A Sala Llena

Coger y hacer Películas

¿WTF es la vida?

Acá estoy… Echada con los pies bajo las cobijas, con la luz del velador en la mesa de noche dándome de plano en la jeta, preguntándome una y otra vez lo mismo. Me pasé el día entero mirando Star Wars, la primera trilogía, y cuando hubo terminado El Regreso de Jedi sentí que el mundo era exactamente como debía ser, cosa que percibí como un milagro. Es que, verán, pasé los últimos días sintiéndome medio miserable. Sumida en un mar de cavilaciones, sombras y niebla. Desconfiando de mi propia naturaleza, poniéndome viejas mochilas por largo tiempo descartadas, regodeándome en la oscuridad y reflotando viejos fantasmas. Fantasmas hace milenios enterrados, pero que a veces retornan con renovado semblante, a recordarme mi educación de chica de clase media, católica, de colegio estatal y psicoanalizada desde los seis años. Pero cuando la película terminó, sentí una sensación incomparable en mi pecho. Una especie de satisfacción, de alegría, de realización. Eso que solemos sentir después de una buena faena amatoria. Las piernas cansadas, la mente iluminada, la piel sin una sola imperfección. La certeza de que acabamos de cumplir con una misión, con una labor encomendada por la vida. Una plenitud tan fervorosa, como efímera pero que, mientras dura, lo llena todo con inconfundible claridad.

Todo lo que quiero, es coger y hacer películas” pensé. Y la mente se me tranquilizó por un buen rato. Es que, si me preguntan, creo que eso es todo lo que quiero hacer por el resto de mi vida. Por supuesto que también quiero escribir, pero para mí, la literatura no es un deseo, es una función de mi cuerpo. Es como mi respiración: solo sucede y seguirá sucediendo hasta que me muera. Hacer películas es un anhelo, un “craving”, un ansia… Sudor nocturno, jadeo en la madrugada, suspiro en la oscuridad. Y estoy construida de esa manera, tan cierto como que soy una hembra de carne y hueso.

Pero las preguntas insisten: ¿Quién soy? ¿Estoy amando o soy solamente una narcisista de acero? ¿Soy joven todavía? ¿Puedo escapar a la monumental cantidad de mierda que tengo en el rígido? ¿Cuánto de lo que me pasa es real y cuánto reproduce los años y años de diagnóstico terapéutico de plasta? ¿Hay alguien en este mundo que me conozca de verdad? ¿Hay alguien en todo este portentoso universo multicolor, que se haya tomado ese trabajo? ¿Pierdo mi tiempo tratando de cambiar las cosas de mí que me lastiman y lastiman a otros? ¿Y sin son esas cosas las que me mantuvieron viva hasta acá? ¡FUCK YOU! Estoy hasta la manija de tratar de amar. Es extenuante. A veces me parece más sencillo sucumbir al Lado Oscuro y desatar la ira, el odio, la rabia, el miedo y la furia. Seguramente es más sencillo volverse poderoso desde ahí… ¡Oh si, “powerful the dark side is”!

A veces pienso que he aprendido algo, que estoy más cerca de la comunión con el todo, con el amor y con el continuum de la vida y la Fuerza. Pero de golpe, no aparecen unos papeles importantes para el estreno de mi película, hay que dar vuelta la casa porque es una catástrofe y, entonces, entro en modo Darth Vader como por un tubo, retrocediendo quinientos casilleros. La destrucción va produciéndose bajo mis pies como si hubiera nacido para eso. Me vuelvo creativa en la furia y la disfruto como si fuera sangre fresca, virgen, chorreando en mis colmillos. Y es ahí cuando lo recuerdo: soy un ser salvaje, la criatura dilecta del instinto. Y estoy en la vida para el placer, venga como venga, porque todos vamos a morir y no hay un mañana. Y no sé si puedo cambiar, no sé si quiero hacerlo… Tal vez, como Vader, deje la redención para el último minuto o, mejor, para el alargue.

Muchas veces me pregunto si soy mala. A veces creo que sí, no sé… He trabajado tanto para que nadie se dé cuenta de eso, que creo que terminé por comprarme que soy buena mina. Y me revienta cuando alguno me sale al cruce con la afirmación contraria. De hecho, en el acto se convierte a mis ojos en un pelotudo rutilante, cualquiera que no vea todo el trabajo que me tomo para no ser una porquería.

Si, cada vez estoy más y más convencida: el cine es la única cosa que me salva la vida. Tanto hacerlo, como verlo. Él todo lo ahuyenta, todo lo ilumina. Y pensar que en algún momento hasta mi propia vieja me mandó a dedicarme a otra cosa… No mamita, no. Es esto, o una vida por fuera de la ley, que puede o no incluir doscientos kilos de dinamita en el Obelisco. Hacer o ver cine, deja al devenir en suspenso, igual que el apareamiento. Nada más sucede, nada. Y por un buen rato, nada más importa tampoco.

La vida es ahora, como en Calles de Fuego “esta noche es lo que significa ser joven y acabará antes de que sepas que empezó” así que, al carajo: YO SOY ESTO. Y al que me ame, le devolveré amor hasta que le sangren las orejas, con el dolor que todo eso traiga y con la alegría más explosiva que pueda concebirse. Así, igualito que Vader. Respirando duro, sonoramente. Caminando con soberbia, tratando de dominar toda esa fragilidad aterradora que se instala en cada poro, y genera todas las pesadillas y todos los sueños.

Laburar de traerle el balance a la Fuerza, para que no se engolosine.

Para quien se analiza, las preguntas siempre son muchas… Y encontrar las respuestas, a menudo se vuelve realmente duro. De hecho, solemos conformarnos solo con seguir en la faena y no dimitir. Pero a veces, hay epifanías muchachos y se hacen sentir.

Así que, cuando la maestra me pregunte qué quiero ser cuando sea grande, la pregunta tendrá una sola respuesta…

… Coger y hacer películas.

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