A Sala Llena

Cutis de muñeca y colon irritable…

El fin de semana nos
visitaron parientes. De más está decir que, cuando la flía viene del terruño,
uno tiene que congelar el tiempo y dejar todo en stand by, hasta que se vayan.
Es decir, los “visitados” deben ser (y de manera muy creativa) los
entretenedores de los “visitantes”. De esa forma, uno acomoda la agenda para
tener tiempo y para planear alguna que otra actividad que resulte divertida o,
por lo menos, amena.



Buenos Aires es, sin lugar a
dudas, una de las ciudades más excitantes del mundo. Por ende, si hay algo que
no escasea por estos lares, es la diversión. Por supuesto, uno tiene que
adaptar la búsqueda a la coyuntura. En este caso: dos suegros (marido y mujer),
un cuñado joven y dos sobrinos (varones) niños.  Las opciones a elegir debían entretenernos a
todos, lo cual achicaba considerablemente el espectro.  Si fuéramos todos niños la variedad es
inagotable, lo mismo si todos hubiéramos sido adultos. Pero es la mezcla, la
mixtura si se quiere, lo que acota la paleta de posibilidades. Vale decir que,
a los “visitantes”, se les sumaban otro cuñado, una cuñada y dos niños más que
viven aquí.  Y, como nadie se devana
demasiado la cabeza pensando, el domingo terminamos en un shopping, comiendo
opíparamente, comprándoles chucherías a los chicos y decidiendo si se hacía
tarde de cine o no. La cuestión estaba dividida: por un lado, mi cuñada (residente
de Buenos Aires y también “visitada”) declaró enfáticamente que no quería ir al
cine. Por otro lado, mis sobrinos (“visitantes”), que sí querían ver una
película y que, teniendo en cuenta que en mi pueblo los cines están cerrados
hace muchos, muchos años, es un plan más que deseable y justo para ellos. Me
atrevo a decir que es, casi, una excursión cultural.  

Por algunos minutos dudé.
Entre las cuñadas siempre hay recelo y no quería llevarle la contra a la mía,
que venía de estar culo al norte, organizando un cumpleaños a todo trapo para
su hijo y que, en honor a la verdad, era el evento que nos había convocado a
todos. Pero, la nobleza no es algo que me caracterice, y entre pasear en un día
soleado y maravilloso por las calles de la Recoleta  y meter fichas para ir al cine a comerme un
balde de pochoclos… Qué puedo decir, de algún lado saqué este cutis de muñeca y
este colon irritable.

Compramos entradas con mi
chuchi y el contingente se dividió en los siguientes grupos: mi media naranja,
dos sobrinos “visitantes” y yo, a ver Monsters
University 3D.
Mis suegros, cuñada, dos cuñados y dos sobrinos, a pasear
caminando desde Plaza Francia, hasta la Flor. El día se prestaba así que era un
plan bien bomba, salvo para el que no llevara zapatos confortables, así que los
que íbamos a ir al cine no teníamos nada de lo que sentirnos culpables.

Nos compramos un balde de
pochoclos de los Minions y unas gaseosas. Por mi parte, revisé mi alcohol en
gel para desinfectar los anteojitos y se me había acabado. Consecuencia: entré
en pánico y amenacé con abortar toda la operación. Pero mi hombre, mitad por su
cualidad MacGyveriana y mitad compelido por evitar la caminata,  salvó todo el asunto rellenando el frasco
vacío con el sanitizante para manos del MacCafé.  Ya no había motivo de alarma, todo era bueno
y confortable en el mundo nuevamente; podíamos entrar cómodos y seguros a ver
la película cuyo visionado, con una mano en el corazón, esta columnista retrasó
demasiado.

Todos ya saben que la
película es maravillosa, así que no estoy brillando con la novedad. Pero lo que
más me sorprendió de esta cinta, fue lo cambiado que está el mensaje de la
Disney para los chicos…

En esta película, Mike
Wazowski es, claramente, el personaje principal. James P. Sullivan (Sully) es
un gran partener, pero le deja la carga narrativa entera, a su entrañable amigo
bolaverde. En la entrega anterior, quien desataba casi todo el asunto era Sully
y su amor por Bo. Pero en esta, es Mike quien cataliza la acción, con sus
inquietudes, deseos, sueños y, más que nada, y aquí radica todo lo bueno del
asunto, frustraciones.

El film es una precuela que
pone al espectador al corriente de las razones de algunas cosas: Porqué Mike y
Sully son amigos, porqué Randall los odia tanto, cómo llegaron a trabajar a la
planta etc…  Pero lo realmente suculento
es la trama en sí, que hace pie sobre un hecho bastante raro para la mitología
Disney: Tu mejor esfuerzo, no siempre es
suficiente
. O, mucho más llamativo todavía: Si no lo tienes, no lo tienes.

En general, estamos
acostumbrados a encontrar en los films de Disney, algo así como la versión
cinematográfica de una pep talk. Si, aun
cuando a los personajes los aquejen males atroces y lloremos sobre padres
muertos, niños abandonados, trencitos que pudieron subir y la mar en coche, en
el resultado final, los personajes sacan las fuerzas más escondidas de sí
mismos  y logran sus más preciados
anhelos y sueños. De esa forma, reconocen su naturaleza “fuera de serie”, su
unicidad, su brillo.  Pero en Monsters University, Mike Wazowski
termina por abrazar su opacidad. Es decir, termina reconociendo que no tiene lo
que hace falta para convertirse en lo que quiere ser. La idea más dura de
todas, es la de entender que no somos especiales, cuando toda la vida creímos
que lo éramos. Y es en ese simple hecho, en donde radica todo el portento del
film. Porque, a la larga, la película se convierte en una oda al trabajo en
equipo.

Como ser humano, es muy duro
escuchar que no tenés lo que hace falta. Sobre todo, si eso que querés es para
lo que creés que naciste. Nadie quiere escucharlo. Es preferible renunciar,
dedicarse a otra cosa (encontrar una vocación apasionante es tan sencillo),
quedarse con la duda… Mucha gente discutirá esto y dirá que siempre es mejor
saber, para poder accionar en consecuencia. Pero yo les digo que no hay nada
tan doloroso como entender que no estás hecho para lo que soñaste toda la vida
que serías. Se requiere de una fortaleza espiritual enorme, de una dulzura
inagotable que haga que, por más que lo que nos aqueje sea doloroso, no nos
amarguemos ni le amarguemos la vida a los demás. Monsters University se mete con la noción de que, muchas veces, lo
que no tenemos en nosotros, está en los otros. Y, tal vez, abrazando esa
epifanía, podamos cumplir nuestros sueños aunque sea de una manera un tanto
diferente a la que los soñamos. Y finalmente, el tributo a la amistad se alza
por encima de todas las cosas y nos deja con ese espectacular sabor de boca,
que tiene la ilusión de que el cariño se impone a la tristeza. Que la
camaradería y los lazos de amistad, son verdaderas tablas de salvación para los
desencantados y que, si se está permeable, todo puede brillar con fulgor nuevo.

En la vida no hay segundas oportunidades”, nos hemos cansado de
escuchar en las películas. “No habrá
próxima vez”…
Es verdad, a veces no la hay, sobre todo si estás muerto.
Pero si no, si todavía te queda un resto de aliento, te podés fabricar todas
las oportunidades que quieras, sobre todo, si el que te palanquea y te
complementa, tu compañero de equipo es 
alguien que te quiere sinceramente.

Los que no la vieron, vayan
YA.

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