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Festivales - Otros Festivales

#JEONJU2026 | Los peligros de Jeonju

«Me repito lo que siempre me he dicho. Y lo que todos los escritores se dicen siempre a sí mismos, consciente o inconscientemente. Lo que vos sentís es  universal.»

Martin Amis – Experiencia

Segunda introducción y un comienzo

Hoy llovió todo el día en la ciudad de Jeonju. Y como todos sabemos, ya que nos lo enseñó el (mal) cine, la lluvia es motivo de introspección. Además, una serie de fiestas (que en verdad aquí son más unas recepciones en donde se puede beber, comer -todo gratis, en copiosas cantidades- y charlar en paz con los invitados) nos dejó el cuerpo un tanto dañado y hubo que parar un poco para recuperarse y así para poder emprender la segunda parte del festival.

El director Kent Jones y la actriz Greta Lee dejaron la ciudad entre aplausos y gestos de agradecimiento. La película de apertura Late Fame (2025) gustó a casi todo el mundo, a pesar de que un medio local acusó al festival de estar volviéndose demasiado popular en sus elecciones. Obviamente, esa supuesta denuncia fue escrita por una persona que al ver un par de nombres “famosos” en la película en cuestión, decidió escribir su opinión. Una opinión ante la cual solo basta recorrer la programación para darse cuenta que es errónea. El problema del periodismo cultural siempre fue el mismo: demasiado periodismo y poca cultura.

Jeonju tiene, entre tantas, la rareza de entregar los premios a la mitad del evento lo cual genera que su primera mitad sea un tanto más enloquecida (en buenos términos) que la segunda, en donde la cantidad de invitados internacionales decrece, aunque no así la del público local que continúa agotando entradas para ver la nueva de Benning, los cortos de Joshua Gen Solondz, Burak Çevik o Johann Lurf (en los tres casos, inspirados trabajos de todos ellos) o la versión restaurada de Historias extraordinarias (2008) de Mariano Llinás, cuyos fans coreanos -de Llinás pero también de las producciones de El Pampero en general- se cuentan de a miles. Hace un rato nomás, la directora Teresa Arredondo me comentaba sorprendida que en la función matinal de su película, Esa otra selva blanca (2025), la sala estaba casi llena. El festival de Jeonju es así. Incluso anoche fuimos testigos de cómo los realizadores cordobeses Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini durante varios minutos firmaron autógrafos a los jóvenes y entusiastas cinéfilos coreanos. Unos días después somos testigos de cómo Tsai Ming Liang, ya un amigo de la casa quien además de presentar sus dos últimas películas se encuentra buscando locaciones para una nueva entrega de la serie Walker a filmarse en la ciudad de Jeonju, también se pasa más de una hora atendiendo las demandas (fotos y autógrafos) de sus jóvenes fans.

Pero no todas son rosas y alabanzas para el festival. Este año, quizás como nunca, pero algo que a la vez viene sucediendo hace ya algunas ediciones, su competencia internacional parece haber sido armada por personas con ideas diametralmente opuestas en sus ideas sobre qué es el cine y cuáles son aquellas películas que el festival debería defender. Ante los obras realizadas con presupuestos mínimos, aparecen otras con mayor poderío económico y “valores de producción”; las películas que buscan formas narrativas novedosas, alejadas de las seguridades de los tres actos y las escuelas de guión, se enfrentan a uno novelones en donde lo poético es reflejado a través de personajes que vuelan (sí, aún hoy alguien se anima a escribir y -peor aún- filmar ese tipo de escenas); y ante las historias personales en donde los realizadores se involucran ante lo que cuentan, se enfrentan a otras en donde las generalidades del mundo son contadas con pereza, pero con convicción televisiva. Es como si los programadores en vez de juntarse a discutir los títulos, se revolean por la cabeza con películas que no solo no dialogan entre ellas, sino que -repito- se enfrentan en su forma de entender el cine y el mundo. Alguien me podría argumentar que de esta forma se pueden ver más visiones y formas de lo que debería ser el cine. Y yo les respondería que tienen razón. Y les agregaría que, además, el cine es un arte tan generoso que incluso sus peores obras nos dicen mucho sobre el mundo. Pasemos, entonces, a las buenas películas de la competencia del festival, ya que lo más probable es que una vez que ustedes, queridos lectores, estén leyendo estas crónicas, los premios ya hayan sido entregados. Aviso que de los diez títulos en la disputa por los premios (dinero y no chucherías técnicas), solo llegué a ver siete de ellos. Hechas las aclaraciones, algunos pocos y breves apuntes que compartir.

