A Sala Llena

Clásicos de Navidad…

¿Qué les gusta hacer en
vísperas de las fiestas? Ya es bastante raro que caigan en medio de la semana.
Uno no sabe muy bien cómo comportarse. Es decir, la gente va a trabajar,
transpira, hace ejercicio, usa sus teléfonos celulares,  recibe correos importantes, saca el auto, se
vuelve loca por el tráfico etc., etc., etc., como si fueran días de lo más
normales.  Pero, la realidad los golpea
en la jeta cuanto llegan las siete de la tarde y todos deben inmolarse en los
shoppings. Ahí los ves a los pobres diablos, 
haciendo las compras de Papá Noel, o en los supermercados, tratando de
mantener la dignidad,  mientras se pelean
por el último pedazo de vittel thoné de la rotisería.  Es verdaderamente angustiante. Y, si hay algo
de lo que también se tratan las fiestas, es de angustia.



Ya hace cuatro o cinco
Navidades que estamos juntos, así que, ustedes 
ya saben bien que a mí me encanta la Navidad. Me encanta su espíritu
festivo, su mística y sus dulces, y su merchandising exagerado, lleno de
opulencia y de fiebre de consumo. Me gustan los regalos, me gusta decorar el
árbol y la casa, y me encanta hacer las veces de anfitriona de la gente que
quiero.

Me gusta emperifollarme
groso para cenar en Noche Buena, y  levantarme en camiseta y calzones a tomar el
primer sorbo de café en la mañana de Navidad. Me gustan los adornos en las
puertas, las luces, los enanos, los renos y los villancicos. Y me fascinan
(hasta la locura) los papanoeles de medio pelo que andan dando vueltas y que
suelen animar la cena, cuando uno la pasa en algún restaurante.  

Pero la Navidad tiene un
costado agridulce, una faceta un tanto inquietante con la que creo que lidiamos
todos.  Es como si, de alguna
manera,  sintiéramos el fin del año
anidar en nosotros. Una melancolía sorda se nos instala en el estómago y,
conforme se acercan las festividades, va transformándose  paulatinamente en angustia y nos sube hasta el
pecho.  Recordamos que somos mortales a
cada paso que damos y recordamos la mortalidad de los que amamos también. A
algunos se les da por inmolarse y las cosas se complican todavía mucho más.  Se termina por  rogar en la noche, que nunca nadie
(especialmente uno) tenga esa infeliz idea. 
Los ausentes se sienten más ausentes y los presentes suelen tener que
hacer grandes esfuerzos, para sacarse esa sensación de mierda del pecho y la
garganta.  Nos atiborramos de comida,
chupamos como descosidos, exigimos regalos que nos llenen el agujero interior
(cualquiera sea la naturaleza del agujero, y cualquiera sea la naturaleza del
regalo).  Huimos a tierras extrañas,
esperando encontrar emociones maravillosas, riesgo, romance, sexo desenfrenado,
amigos nuevos, nuevos horizontes que nos distraigan de la idea de nuestra
propia finitud. Nos emocionamos con idioteces, nos partimos los dientes con
turrones de hormigón y nos puteamos a cada oportunidad  en que a alguien se le ocurra entorpecer los
planes de festejo y banqueteada. Y así, mal que mal, vamos ahuyentando a los
fantasmas que parecen rondar un poco más cerca por estos días. Somos todos un
poquitito “scrooges”, que van capeando las Navidades pasadas y presentes,
poniendo toda la esperanza en las futuras.

En mi caso, no hay nada que
me ayude más con semejante faena, que el cine…

Nada como un par de buenas
películas para lidiar con la melancolía, la depresión, la euforia, la quemada
de bocha, la ilusión,  los gastos, el
trabajo y la tremenda esperanza de las fiestas. Un cóctel verdaderamente
colorido y digno de estudio.

¿Han notado lo trabajoso que
se hace todo por estos días con el calor y el cansancio? Yo tengo que hacer un
millón de cosas y no logro despegar el trasero transpirado del sillón. Hay
tanto para llevar a cabo… Limpiar la casa, hacer diligencias, organizar la
comida de Navidad para la familia, pagar impuestos, comprar regalos,  encontrar un hueco para laburar un poco, ir a
terapia, ir a clase de Pilates, desengrasar la cocina a la que se le cayó algo
parecido a la grasa, si la grasa hubiera sido picada por la misma araña que
mordió a Peter Parker.  

Pero yo no me dejo atrapar…
Soy una maestra en dejar todo para después y engancharme con alguna película.

Yo ya les he enumerado una y
mil veces mis películas de Navidad. Pero supongo que no me canso. Además, este
año los canales parecen haberse puesto de acuerdo para no pasar los clásicos.
Hasta acá, solo agarré Love Actually, en
un canal de aire y horriblemente traducida. Todos parecen haber sentido el
pulso de la gente y, de esa forma, se la pasan dando comedias pasatistas que le
alivianen a uno el espíritu y lo hagan reír, o llorar por algún cachorrito
tierno, o enamorarse como un idiota.  Yo
las agradezco y las consumo devotamente, pero no son nada “navideñas” de pura
cepa, por así decirlo. La que más he estado disfrutando es Spanglish… una película subvalorada, que siempre es rescatada por
estos días por algún canal de cable perdido y a la que alguna vez le
dedicaremos una columna completa.  Pero
no nos vayamos de tema: Debo confesar que me gustaría que hubiera una
salpicadita de algunos clásicos como Duro
de Matar, Batman Vuelve, Rambo…
Qué se yo, algo que haga que uno queme un
poco las yantas y saque la bestia para afuera. Si las combinamos digamos con Santa Claus, El expreso Polar, El regalo
Prometido, Un Cuento de Navidad
(cualquiera de su millonada de versiones), Milagro en la calle 34, Elf, Hombre de
Familia, Una Navidad de Locos…
En fin, esa pasta de siempre que va como
piña con el pan dulce, podríamos tener algo de verdadero valor. De esa manera,
surfear las olas de las festividades, se nos hará llamativamente más liviano.

Pero ustedes deben tener
mucha tela para cortar estas fiestas. Me pregunto qué pasará por sus cabecitas
por estos días. En qué historias andarán metidos y cuáles serán sus vías de
escape… Me encantaría que me lo contaran. ¿Qué les parece si me van dejando sus
comentarios? Los encorajino y les pido que se extiendan, que comenten como si
fuera su propia columna, que levanten los ánimos o puteen enajenados, que
compartan sus películas favoritas, que saluden a los amigos en el extranjero…
Lo que quieran. Porque de eso se trata todo por estos días, de compartir, y
nada me gustaría más, que saber de todos ustedes y de sus aventuras de Navidad.

Y como diría el pequeño
Timmy: ¡FELIZ NAVIDAD Y QUE DIOS NOS BENDIGA A TODOS!

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