A Sala Llena

Colectiv

UNA PELÍCULA ARGENTINA

Colectiv debe ser la película soñada por todo documentalista. Una que sigue en vivo y paso a paso el entero decurso de un hecho trágico que tiene en vilo al país, con acceso a los espacios en los que se macera a fuego lento una investigación que se hunde cada vez más en lo que no quisiera verse. Como una tragedia griega. Lo que gatilla “la trama” es el incendio de un club nocturno de Bucarest, que por falta de salidas de emergencia -está de más señalar que para un argentino Colectiv tiene el valor agregado de funcionar como espejo- termina dejando 27 jóvenes muertos y 180 heridos. Allí, Colectiv no termina, recién empieza: es en ese punto en que el quinto documental de Alexander Nanau se suma a la investigación emprendida por un periodista. Más que sumarse se fusiona: en lugar del simple relato de una investigación que llega a esferas cada vez más altas, Colectiv es esa investigación, narrada con la indefectible, precisa progresión de un thriller pesimista. 

De hecho, el quinto documental de Nanau (Bucarest, 1979) recrea hasta en sus mínimos detalles una variante específica del thriller: el de investigación y denuncia, para ponerle algún nombre. La línea de El informante, de Michael Mann, o El poder de la justicia (The Rainmaker), de Coppola. Un hecho dramático (el ocultamiento de datos que hacen a la salud de la población por parte de una gran compañía tabacalera en el caso de El informante, la enfermedad terminal de un trabajador por negligencia empresaria en The Rainmaker) da lugar a la investigación, a cargo de un abogado en la de Coppola y de un periodista aquí y en la de Mann. El pesquisa va reuniendo datos con ayuda de los archivos, la tecnología (una sesión de fotos comprometedoras, en Colectiv) y los escasos testigos que se animan a aportar información confidencial. En este caso, una médica y dos empleadas administrativas de un hospital. El pelado de la cebolla permite descubrir, a cada capa, un estado de podredumbre creciente, a la vez que devela culpabilidades cada vez más altas y extendidas. Un implicado que talla alto muere “sospechosamente”. ¡Acá también, créase o no! En el corazón de la cebolla, el sistema mismo, el establishment, el Poder con mayúscula. 

Pero claro, una cosa es construir toda esa red con los recursos que da la ficción y otra hilo por hilo, a medida que sucede y con un guion escrito por lo real. Aunque no solo lo real: los créditos de Colectiv dan cuenta de un guion coescrito por Nanau. Lo que sucede en Colectiv -nominada al Oscar al Mejor Documental y al Mejor Film Extranjero- es que a los sobrevivientes, todos ellos quemados, los internan en distintos hospitales, y en el curso de unas semanas van cayendo como moscas. Treinta y siete en cuatro meses. Claro, mueren por las heridas causadas. No, la causa es otra y más grave, en tanto revela un mecanismo de corrupción generalizada, que incluye al dueño de un laboratorio químico, administradores de hospitales, el ministerio de salud… ¡y hasta pacientes! Todo eso se va descubriendo paso por paso, como si Nanau hubiera intervenido en la secuenciación en la mesa de edición. Pero eso no es posible, por dos razones: 1) la alteración de la cronología hubiera quedado expuesta por la sucesión lógica de acontecimientos; 2) la manipulación del realizador hubiera sido denunciada en su país, cosa que no sucedió.

A todo esto, la gente sale a las calles. Una de las diferencias con los casos argentinos comparables, donde a nadie se le ocurrió salir ni a la vereda. No sólo el caso Cromañón sino el choque del tren en Plaza Miserere, la explosión de la fábrica de armas de Río Cuarto, el avión de LAPA estrellado al salir de Aeroparque, la comida en mal estado en escuelas primarias, etc. etc. Sale tanta gente que el gobierno socialdemócrata (no de derecha ni nostálgicos de la nomenklatura de Ceausescu; socialdemócratas) se ve obligado a renunciar en masa, siendo remplazado por un ejecutivo provisional integrado por tecnócratas independientes, hasta tanto se realicen elecciones un año más tarde. Debido al escándalo, caen no uno sino dos ministros de salud. Hasta que llega un tercero que es uno de los buenos de la película (peculiaridad infrecuente en estos casos). 

