágil y desbordada de esta pobre muchachita preciosa.

El tratamiento de la luz es perfecto, el montaje y la música son orgásmicos, la actuación de Natalie es tan ajustada, precisa, emocional y conmovedora que deja, literalmente, sin aliento. Si a esto le sumamos el hecho de que todo el cast parece haberse afinado en la misma nota y la actuación de Winona Ryder, que parece haber resucitado de entre los muertos de manera gloriosa, el resultado es épico.

Cuando terminó, el pecho se me contrajo espasmódicamente por el llanto. Yo que fui bailarina y que sé lo que significa perseguir la belleza sin encontrarla, no pude parar. Creí que no iba a dejar de llorar por horas. Es tan fuerte, tan poderoso el final, tan fatal, tan trágico, tan femenino que me modificó, me cambió para siempre.

Desde los cuatro años y hasta los veintiuno, lo único que quería hacer en mi vida era bailar. Era la única cosa que hacía con pasión rotunda y compromiso verdadero. No me gustaba el colegio, sufría como una condenada, no disfrutaba demasiado los rituales adolescentes y me daba mucho sueño por la noche, por lo que muchas veces me quedaba dormida en mi casa, en vez de irme a la disco.  Mis amigas tocaban el timbre y salía mi papá a avisarles que yo había palmado temprano, que fueran tranquilas. Era una minita bastante particular. Pero durante los años de primaria y secundaria, en las clases de danza, crecía mi espíritu de manera imparable y, de verdad, las cosas se ponían buenas para mí. Creí que esa sensación me acompañaría siempre, pero me  equivoqué. Tal vez sea por esto, que el personaje principal de esta película se me hizo tan cercano.

Réquiem para un Sueño y  El Luchador,  son dos películas gigantes.

Réquiem… fue directamente malvada. Una obra de arte cruel, sórdido y desesperado, que dejaba al espectador de rodillas y completamente desnudo. El Luchador, por su parte, fue melancólica, refinada, con una nota de angustia callada, de silencio, de abatimiento irremediable y azul, que revivió para beneficio del mundo la carrera del incomparable Mickey Rourke. Gracias Darren, por estas dos joyas de la cinematografía universal, tan inolvidables como imperecederas. Ahora, El Cisne Negro, es otra cosa.

Este film, que se abre como caja de Pandora, es una metáfora tan portentosa de lo que es el universo femenino que, me atrevería a decir sin culpa,  es casi una película para mujeres.

Obvio que el asunto va por el lado del ballet y las exigencias desmedidas y los objetivos inalcanzables y la perfección que rara vez se corporiza. La danza es el medio, el arte, que más fértil resulta para transitar estos temas, estos traumas, estos dramas que hoy son el pan y el vino de la vida de las mujeres de occidente. La necesidad de pesar lo mismo que una pluma, el hecho de no poder envejecer, las vejaciones, malos tratos, sacrificios, y laceraciones a las que se somete al cuerpo para que sea perfecto, la cantidad de rutinas antinaturales que se vuelven costumbre cuando se pierde la brújula de la propia sanidad y del propio derecho al placer.  ¿Cómo se hace para reconectarse con la sexualidad, para reabrir esa ruta que queda lógicamente trunca cuando la represión es tan brutal? Y cómo la mente y el espíritu pasan factura de manera implacable, cuando la negación del goce ha sido definitiva. El precio, es indefectiblemente y siempre, la cordura.

Aquí, la representación es tan limítrofe, tan grotesca, tan extrema, que queda inteligente y poéticamente escondida en la trama tirante de este thriller apasionante. Pero están allí, los grandes temas que se vuelven fantasmas para las mujeres, están allí y se enroscan y revuelven tocando al alma y alterando el cuerpo.

Tal vez desde la fabulosa Madame Bovary de Flaubert,  nadie abría una puerta tan clara, tan contundente y tan representativa del pensamiento colectivo de una época, como esta película. Los hombres no han sabido retratar del todo bien el alma femenina a lo largo de la historia. O somos demasiado etéreas, vírgenes e inocentes o  viejas impermeables y desdentadas o putas o boludas o santas o guerreras inquebrantables demasiado masculinas o hablamos solo imbecilidades o estamos  enfocadas filosamente en los zapatos y las carteras.

La realidad es que las mujeres hemos sido mejores retratistas de nuestra propia naturaleza y si ¡ya sé que las grandes obras maestras del género humano han sido realizadas en su mayoría por hombres! Así que no me salgan con eso. Lo que yo digo, es que las versiones femeninas de los hombres a lo largo de la historia, han sido generalmente eso, versiones.   El mundo de la mujer es una especie de idea, de teoría, de hipótesis para el hombre, en el mejor de los casos, es un sueño. Somos infinitamente más complejas y menos mensurables que ellos. Nuestra sexualidad es extremadamente sofisticada y misteriosa y ha representado siempre la amenaza más grande y más feroz de todas. Pero este muchacho, reivindica a su género y construye la psiquis de su protagonista con un respeto y una minuciosidad tan profunda y devota que, sin duda, no será pasada por alto.

Recuerdo una de las líneas de diálogo que mas me alucinó del legendario film de Luc Besson La Femme Nikita, cuya protagonista también es una mujer hermosa y perdida. En la escena, una experimentada y retirada Jeanne Moreau aleccionaba a la recluta novata Anne Parillaud y le decía algo así: “Hay dos cosas que no tienen medida en este mundo, la femeneidad y las formas de abusar de ella”. Le dejaba claro a su alumna, que no hay poder más grande para subyugar a un oponente y que ella, lo podía usar y dominar de manera infinita.

El Cisne Negro, nos hace testigos de cómo todo ese poder, escondido, negado y reprimido, se vuelve en contra de una mujer  y la destruye.

He pensado muchas veces en cómo el mundo asiste a espectáculos sublimes de belleza arrebatadora y aplaude de pié formas del arte que intrínsecamente y de manera invariable, han representado a lo largo de la historia, la castración mental y espiritual de las mujeres y su humillación física. Esa humillación que viene aparejada a las prácticas antinaturales y al sometimiento al dolor y a la restricción permanente.

Lo más loco de todo y lo que, finalmente le da el golpe de genialidad a esta película, es el hecho de que toda esa locura se pone en práctica y se justifica mediante la necesidad imperiosa del artista del encuentro con la perfección.  Y en el aplauso final, en esa especie de estado frenético y narcótico de los espectadores que aplauden al ballet, queda al descubierto una verdad espantosa: queremos que sangren, queremos ser entretenidos y maravillados porque, la belleza, vale cualquier precio que se le ponga.

Esta película se yergue poderosa. Es sexual, aterrorizadora, desconcertante, mágica, conmovedora e increíblemente perturbadora. Es una pirueta en puntas, ejecutada tan virtuosa como peligrosa y dolorosamente.

La pobre Nina termina balbuceando una palabra: Perfection, perfection… 

Mientras la escuchaba y lloraba de bronca, de frustración, de veneración y de tristeza, me acordaba de otra obra maestra que se volvió un espejo despiadado de la naturaleza humana. The horror, the horror…, las últimas palabras del coronel Kurtz  en Apocalypse Now.

No hay nada que arrase con el goce de la vida  de manera más eficaz, que la búsqueda permanente de la perfección. Cuando yo era chica y bailaba porque me hacía feliz, no podía esperar a cada clase. De grande, cuando lo único que quería era ser perfecta, el placer que me causaba bailar, la felicidad que me propinaba desapareció por completo.   

La perfección es  enemiga de lo bueno. Pero, ¿puede considerarse artista a quien no la persiga?

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