Animales tuvo un debut pésimo en plataformas. Lo que es raro, si se tiene en cuenta que una buena parte del tiempo (pero no todo el tiempo) la nueva película de Ben Affleck se ve plana y sin colores, que es el estándar de las plataformas. ¿Qué razones podrán explicar el fracaso de crítica y público, cuyas opiniones son cada vez más difíciles de distinguir? Animales tiene un comienzo potente y desconcertante a la vez. Affleck condensa la presentación del protagonista con una mezcla improbable de vitalidad y sospecha: el candidato a alcalde aparece fundido con el magma sensorial de la ciudad, escuchando a la gente, hablando en español y entrenando. Un retrato imprevisto, considerando que lo que empieza es un thriller político que, esperamos, va a ofrecernos el espectáculo del poder, la duplicidad y la caída. Van apenas unos minutos y algo anda mal, lo que es un buen augurio: una película de plataformas desacomoda expectativas y nos pone en estado de alerta.
El esquema se mantiene durante una buena parte del relato, hasta que aparece el (primer) dilema moral. Lanzado a una crisis en la que se juega su carrera y su vida personal, Mark Kimball (Affleck) tiene que tomar decisiones y conformar a todos. Affleck prefiere la cháchara de los políticos a los diálogos solemnes, pero se permite una exuberancia narrativa: en la escena irrumpe, llegada quién sabe de qué película, una dama terrible que deja caer frases serpenteantes y liquida cualquier posible realismo (deslumbrante Gillian Anderson). La energía y el movimiento del comienzo ceden a las coreografías del drama intimista. Affleck y sus actores tienen que aprender a hablar casi sin moverse y a desplazarse por los pasillos de la casa familiar buscando el rincón y el mobiliario justos (hace cien años, a esto los alemanes le llamaban Kammerspielfilm). Animales se vuelve cada vez más aceitosa: todo puede resbalar hacia cualquier parte. Mientras los padres deciden los términos del rescate del hijo secuestrado, el chico aparece caminando como un espectro desde el fondo del plano. Empieza otra película, igual de laberíntica pero con más mexicanos.
Animales es un rompecabezas o, mejor, una partida de cartas: nunca se devela del todo con qué mano juega el director. La incertidumbre marea, intoxica la percepción y, de una manera un poco extraña, transmite el desconcierto de Kimball. Si la primera mitad de la película resulta algo deslucida, como si se cumpliera a reglamento con los mandatos del thriller, la última recupera el pulso de Desapareció una noche, Atracción peligrosa o Argo. El mejor Affleck, el titiritero de los géneros, el maestro del nervio, recuerda sus mañas. La secuencia final está confeccionada con retazos de épocas que van del New Hollywood a Cameron, sin recurrir al juego estéril de las citas. La tensión se dispersa entre los personajes, los puntos de vista y el encadenamiento de revelaciones: ¿cuántas cosas se pueden contar con un auto, armas y una valija con dinero? ¿Cuántas variaciones y enroques admite esa tríada, tal vez la más cinematográfica de todas? ¿Cómo se puede resolver un conflicto moral sin recurrir a los diálogos de rutina y sin que el desenlace deba complacer a varios tipos de público a la vez? ¿Cómo filmar un thriller político en este momento de Estados Unidos, eludiendo las imposiciones delirantes de la izquierda woke y las redes discursivas del trumpismo? ¿Cómo se traza una geografía nueva en la que contar una historia con políticos e inmigrantes, con ricos y pobres, sin volverla decálogo de la demagogia? Affleck despierta de su letargo, se sacude la sombra de star maldita que lo envuelve tras años de fracasos de taquilla y proyectos truncos, y nos recuerda la clase de experiencia que todavía puede proveer el cine.
(Estados Unidos, 2026)
Dirección: Ben Affleck. Guion: Connor O. McIntyre, Billy Ray, Ben Affleck. Elenco: Ben Affleck, Kerry Washington, Gillian Anderson, Steven Yeun, Adriana Paz. Producción: Ben Affleck, Luciana Damon, Brad Weston, Dani Bernfeld, Collin Creighton, Matt Damon. Duración: 106 minutos.