UNA PELÍCULA RUMANA

Como en algunos paradigmas del Direct Cinema estadounidense (Primary y Crisis, notoriamente), la cámara de Nanau accede a dos espacios de poder, aunque no justamente del Poder. Uno es la redacción del periódico ¡deportivo! Sports Gazette, donde trabaja uno de los héroes de la película, Catalin Tolontan, equivalente rumano y real de los personajes de Tom Hanks y Meryl Streep en The Post. Uno de esos periodistas que uno, siendo periodista, no puede creer que existan todavía. Pero Tolontan no está solo: alrededor de él, su equipo, donde destaca una incisiva colega de aspecto depresivo.

El otro héroe de Colectiv es el ministro de salud mencionado, Vlad Voicolescu, un tipo joven con aspecto, efectivamente, de tecnócrata, a quien se ve verdaderamente resuelto a empuñar la escoba y barrer la basura. ¿Pudo hacerlo? No debe revelarse: Colectiv es un documental que hay que cuidarse de espoilear. Como Voicolescu está del lado de los buenos, deja que Nanau filme reuniones en las que decide con su gabinete qué relato darle a determinados hechos, otras en las que están tan nervioso que no puede parar de golpetear una carpeta con un lápiz y una en la que se agarra la cabeza cuando una médica le cuenta cómo funcionan las cosas en un hospital del cual es obviamente responsable. Como un director de ficción, Nanau hizo un casting. Sobre la marcha y con lo que tiene a mano, como es lógico. Los dos héroes, el padre de una de las víctimas -que con increíble circularidad narrativa abre y cierra la película-, la periodista fúnebre y tres importantes “actrices de reparto”, la médica y las dos administrativas mencionadas más arriba. 

Colectiv viene a complementar y actualizar los films de ficción de origen rumano que en la primera década de este siglo denunciaron la corrupción, la complicidad, la indiferencia de las autoridades ante la tragedia, la existencia de una casta desprendida del resto de la sociedad. En algún caso esas lacras tenían lugar en tiempos del dictador comunista Nicolai Ceausescu, en otros ya en época “democrática”: La muerte del señor Lazarescu, Bucarest 12:08, Cuatro meses, tres semanas, dos días, Graduación, La mirada del hijo. Pero claro, lo que narra Colectiv produce una conmoción más profunda, porque pasó en realidad, está pasando. ¿Quiere decir entonces que lo de “basado en hechos reales” da efectivamente a los hechos narrados un estatus de verdad que las ficciones no tienen “por sí solas”? No, quiere decir que uno puede ver a actores que representan al padre o madre de una víctima llorando la muerte del hijo (como de hecho sucede en La mirada del hijo), o con varios dedos amputados, o probándose una mano hidráulica, o manteniendo las banderas altas frente al Poder, y emocionarse, por el poder evocativo que toda representación tiene. 

Pero toda re-presentación implica también una distancia, un hiato, una separación de los hechos en crudo. Y los de Colectiv, por más que estén narrados con la organización y progresión de una ficción, son los hechos en crudo. Están ocurriendo, tenemos que hacer algo. Por eso el título, que a la vez que simplemente menciona el nombre del lugar en el que todo empezó adquiere, según desde donde se lo lea, connotaciones oscuras, esperanzadas o apelatorias. Colectiva es la culpa que atraviesa todas las capas sociales en un país donde el Poder se comporta de manera criminal (o sea, todos los países). Colectiva es la posibilidad de enfrentar esa criminalidad: el grupo de padres, el equipo periodístico, el ministro de salud e incluso, cómo no, el equipo de rodaje. Colectiva es, finalmente, nuestra responsabilidad, que empieza por atreverse a ver. Y ver es a lo que el cine, en particular Colectiv, incitan. 

 

 

 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Rumania, 2019)

Dirección: Alexander Nanau. Guion: A. Nanau, Antoaneta Opris. Duración: 109 minutos.

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