Sobre la argentina La noche está marchandose ya (2025), no diremos mucho. La película tocó un nervio en la comunidad cinéfila con su historia de un proyectorista de un cine club devenido guardia de seguridad que se refleja en el gran recorrido que tuvo hasta ahora por los festivales del mundo. Es una película sensible que nos muestra un universo cinéfilo que en cualquier momento podría llegar a desaparecer. Que la actualidad del Cineclub Hugo del Carril sea lo opuesto a lo que ocurre en la ficción, también nos dice algo. Aunque no estoy muy seguro sobre qué.

The Visitor (2025) de Vytautas Katkus es una película feliz y bella. Un joven vuelve a su pueblo a vender la casa que supo ser de sus padres para quedar capturado por un breve momento de un mundo apacible que supo formar parte de su infancia. A Alexandre Koberidze le apareció un hijo tan inesperado como talentoso. El director también se encarga de la bella fotografía en 16mm. Al igual, me doy cuenta ahora, que Ezequiel Salinas en su película. Larga vida a los directores de fotografía talentosos, ellos hacen que el cine sea un lugar mejor. (Háganme acordar que, en algún momento, también hablemos de Leonor Teles y Rui Poças, responsables de la fotografía de dos de las películas más notables de la temporada, ambas presentes en la programación del JIFF: Se eu Fosse vivo… vivia (2026) de André Novais Oliveira y Ciudad sin sueño (2025) de Guillermo Galoe).

Fantaisie (2025) de Isabel Pagliaie es otra favorita de los festivales buenos. Armada como una especie de diario (audiovisual) personal de la realizadora. (Al verla por primera vez pensé que la protagonista era la directora). La película nos sitúa en una casa en un zona rural en donde asistimos a escenas, protagonizadas por una joven que transcurre sus días en soledad (después las cosas cambiarán), leyendo, escribiendo, buscando a su gato, en donde se mezcla lo real con lo onírico a través de una puesta en escena que se aleja de cualquier tipo de convención, demostrando que el cine aún puede ser una arte personal.

Chronovisor (2026), con otra dupla de directores al cargo: Jack Auen y Kevin Walker, se mete en los terrenos del fantástico a través de una historia en donde una mujer perteneciente al mundo académico, rastrea una particular máquina con la cual, parece, se puede acceder a todos los hechos ocurridos en el pasado. En los créditos se menciona a Paul Auster, Umberto Eco (“Ecos de Eco”, podría ser un título de una futura crítica de la película, perdón, sigamos), Roberto Bolaño y “nuestro” Jorge Luis Borges, ya que la máquina en cuestión, de alguna manera, remite al viejo y querido Aleph, ese lugar que contenía -simultáneamente- todos los puntos del universo. Aunque los verdaderos recuerdos que me trajo la película sean más a aquellos olvidados telefilms que Narciso Ibañez Menta solía programar en su ciclo Viaje a lo inesperado, claro que una vertiente más intelectual. Hay que decir, también, que comparte con aquellas obras un eterno gran problema, y es que el misterio planteado siempre será superior a su resolución.

Michiyuki – Voices of Time (2025) del japonés Nakao Hiromichi es lo que suele definirse como una película “frágil”, armada casi sin una narrativa, aunque sí con un punto de partida: un hogar y su pasado, y con una liviandad que el mundo del cine ya no parece, ni quiere, tomarse en serio. Allá ellos, siempre será preferible vivir en un universo como el que plantea esta película que, digamos por decir, en esos desiertos en donde los mutilados explotan en el aire.

Y así, con esta inesperada -y muy traída de pelos, lo reconozco- mención a ese éxito mundial llamado Sirāt (2025), nos volvemos a despedir pero solo por ahora. Aunque no sin antes confesar, queridos lectores, que el título de este texto estaba destinado a otro escrito en el que me encargaba de denunciar a los directores de cine y su desagradecida relación con el Jeonju Cinema Project, un concurso que el festival solía realizar cada año, donde se entregaba mucho dinero, y que para esta edición fue suspendido, no cancelado, ya que los directores no parecen querer hacer películas rápidas y baratas. Pero esos mencionados “peligros de Jeonju” también pueden hacer alusión a la programación y los riesgos de que sus programadores no compartan una misma visión sobre el rumbo y el destino del festival. Pero como ustedes saben, yo ya estoy alejado de esos temas a los que solo veo desde el espejo retrovisor. Ahora miro las nuevas olas pero ya no soy parte del mar, apenas un guerrero de batallas pasadas  -casi siempre perdidas- que ahora se pasea por los desayunos de los hoteles en donde transcurren festivales de cine contando las mismas viejas anécdotas una y otra vez. Y que ahora los abandona, porque tiene que prepararse ya que esta noche vuelven las fiestas. Esta vez, una fiesta de la “industria” me dicen, y como todos sabemos eso significa solo una cosa: dinero.

Allá vamos.

Hasta la próxima.

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